domingo, 7 de junio de 2026

Mala suerte, recuerdos y otras pamplinas del siglo XXI

 Otra movida de esas que me provocan embolias.

Resulta que tener un reloj parado o estropeado en casa trae mala suerte. Lo he oído esta semana, con esa seguridad dogmática que tanto abunda últimamente en internet. Como si el tiempo detenido fuera una amenaza y no, no sé, un recuerdo.

Les explico: conservo en mi taller de costura el reloj que presidía el taller de sastrería de mi abuela. La caja de ese reloj la hizo mi padre con 14 o 15 años, siendo aprendiz de carpintero, y se la regaló a ella. Mi abuela cosía bajo su mirada. Mi padre, de niño, talló esa madera. Yo ahora coso en el mismo taller, con el mismo reloj parado encima de la puerta.



Pues resulta que todo eso es basura. Porque "trae mala suerte".

¿Cómo se quedan?

Pero el tema no acaba ahí. También me han advertido —con esa generosidad tan característica de los iluminados— que tener expuestas en casa fotos de familiares o personas ya fallecidas es igualmente nefasto para mi destino. Así que, después de deshacerme del reloj de mi abuela, también tendré que arrojar a la hoguera las fotos de mis abuelos, las de mis padres y —cómo no— la de la reina Mercedes que tanto esfuerzo me costó conseguir.

Porque la reina Mercedes, ya se sabe, es una fuente de malas vibras donde las haya.



Ya ven por dónde voy. Si hiciera caso a todos los augures domésticos que pululan en las redes sociales, dejaría la casa completamente vacía. Y no exagero. Tengo muebles antiguos que crujen con historias, loza desconchada que usó gente que ya no está, cuadros sin firma, unas gafas de mi tía abuela con los lentes arañados, relojes que no dan la hora, perlas que abrazaron cuellos ya fríos, abanicos que movieron aire en veranos de hace un siglo.

Qué sé yo. Todo en esta casa tiene un porqué. Cada objeto guarda un nombre, un gesto, una tarde. Pero claro, eso no cotiza en bolsa. Eso no aparece en el catálogo de Ikea. Y encima, ahora resulta que todavía en el siglo XXI hay quien piensa que estas reliquias familiares pueden estar cargadas de "energías negativas" que atraen lo malo.

¿Energías? ¿De verdad hemos vuelto a esto?



Pues nada, llamaré al camión de la basura y tiraré allí todos mis recuerdos. Los pondré en bolsas de basura, junto con los posos del café y las latas de tomate. Luego me iré feliz a Ikea y decoraré mi hogar con objetos beige, sin historia, sin aroma, sin culpa, para atraer así la buena suerte. Compraré un reloj de pared que funcione a pilas y que no tenga abuela. Compraré marcos sin fotografías. Compraré muebles de tablero lacado que no recuerden a ningún carpintero de 14 años.

Ah, y la inteligencia y el raciocinio, también los tiraré al contenedor, que seguro que atraen malas críticas. En su lugar pondré la superstición, la estulticia y esa fe ciega en las "vibras" que tanto éxito tiene entre los que no leen dos páginas seguidas.



¡Viva el siglo XXI!

Viva la era de la razón ilustrada, de los derechos conquistados, de la ciencia y el progreso. Ahora, discúlpeme, que voy a quemar la foto de mi abuela antes de que me fulmine un rayo por desobediente.

Y si me permiten un consejo: no guarden nada. Que la felicidad está en el vacío. Que la suerte solo sonríe a los que no tienen pasado. Que el recuerdo pesa y las raíces atan. Mejor ser livianos, etéreos, desmemoriados. Mejor comprar en Ikea y olvidar.

O no.

Yo, por si acaso, dejo el reloj donde está. Parado. Testigo. Cabezón. Y que la mala suerte venga a buscarme, si se atreve. Pero que sepa que le esperan un par de embolias de propina.

Pedrete Trigos

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