Este proyecto que emprendí —este intento de tejer un tapiz con los hilos de la memoria de Estepa y los míos propios— ha tomado vida propia. Y me doy cuenta, ahora, de que estaba equivocado al buscar un orden.
Los recuerdos no acuden a la llamada disciplinada de un cronista. Irrumpen como un río desbordado. Caprichosos. Volubles.
Y en este torrente que hoy me arrastra, no emergen monumentos ni fechas. Emergen los rostros y los sabores de la calle San Juan. Una geografía íntima dibujada no con piedra, sino con afectos. Con ollas compartidas y con el eco de cien apodos que eran, en sí mismos, poemas completos.
Si tuviera que señalar el epicentro de esta memoria, sería un plato hondo de barro.
De pequeño, mi devoción era absoluta por la "olla". Ese nombre popular y perfecto para el cocido. Las vecinas —esas sabias cartógrafas del hambre infantil— lo sabían. Y así se estableció un ritual sin ley escrita: cuando en una casa se cocinaba olla, un platito viajaba hasta la mía.
"Toma, Mari Carmen, un platito de olla para tu Pedro", decían.
Y así, día tras día, comí de la olla de Dolores "la Pollina". De Carmelita "la Melá". De María la de los borricos. De Carmen "la Canela". De Conchita "la Abadita". De mi tía Remedios.
Hasta que, como sucede con todo exceso sagrado, la aborrecí.
Hoy pienso que todos los garbanzos que me correspondían en esta vida, los consumí de niño. Pero no eran solo legumbres. Eran la moneda de un reino de solidaridad silenciosa. El pacto no escrito de un barrio que se hacía cargo, colectivamente, de la crianza de todos.
Mi madre no criaba sola a Pedro. La calle entera lo criaba. Un platito cada día. Un garbanzo cada atardecer.
Junto a este sabor principal, florecía un mundo de nombres que eran retratos y biografías condensadas. La calle era un teatro vivo.
Estaba Asunción "la Misi", que endulzaba la vida con caramelos de Snoopy. Qué importante era una señora que te daba caramelos.
Estaba "el Pollo de los espárragos" y sus "feglitos" —no podía pronunciar bien la R y en lugar de decir perritos, decía feglitos.
Estaban las cabras de "Botija", que sembraban la calle de pequeñas cagarrutas. Mi primera noción de una economía ganadera en miniatura. Porque un niño aprende de todo: de ollas, de caramelos y de excrementos de cabra.
Estaban los gritos de "la Canela" llamando a sus hijos. Una sinfonía materna al atardecer. Cada madre tenía su tono, su llamada, su melodía inconfundible. Y nosotros, los niños, sabíamos de quién era cada grito antes de que terminara.
Estaba "el Mochita" pedaleando su bicicleta con el sonido de una moto imaginaria. Broom, broom. La imaginación era el mejor motor.
Y el Joaquinillo imitando pregones. La moto con cerones de su padre, el "Pollo". El "Pirata", la "Gusana" y su parva de ocho hijos. "Barrero" y Remeditos "la Culila". "Albarillo". "el Yerlas". "la Pechugona". "la Berenjena". "la Patarrangá".
Y José "el arriero" con su borrico. Un eco ambulante de un tiempo más antiguo que aún transitaba por nuestras aceras. Un hombre y su borrico. Como si el siglo veinte se hubiera olvidado de pasar por la calle San Juan.
Detrás de cada apodo latía una historia. Un oficio. Un rasgo físico. Un carácter.
No eran motes despectivos. Eran fórmulas de precisión afectiva. Eran la manera del barrio de nombrar lo suyo, de crear un lenguaje cifrado y propio que certificaba la pertenencia. Para ser alguien en la calle San Juan, primero tenías que ser "algo": "Melá", "Cuína", "Sorda".
Era una democracia del alias. Donde todos, sin excepción, estaban bautizados por la comunidad. Nadie se libraba. Y nadie quería librarse, porque ese nombre —por feo que sonara— era el carnet de identidad del barrio.
Si te llamaban de una manera, era que te habían visto. Que existías. Que formabas parte del inventario humano de la calle.
Hoy, mirando atrás, comprendo que aquel barrio no me alimentaba solo con sus ollas. Me nutrió con un sentido radical de pertenencia.
En la calle San Juan, yo no era un niño anónimo. Era "el Pedro de la Mari Carmen". El hijo de "Trigos el carpintero", receptor de un millar de ollas y caramelos. El hijo de aquella mujer que había trabajado en la imprenta, que era "la Prima", que formaba parte de ese tejido de apodos y afectos.
En ese mosaico de personajes, aprendí que la identidad no es un título solitario. Es un nudo en una red de relaciones. De miradas que te reconocen. De platos que viajan de una casa a otra. De nombres que, aunque pintorescos, sellaban un pacto:
Aquí estás entre los tuyos.
Así que este tapiz que tejo se desborda, sí. Y está bien.
Porque el verdadero orden de la memoria no es cronológico. Es afectivo. No es una línea recta, como pretenden los historiadores. Es una constelación. Un cielo nocturno lleno de puntos que brillan cuando los miras, aunque no sepas qué los une.
Y en la mía, brillan para siempre los garbanzos de la olla de "la Pollina". El tableteo de la bici-moto de "el Mochita". El grito de "la Canela" llamando a sus hijos. Los caramelos de Snoopy de Asunción "la Misi". El borrico de José el arriero. Y el eco de todos aquellos nombres que, juntos, escribieron el diccionario más completo y amoroso de mi primer mundo.
No necesito más gramática que esa.
Pedrete Trigos





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