La infancia tiene una terquedad biológica. Por mucho que el mundo adulto la recluya en talleres, la someta a horarios o la vista con la seriedad del oficio, ella encuentra sus grietas. Se cuela por donde puede. A veces con la urgencia de un cuerpo que cambia. A menudo con la pura necesidad de jugar.
En la Imprenta Hermoso, el trabajo de “La Prima” y Cheres estaba salpicado por esos estallidos. Una niñez que se resistía a ser domada.
Uno de los momentos más crudos —y a la vez más reveladores— fue la manera en que el taller, predominantemente masculino, recibió un rito fundamental de feminidad. Cuando a Cheres le bajó la regla por primera vez, no hubo compasión ni delicadeza. Tuvo que asistir a trabajar, probablemente asustada y confundida, con esa mezcla de vergüenza y desconcierto que todas las mujeres conocen.
La respuesta de sus compañeros fue una burla gruesa y visual. Se colocaron unos enormes lazos de color rojo en la cabeza. Convirtieron un proceso íntimo y natural en un espectáculo grotesco.
Aquella no era solo una broma pesada. Era un recordatorio brutal de que, en aquel mundo, lo femenino y sus ciclos solo tenían cabida como motivo de mofa. Para esas dos niñas, aquel acto debió marcar una frontera. Por un lado, el universo hostil o indiferente de los hombres. Por el otro, su alianza. Un pacto tácito de entenderse y protegerse entre ellas frente a las incomprensiones.
Frente a esa dureza, sus travesuras eran actos de micro-rebelión.
Cuando las enviaban a algún recado —como aquella vez a casa de la tía María— convertían la obligación en un respiro. Cogidas del brazo, se iban charlando tranquilamente, sin ninguna prisa. Robándole minutos al reloj de la imprenta para ser, simplemente, dos amigas que paseaban.
El grito desde la ventana de la oficina —“¿Vais de paseo?”— las pillaba en falta. Era la voz de la autoridad (ya fuera Antonio o Rafael Machuca) recordándoles que el tiempo se medía en productividad, no en conversaciones. Al verse descubiertas, apretaban el paso. Fingían una diligencia que no habían tenido.
Era un baile constante entre la norma y su transgresión. Un juego donde el único premio era un momento de libertad robado.
El almacén de la cámara de la casa de Rafael Machuca —ya escenario de sus ejercicios de gimnasia— seguía siendo el territorio ideal para sus incursiones. Allí, Cheres ideó una de sus bromas más arriesgadas. Se escondió en las escaleras que conducían al altillo. En el momento en que otra compañera subía, cargada con pesadas cajas de madera, Cheres salió de su escondite y le dio un susto mayúsculo.
El riesgo era real. Un tropiezo podría haber hecho caer a la mujer rodando escaleras abajo con su carga. Pero en la mente infantil de Cheres, primaba el impulso lúdico. La emoción del susto perfecto. Más que malicia, era la necesidad imperiosa de inyectar una dosis de caos controlado, de emoción imprevista, en la rutina monótona del traslado de cajas.
Así, entre sustos, paseos lentos y burlas que debían soportar, aquellas niñas que tenían que trabajar en lugar de estar jugando fabricaban su propio juego. Su campo era el taller. Sus normas las burlaban con ingenio. Y su victoria era cada risa ahogada, cada mirada cómplice, cada pequeña transgresión que les recordaba que, a pesar de los lazos rojos en la cabeza y los gritos desde la ventana, seguían siendo, en algún rincón esencial, dueñas de su propia infancia.
En cada anécdota, en cada travesura, no solo mataban el tiempo.
Defendían, a su manera, el derecho a tenerlo.
Pedrete Trigos
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