domingo, 28 de junio de 2026

Cuento VIII: El eco de los pasos perdidos

 (Una confesión de Pedro de los Álamos)




Córdoba, 1887. La luz no es dorada, es ámbar viejo, espesa como el caldo de los días que se repiten sin sentido. Mi casa, la casa de mis antepasados en la calle del Buen Pastor, no es un relicario; es un estómago de piedra que digiere lentamente los ecos de los muertos. Yo, Pedro de los Álamos, de cuarenta y ocho años y una soledad que me ciñe como un sudario, soy su último y más insignificante bocado.

Caronte, mi gato rayado, no ronronea; es un centinela silencioso que observa, con sus pupilas verticales, las cosas que yo no puedo ver. Se pasa las horas mirando fijamente un rincón vacío del salón, donde el papel de la pared se está despegando como una piel enferma. A veces, de madrugada, eriza el lomo y bufa a la nada, y un escalofrío me recorre la espalda.

Me dedico, como sabe todo el mundo y como todos evitan mencionar, a los ritos funerarios. Estudio cómo los hombres hemos intentado, en vano, domar a la Parca con ceremonial y pompa. Es una obsesión que nació aquí, entre estas paredes cargadas de retratos de familia cuyos ojos parecen seguirme con una lástima feroz. Todos ellos murieron aquí, uno tras otro, dejando un poso de silencio y polvo.

Y están las muñecas. No son mi colección. Son la colección. Legado de tías solteras, de niñas que no llegaron a mujer, de abuelas de rostro de acero. Sus caras de porcelana, pálidas e inmutables bajo los visillos que tamizan una luz enfermiza, son mis únicas confidentes. Les hablo de mis hallazgos, de las necrópolis iberas, de los amuletos romanos. Y a veces, en el crepúsculo, cuando las sombras se alargan como dedos huesudos, creo que asienten con leves inclinaciones de cabeza. O tal vez es el temblor de mi propia mano, cada vez más nerviosa, al servirme una copa de fino demasiado temprano.

El sueño me huye. La casa cruje con una voz propia. No son maderas viejas; son pasos. Pasos menudos, lentos, que suben y bajan la escalera cuando yo estoy despierto, y que se detienen justo al otro lado de mi puerta. Los atribuyo a las ratas, al viento, a mi imaginación envenenada por el vino y la soledad. Pero una noche, clara y fría, vi la huella. Una mancha de humedad en la alfombra del pasillo, pequeña, del tamaño de un pie infantil, que conducía desde la escalera hasta la vitrina de las muñecas.

Al día siguiente, una de ellas, la más antigua, una damisela del siglo XVIII con un vestido ajado tenía el ruedo de su falda mojado y manchado de un légamo oscuro. Como si hubiera paseado por el río de madrugada.


El horror no llegó de golpe. Llegó así, gota a gota, como el agua que se filtra en una cripta. Empecé a encontrar las muñecas en distintos sitios por las mañanas. No desplazadas, sino colocadas. Una, sentada en mi sillón, mirando hacia la puerta como esperando a alguien. Otra, en la biblioteca, con su dedo de porcelana señalando un verso de Bécquer: “Los suspiros son aire y van al aire…“

Caronte ya no bufa. Ahora se esconde, y solo veo el brillo de sus ojos desde debajo de los muebles. Me mira a mí, no a los rincones. Es como si me compadeciera.

Anoche, la locura me poseyó por completo. Harto de los pasos, salí al pasillo con una vela. No había nada. Solo el vacío y el frío. Pero al volver, algo me hizo mirar dentro de la vitrina. Todas las muñecas tenían la cabeza ladeada, y sus ojos de cristal, siempre vacíos, parecían concentrados en mí. Y en el centro del grupo, la damisela del vestido manchado sostenía, entre sus diminutas manos, el medallón que mi madre llevaba cuando la enterré.

Grité. Arrojé la botella de vino contra la vitrina. El estruendo de cristales fue como un alma que se desgarra. Ahora estoy aquí, escribiendo esto a la luz de la luna que se cuela por los visillos. Los pasos han vuelto. Son más, y más rápidos. Suben por las paredes, crujen en el techo justo sobre mi cabeza. 

Ya no estudio los ritos funerarios de otros. Comprendo, demasiado tarde, que toda esta casa, con sus muñecas, sus retratos y sus suspiros, no es mi hogar. Es el ataúd de mi linaje. Y yo, Pedro de los Álamos, no soy su dueño. Soy el invitado de honor en mi propio velatorio. Los pasos se acercan. Ya están en el rellano. Caronte ha salido de su escondite y se frota contra mi pierna, no para consolarme, sino para despedirse.

No lloro. Asiento, como las muñecas. Al fin y al cabo, un rito funerario debe tener su oficiante. Y su víctima propiciatoria. Y esta noche, por fin, voy a dejar de estar solo.

El Caballero Metabólico

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