sábado, 15 de agosto de 2026

La medalla del desconcierto

 Hoy, Estepa se viste de gala para celebrar a su patrona. Banderas rojigualdas con enseñas católicas adornan el centro del pueblo de acera en acera. ¿Estamos en 1946? No, en 2026. Pero retrocedamos cinco años.



Mientras en el resto de la España laica se discute sobre la pandemia o cómo evitar que el calor nos fría las neuronas, aquí tenemos una prioridad institucional de primer orden: colocarle la Medalla de Oro de la Ciudad a una imagen de madera.

Ahí tienen la foto: el alcalde, representante de todos los estepeños —incluidos los ateos, los agnósticos y los que simplemente tratamos de tener la cabeza bien amueblada—, ejerce con devoción de joyero real. Es un momento cumbre de la política municipal. Uno se pregunta qué baremo de méritos habrá superado la Virgen para tal distinción. ¿Hizo milagros con el presupuesto para mascarillas? ¿Gestionó la vacuna contra el COVID-19? 

Es el gran teatro de nuestro tiempo: ediles socialistas que, al cruzar el umbral del templo, sufren una metamorfosis digna de Kafka y se convierten en guardianes de las tradiciones más rancias. Y claro, ahí tienes a mis amigos del alma, los concejales del PSOE, que ven con total naturalidad esta simbiosis. ¿Contradicción? ¿Laicidad? "Bah, eso son cosas de gente moderna que no entiende el pueblo", dirán mientras se ajustan la corbata ante la cámara.

No me sorprende que un facha sea machista, homófobo, clasista o xenófobo. Eso es parte del pack. Lo que me sorprende —ya no tanto, me he acostumbrado— es que políticos supuestamente de izquierdas se embarquen en estas beaterías de posguerra. La derecha, al menos, es coherente. No vende laicidad por la mañana y devoción por la tarde. Ellos saben lo que son y no se esconden.


Me da menos miedo el facha que admite serlo, que el "progresista" que, en nombre de la "identidad" y la "tradición", blanquea las estructuras más reaccionarias de nuestra historia. Los cuatro jinetes del apocalipsis no vendrán a lomos de caballos de Vox; vendrán caminando tranquilamente de la mano de una izquierda que ha olvidado quién es, qué defiende y, sobre todo, qué significa ser de izquierdas en un país que, a duras penas, intenta sobrevivir al siglo XXI. Y eso, amigos, es lo que de verdad da náuseas.


Si la Virgen pudiera hablar, igual le pediría al alcalde que, en vez de medallas, le mejore la iluminación de la calle o le arregle la acera. Pero claro, eso no sale tan bien en la foto. Y la foto, queridos lectores, es lo único que queda para el recuerdo. O para el escarnio.


Publicado el 15 de agosto, día de la Asunción, mientras el incienso sube al cielo y el pueblo aplaude.


Pedrete Trigos

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