domingo, 12 de julio de 2026

La triple raíz: ser corachero en un pueblo de churreteros y mondongueros

 En Estepa, la pregunta que realmente define no es tanto de qué barrio eres, sino desde qué mirada te acercas a sus calles. 


Yo nací y viví en la calle San Juan. En el corazón de La Coracha. Hace más de dos décadas que no resido allí, lo reconozco. Pero moriré sintiéndome, por encima de cualquier otra etiqueta, corachero. Esa es la primera y más íntima de mis patrias chicas. 

Pero para entender lo que esto significa —y por qué mi alma se divide en tres lealtades— hay que bucear en las antiguas grietas que partieron el alma de este pueblo. Esas que convirtieron una villa amable en un campo de batalla cordial entre "churreteros" y "mondongueros". 

 


Esta división, que hoy se canta en sevillanas y se enarbola con orgullo, no nació de un capricho. Nació de la historia social más pura. De esas cosas que empiezan pequeñas y crecen sin querer. 

Sus raíces se hunden en un conflicto eclesiástico del siglo XVI. La disputa por crear una segunda parroquia independiente de Santa María. Durante décadas, los estepeños se alinearon como feligreses de Santa María o de San Sebastián. Y en torno a esas dos banderas empezó a germinar un "nosotros" y un "vosotros". Ustedes y nosotros. Los de allá y los de acá. 

Aquella semilla de rivalidad encontró su abono definitivo con el auge de las hermandades del Rosario en los siglos XVII y XVIII. El barrio de Santa María abrazó a la Virgen de los Remedios. El de San Sebastián hizo lo propio con la del Carmen. 

Dos reinas para un solo pueblo. Dos devociones que se convirtieron en estandartes de identidad. 

 


Y fue en el fervor por esas reinas donde brotaron los apodos. Esos que delineaban con crudeza la geografía económica del pueblo. 

"Mondonguero" no dejaba lugar a dudas. Procedía del próspero comercio de morcillas, chorizos y carnes que se concentraba en la calle Mesones. El centro neurálgico de lo que se consideraba el barrio más pudiente. Ser mondonguero era, en el origen, sinónimo de tener solvencia. De tratar con las tripas nobles del cerdo. Símbolo de abundancia. 

En la acera de enfrente —literal y metafóricamente— estaba el término que definía al otro: "churretero". 

Este nació como un dardo despectivo. Hacía referencia a la suciedad —los "churretes"— que impregnaba las ropas de los jornaleros, agricultores, carboneros y ganaderos que poblaban el barrio oeste. El más humilde. El aglutinado en torno a la Virgen de los Remedios. 

Mientras unos comerciaban con mondongo, otros sudaban la tierra y la sierra. La línea no era solo devocional. Era social y económica. 

Una grieta real. De las que duelen. 

 


Pero ocurrió algo maravilloso. Algo que solo los pueblos con memoria saben hacer. 

El insulto se volvió medalla. 

Ser churretero dejó de significar sólo "estar sucio" para significar "ser de los Remedios". Ser mondonguero dejó de aludir sólo a las vísceras para evocar el manto del Carmen. La causa del agravio se convirtió en la fuente del orgullo. 

Ese es el verdadero milagro estepeño. La transmutación del desprecio en honor. 

Hoy, esa rivalidad histórica no es más que el combustible de una sana emulación. Un cariño expresado en coplillas y no en piedras. Algo que te permite reírte de ti mismo mientras cantas a tu virgen. 

Y eso, señores, no lo hace cualquiera. 

 


Y en medio de esta dualidad, está mi lugar. 

La Coracha. 

El primer arrabal. El barrio extramuros que se encarama a la ladera con terquedad propia. Como si dijera: "aquí estoy yo, y no me bajo ni aunque me empujen". 

No soy exactamente mondonguero, aunque por geografía pudiera parecerlo. Tampoco soy churretero, aunque comparta con ese barrio la esencia de lo humilde y trabajador. 

Soy corachero. 

Y ser corachero, en mi experiencia, es habitar un tercer espacio. Un "punto y aparte". Es pertenecer a un origen aún más antiguo, a una geografía de cuestas pronunciadas y muros encalados que miran al campo con una mezcla de desapego y pertenencia. 

La Coracha es el mirador desde el que se observa, con cierta distancia, el juego de espejos entre los dos grandes barrios. Es la atalaya que entiende ambas pasiones sin entregarse del todo a ninguna. 

Como aquel que ve a sus dos hermanos discutir y los quiere a los dos. Y sabe que la verdad no está en uno ni en otro, sino en el amor que los une. 

 




Por eso, cuando hoy miro a Estepa, no veo una simple dicotomía. 

Veo un mapa tridimensional del alma. 

Veo el bullicio comercial de los mondongueros, su orgullo carnicero, sus calles de tiendas y su virgen del Carmen. Veo la fe terrenal de los churreteros, sus manos manchadas de tierra, su resistencia humilde y su virgen de los Remedios. Y veo la memoria pétrea de los coracheros, nuestras cuestas, nuestros jazmines, nuestra calle San Juan y esa ermita que ya no está pero sigue en pie en las historias que contamos. 

Las tres identidades son verdaderas. Las tres son Estepa. 

La grandeza de mi pueblo no está en superar estas divisiones. Sino en haberlas transformado, con el tiempo y la piedad popular, en los pilares de un orgullo complejo y compartido. 

Un orgullo que me permite a mí —corachero de nacimiento y de corazón— comprender que mi patria chica no es una, sino tres. 

Y que en esa triple raíz reside la riqueza inagotable de pertenecer a este lugar. 

Así que ya sabes. Si un día vienes a Estepa y te preguntan de qué barrio eres, contesta con cuidado. Pero si quieres quedar bien con todos, di que eres de La Coracha. Nosotros entendemos las dos orillas. 

Y además, tenemos las mejores vistas. 

Pedrete Trigos 

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