miércoles, 22 de julio de 2026

Cuento XII: La usurpadora de talentos

 Laura tenía los dones dormidos como joyas en un cofre olvidado. Sus dedos, largos y ágiles, estaban hechos para acariciar las teclas de un piano o guiar un lápiz sobre un papel en blanco. Su cuerpo, delgado y flexible, guardaba la memoria muscular de cinco años de infancia en ballet. Su abuela le había enseñado los puntos de bordado más exquisitos, y ella los recordaba todos, con una precisión de archivera. 



Pero el cofre permanecía cerrado bajo llave. 

En su lugar, su mundo era un museo de logros ajenos que visitaba con avidez y resentimiento. Su Instagram era una galería curada de artesanos, bailarines, pintores y músicos. Los seguía a todos. Los estudiaba. 

Y mientras lo hacía, cometía el robo más sutil: la apropiación por proyección. 

Veía un vídeo de una tejedora haciendo un jersey complejo. Los dedos de la mujer subían, bajaban, enhebraban. Laura no veía los años de práctica, los dolores de espalda, los ovillos deshechos por errores. Solo veía el movimiento. Y en su mente, sus dedos eran los que movían las agujas. Ella era la que creaba esa belleza. Cuando la tejedora elegía un color mostaza, Laura fruncía el ceño. “Yo lo habría hecho en un azul hierro. Más elegante.” No era una crítica, era una reescritura mental. Se proyectaba sobre la artista, usurpando su lugar, corrigiendo su obra en el teatro de su imaginación. 

Observaba a un bailarín ejecutar una serie de giros. Su respiración se acompasaba a la música. En su mente, su cuerpo era el que giraba, impecable, perfecto, sin ese leve temblor final que había tenido el bailarín. “Yo no me habría tambaleado”, pensaba, con la seguridad absoluta de quien jamás se ha subido a un escenario. 

Esa era la clave de su patología: ella nunca se equivocaba porque nunca hacía nada. 

El error era una mancha, una prueba de humanidad que su frágil ego no podía soportar. Los ensayos fallidos, los bocetos tachados, las notas falsas… todo eso lo editaba mentalmente cuando observaba a los demás. Solo absorbía el producto final pulido, y en su mente, ella era la autora de esa versión idealizada, perfecta, que no existía. 

Su talento, sin usar, se había vuelto contra ella. Se había convertido en un arma de crítica hiperbólica y autoexigencia paralizante. ¿Para qué iba a sentarse a bordar si el resultado nunca estaría a la altura de la pieza perfecta que ya había creado en su cabeza? ¿Para qué iba a tocar el piano si sus dedos, torpes por la falta de práctica, cometerían las mismas faltas que despreciaba en los vídeos de los demás? 

Era una paradoja viviente: creía ser la artista perfecta, y por eso mismo, era completamente estéril. 

Su muro en blanco no era solo privacidad; era el lienzo impoluto de su propia ficción de genialidad no realizada. Cada like que no daba, cada comentario que no escribía era un acto de preservación. Preservar la ilusión de que, si ella quisiera, lo haría mejor que todos esos pobres diablos que sí tenían el valor de intentarlo, equivocarse y volver a empezar. 

Al final del día, cerraba la aplicación. El apartamento estaba en silencio. Sus dedos, esos instrumentos de potencial sin explotar, tecleaban suavemente sobre el brazo del sofá. No había creado nada. No se había conectado con nadie. Pero en su mente, había bailado como una diosa, había pintado como una maestra y había bordado como una artesana renacentista. 

Era la reina de un reino de fantasías, un espectro que se alimentaba de los sueños realizados de los demás, convencida de que su corona invisible, hecha de talentos que no usaba y de juicios que no publicaba, era mucho más valiosa que todas las obras imperfectas, vibrantes y reales del mundo. 

Y en el profundo silencio de su alma, donde ni siquiera ella se atrevía a espiar, yacía el conocimiento más aterrador: que toda esa perfección que se atribuía era el más hueco y patético de los consuelos. Porque es mejor una puntada torpe en un pañuelo real, que el bordado más perfecto, que solo existe en el limbo de lo que pudo ser y nunca fue. 

El Caballero Metabólico 

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