El escritor vive solo en una casa que no es vieja: es pretenciosa. Tiene vigas de roble que nunca vieron un roble, y chimeneas que nunca calentaron más que el ego de su anterior propietario, un arquitecto que creía que el estilo rústico era un antídoto contra la modernidad. Pero la modernidad, como el polvo, se cuela por las rendijas más pequeñas, y ahora el escritor, sentado en su butaca de imitación de cuero, mira la pantalla del ordenador y piensa que lo único realmente antiguo en esta casa es su columna vertebral, que cruje cada mañana como un piso de madera de un caserón abandonado, pero sin la épica del abandono—solo con la prosaica humillación del cartílago desgastado.
La casa, dicen los vecinos (que el escritor nunca ha visto, pero que imagina como una asamblea de bulbos de tulipán con gafas de lectura), está embrujada. Y él lo cree, no porque haya visto sombras ni escuchado cadenas, sino porque sería un cliché perfecto para su próxima novela, y los clichés, cuando se abrazan con suficiente cinismo, dejan de ser clichés y se vuelven "homenajes". Así que cada noche, antes de dormir, coloca un vaso de agua en la mesilla y susurra al vacío: "Si hay algún espíritu, que me robe el tapón de la pasta de dientes o que deje el váter levantado. Eso sí que sería terrorífico: la falta de educación de los muertos." Ningún muerto le ha tomado la palabra, quizás porque los muertos, al fin y al cabo, no tienen sentido del humor, o quizás porque están ocupados siendo muertos en otras partes, como todo el mundo.
El problema de las brujas piensa el escritor, es su falta de actualización. Siguen volando en escobas, como si el transporte público no hubiera avanzado desde el siglo XVII, y sus conjuros huelen a incienso barato y a resentimiento. La semana pasada, una de ellas—o eso cree él—le dejó un pentagrama en el felpudo, pero lo pisó sin querer al llegar con la compra, y el pentagrama, al ser de tiza, se borró con la suela de su zapato ortopédico. La bruja, si existía, debió sentirse profundamente frustrada, como un actor que entrega un monólogo shakesperiano a un público de maniquíes. El escritor le escribió una nota: "Querida bruja: si quieres asustarme, prueba con el glúten. Soy alérgico. Nada da más miedo que una intoxicación alimentaria en mitad de la noche." No hubo respuesta, pero las tostadas integrales empezaron a saber a azufre, lo cual, siendo objetivos, no era peor que su sabor habitual.
Los vampiros tampoco son lo que eran. Aquel que tocó a su puerta la noche de luna llena (o llena de hipocresía, como él la llamaba) no tenía colmillos afilados, sino una dentadura postiza que se le movía al hablar, y su capa, en lugar de terciopelo, era un chándal de poliéster con la cremallera rota. Se presentó como "Lord Carnicero de Valaquia", pero su acento era de un pueblo de la costa, y cuando intentó morderle el cuello, el escritor le ofreció un chicle de menta para el aliento y le dijo: "Con el tabaquismo que tienes, no necesitas chupar sangre: ya te has cargado los pulmones." El vampiro, ofendido, se fue mascullando algo sobre la falta de respeto hacia los no-muertos, y el escritor cerró la puerta pensando que, si la eternidad se parecía a tener que escuchar las quejas de un hombre con dentadura postiza, entonces prefería sufrir la columna vertebral cada mañana.
Los fantasmas, por su parte, son unos habladores insufribles. No hay aparición que no venga con un monólogo de tres horas sobre sus vidas pasadas, sus injusticias, sus amores no correspondidos. El escritor, que ya tiene bastante con sus propias neurosis, no necesita la biografía de un campesino que murió aplastado por una carreta en 1843. Un fantasma, el más persistente, se le apareció en el estudio y le dijo, con voz de ultratumba: "Yo fui un hombre que amó a una mujer que no lo amó a él." El escritor, sin levantar la vista del teclado, respondió: "Bienvenido al club. Toma un número y espera tu turno. Ahora, si no te importa, estoy intentando escribir una escena de sexo con un fauno y una dragona, y tu romanticismo decimonónico me está rompiendo el ritmo." El fantasma, desconcertado por tanta irreverencia, intentó hacer sonar las cadenas que arrastraba, pero resultó que eran de plástico y no hacían ruido, así que se fue a molestar a otra planta, donde quizás encontrara a alguien más sensible a los lamentos no correspondidos.
La soledad del escritor no es poética; es una mancha de café en el mantel que no se va con nada, ni con lejía ni con resignación. Su vejez no es sabiduría; es la incapacidad de recordar dónde dejó las gafas, que resulta que están sobre su propia cabeza, como una corona de la estupidez. Las enfermedades no son metáforas: son pequeños sabotajes del cuerpo, como cuando el dedo índice se niega a pulsar la tecla "e" porque hoy está de huelga, o cuando la vista se empaña justo en el párrafo donde el protagonista revela su secreto. La locura, la verdadera, no es ver monstruos debajo de la cama; es creerse que los monstruos, al ser vistos, van a asustarle más que su propia nómina a final de mes.
Y así, entre un espectro aburrido, una bruja incompetente y un vampiro con problemas de dentadura, el escritor sigue en su casa, en su butaca, mirando el cursor que parpadea en la pantalla como un ojo mecánico que no pestañea. Piensa en qué le da más miedo: si que aparezca una figura encapuchada con una guadaña, o que el internet se caiga justo antes de guardar el documento. Piensa en si el terror auténtico está en los monstruos o en la certeza de que ningún monstruo, por muy bien caracterizado que esté, podrá competir con el sonido de su propia rodilla al crujir cuando se levanta para ir al baño a las tres de la madrugada, ese sonido que no tiene nada de sobrenatural, pero que es, sin embargo, el más escalofriante de todos: el del cuerpo que recuerda que solo está de paso, y que el paso, cada vez, es más corto.
Un día, la bruja volvió, pero esta vez no con un pentagrama, sino con un pastel de cumpleaños. "He pensado —dijo, con su voz que parecía la de un electrodoméstico estropeado— que quizás he sido demasiado hostil. He visto tu reflejo en el espejo y he notado que tu miedo no es a nosotras, sino a lo que hay detrás de tus ojos." El escritor, sin apartar la mirada de la pantalla, respondió: "Mis ojos no tienen detrás; tienen delante, y delante solo hay un texto que no avanza, un personaje que no evoluciona, y un final que no llega. Eso es el terror. Lo tuyo, querida, es solo teatro." La bruja dejó el pastel sobre la mesa—era de chocolate, un detalle que él agradeció—y se fue diciendo que quizás los muertos no deberían tomarse tan en serio, y que ella, después de todo, llevaba tres siglos en esto y aún no había aprendido que el verdadero miedo no se conjura: se escribe, se lee, y se archiva en la carpeta de "borradores" donde nadie vuelve a mirar.
El escritor apagó la pantalla. Se levantó con la lentitud del que sabe que levantarse es un acto de fe. Fue al espejo del recibidor y se miró. No vio a ningún fantasma, ni a ninguna bruja, ni a ningún vampiro. Vio a un hombre de cincuenta y tantos años con una arruga entre las cejas que no era de preocupación, sino de la costumbre de fruncir el ceño cuando escribe una frase que no le convence. Esa arruga, pensó, es el único monstruo verdadero: el que no se va con agua bendita ni con un crucifijo, el que no se ahuyenta con ajo ni con un buen final. La vejez no es un castillo tenebroso; es un apartamento alquilado con goteras y vecinos ruidosos. La soledad no es un páramo; es un silencio que se llena con el tecleo, con el tintineo de las teclas que son las únicas amantes que nunca le han pedido que cambie.
"Mañana —se dijo, mientras se preparaba una infusión de manzanilla que no calmaba nada, pero que calentaba algo— escribiré sobre un vampiro que tiene miedo a la aguja del dentista, y sobre una bruja que no puede encender su caldero porque se le ha estropeado el mechero. Y quizás, en ese ridículo absurdo, encuentre el verdadero horror: el de saber que los monstruos que creamos siempre son más pequeños que nosotros, y que lo que nos acecha no está en la oscuridad de la casa, sino en la claridad de la página en blanco, esa página que no tiene ni miedo ni coraje, solo la paciencia infinita de esperar a que alguien, por fin, decida llenarla con algo que no sea una broma sobre su propia muerte".
Y así, el escritor se durmió, con la infusión en la mesilla y el vaso de agua para los fantasmas que nunca llegaban. Soñó que era un vampiro, pero que su sangre era tinta, y que, al morder a alguien, lo que dejaba era una marca de agua, no dos agujeros. Soñó que era una bruja, pero que su escoba era una fregona, y que su conjuro favorito era el que limpiaba el polvo del teclado. Soñó que era un fantasma, pero que su cadena era el cable del cargador del móvil, y que su lamento se perdía en el ruido del microondas. Y al despertar, comprendió que el terror no está en los monstruos, sino en tener que levantarse, otra vez, a enfrentar una página que no se escribe sola, una columna que no deja de crujir, un espejo que no refleja más que la misma cara de siempre, preguntándose si detrás de ella, al fin, hay algo que valga la pena ser llamado verdadero miedo, o si todo es, simplemente, el sarcasmo de un hombre que ha escrito tantas historias de terror que ya no sabe distinguir entre el susto y la costumbre.
El Caballero Metabólico
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