¡Hola a todos!
Hoy os traigo un maravilloso artículo que hace tiempo publicara un querido amigo. El artículo trata sobre el noble oficio de costurera, una profesión de la cual desciendo, ya que muchas de las mujeres de mi familia se han dedicado a él. Estoy seguro de que os va a gustar.
Por necesidad o
vocación; costureras.
Cuando se profundiza en la historia de
nuestra ciudad y se comparan situaciones diversas, se advierten toda clase de
cambios y diversidad de tareas. Pero es cierto que en cada época, la persona se
ha afanado en su trabajo para de una manera u otra, con más o menos
dificultades, llevar el sustento a casa. Respecto del trabajo femenino,
advierto que hoy en día proliferan las peluqueras como las setas en los
humedales. Y antes, hace muchos años el empleo en boga para la mujer era -en
muchos casos- el de costurera. Corrían tiempos difíciles en los que junto a las
reminiscencias de la revolución industrial y la guerra civil, se hizo
imprescindible que todos los miembros de las familias acudieran al trabajo,
comenzando por el padre y la madre y continuando por los pequeños a la edad de
doce años. Aun a pesar de la necesidad, el trabajo de la mujer no era bien
visto según se desprende de estas letras siguientes a favor de los derechos de
los trabajadores, ya que la cultura machista imperaba por entonces. “hay
que dar al obrero un salario justo que sea suficiente para sustentar a su
familia […], es un crimen abusar de la edad infantil y de la debilidad de la
mujer que en casa debe desarrollar su labor. Por ello es gravísimo que la madre
por causa de la escasez del trabajo del padre, se vea forzada a ejercer fuera
de las paredes domésticas trabajos productivos…” (Quadragesimo anno
1922).
Aun a pesar de la justificada preocupación
de S.S. Pío XI, fueron muchas mujeres las que se vieron obligadas más por
obligación que por vocación a ser costureras. Estepa, pueblo artesano y
laborioso, siempre ha tenido en su haber grandes costureras, cuya labor ha
pasado de maestras a discípulas a lo largo de los años. Por la situación ya nombrada,
el siglo pasado fue esencial para el desarrollo de la costurería. A principios
del siglo XX, muy nombrada y maestra de maestras, fue Concha “La coraje”, la
cual enseñó a María y Conchita la de Juan Manuel, a mi abuela Concha Pérez y a
Dolores la de Rosa, que a su vez enseñó a Epifanía, mi madre. Concha la Coraje,
fue costurera de señoras de medio pelo, a la cuales tomaba medidas y probaba en
las casas de las clientes. Junto a estas nombramos a algunas de ellas como las
Corberas, Carmelita la de Coleto, Isabel Marchán, Ángeles Marchán, la Callaita
y las Trompitas que eran camiseras…etc. Y de caballeros nombramos a Dolorcitas
la Floría, Remedios la Patalante, Conchita la Tacona, la Paterná, la Carpichita, Lorenzo Molleja, Asunta la Corretora…etc. El ser
costurera era considerado en aquel tiempo como algo a tener en cuenta tanto en
la familia como en la sociedad local de entonces. No en balde el refranero
popular decía que: “una costurera es una carrerita en la casa de un
pobre”. Además como de los pueblos de alrededor venían a que se les
cosiera, ser costurera era considerado empleo de cierta clase. Esta
consideración ante el pueblo valió para que en carnaval les compusieran la
siguiente copla: “Os vamos a referir lo que son las costureras, que de
ciento sale una que tenga buena pechera. El otro día una niña veréis lo que le
paso. Le saltaron los corchetes, ¡osú qué vergüenza lo que se le vio! Y de
pechera llevaba el forro de un pantalón, las sábanas de su madre y mangas de un
camisón; una olla y un anafe y el canasto del carbón, y después tuvo un
chiquillo y tubo que criarlo con un biberón”.
La confección de ropa de calle por entonces
era algo exclusivo de las personas pudientes y las menos pudientes se
conformaban con si acaso, un traje al año y una vuelta del revés a un abrigo de
buen paño, que probablemente era heredado. La labor fundamental de las
costureras era la ropa y prendas de andar por casa como batas y delantales
enormes. Para la mujer que cosía en su casa la jornada laboral era permanente y
eterna. La jornada en casa ajena, era de al menos diez horas, en las cuales se
podía ganar en aquella época la friolera de cinco duros (25 pesetas), teniendo
en cuenta que el pan costaba 24 pesetas. Por ello en casa de mi abuela Concha
se compraba pan cada tres días como bien escaso aunque existente. Hubo algunas
que por valientes y justificadas por la carestía de entonces, se lanzaron a
coser haciendo cortes a paños buenos, manchando telas o entregando ropa sin
quitarle los hilvanes ni hilachas. Por ello como hoy, era necesaria la
formación. En las casas donde se aprendía este oficio de costureras se
requerían unos seis o siete años de formación, durante los cuales la maestra
iba encomendando tareas de responsabilidad a las aprendices según avanzaban y
se desenvolvían. En torno a la gran mesa de costura se sentaban ocho o diez
mujeres entre las cuales se trababa conversación según el tiempo y las
circunstancias. Era un gran momento cuando la maestra consideraba oportuno el
dejar marchar a una costurera o el mantenerla junto a ella como trabajadora de
pleno derecho. Pero aun así, las mesas de las costurerías siempre serían un
buen recuerdo, para las que forjaron un futuro para ellas y su gente.
De mujeres grandes está plagado el mundo, y
muchas de ellas con hernias de disco y los dedos doloridos puntada a puntada
dejándose la vista, consiguieron sentadas en una silla baja de enea sin dejar
de trabajar, doloridas las espaldas y atendiendo la casa cuando todos dormían
para gozar de una relativa tranquilidad, que en los tiempos dificilísimos no
faltaran los alimentos necesarios. Ni magdalenas por Pascua ni natillas en los
bautizos. Y que los rosquitos y dulces aunque un poco duros, fueran frescos y
no supieran a cajón de la cómoda donde eran fieramente administrados. Como
digo, grandes mujeres que siendo aprendices, en las mesas camilla de trabajo,
aprendieron junto a dobladillos, sisas, piqués, fallas y terciopelos gastados, a ser educadas, sensatas y
responsables para labrarse un futuro. Un futuro que nada sería y nada será, sin
la edificación que sobre nuestras vidas ejerce lo mucho que de nuestros
antepasados aprendimos y a los cuales debemos nuestra Estepa. Para tantas y
tantas mujeres de antes y de ahora, valientes, libres, entregadas y
trabajadoras, mi beso y mi reconocimiento. Hasta siempre Concha Pérez, hasta
luego mamá.
Florencio Salvador
Díaz Fernández.

Qué relato más bonito. Me ha traído a la memoria las historias que me cuenta mi abuela de cuando ella se levantaba a las 5 de la mañana a ponerle el desayuno a mi abuelo que se iba al trabajo, y después, en lugar de volver a la cama, se sentaba a bordar a la luz de una lámpara, porque como bien dice este relato, había que ayudar en casa. Y lo mismo era un bordado, que metros de festón, vainicas, y lo que hiciera falta. Es bonito que estas historias no caigan en el olvido. Un beso a los dos!
ResponderEliminarPues sí, Pi, aunque nunca aparecerán en ningún memorando histórico, en muchos de los casos la historia se ha escrito sobre estas mujeres anónimas que se han dejado la vida en su callado trabajo. Nunca se les agradecerá lo suficiente su amor y entrega en cada uno de sus trabajos.
Eliminar¡Un besote enorme!
My grandmother was a tailor (she's 95 now, so she almost doesn't sew anymore), and she was born during WWI in Italy. She survived the fascists, the nazis, WWII, and she always managed to stay a happy, cheerful person. Thank you so much for sharing this story, it reminded me of many things from my homeland. :)
ResponderEliminarWhat is important in maintaining the smile and disasters of life vitality. I am surprised what our grandmothers had to resist and despite everything, never lost the smile. My grandmother was also sastra and suffered terribly the Spanish Civil War, and always remained firm and worker.
EliminarA big hug!
Hola Pedrete,
ResponderEliminargracias por publicar esta gran anbd earticle informativ. Se ios tan interesante. Lo leí rápidamente, pero definitivamente estará de regreso para volver a leerlo.
Abrazo enorme,
Giac
¡Hola Giac!
EliminarSe nota que lo has leído corriendo. ¿Por qué no te tomas la vida con más clama? San Francisco decía que a cada día le basta su propio afán. Relájate y disfruta.
¡Un abrazo enorme!
Da gusto cuando lees algo como esto que te lleva derechito a tus raíces. Mi madre, entró a trabajar a un taller de costura en Barcelona, a la edad de 9 años y en el aprendió a coser como toda una profesional de la Alta Costura. Sus hermanas mayores, mis tías, también trabajaron allí y, bueno, hasta el día de hoy, mi madre sigue cosiendo aunque ya solo para los de la casa y cuando se lo permiten sus condiciones de salud. Acaba de cumplir 72 años y yo la recuerdo, desde que tengo memoria, entregada a sus actividades costureriles. Le gustaba más coser de noche de que día y no le costaba pasarse la noche en blanco cosiendo para entregar lo que había quedado en entregar al día siguiente. Por todo esto, me ha llegado hasta el alma lo que acabo de leer sobre las costureras. Te felicito Pedrete por esta entrada.
ResponderEliminarEste artículo lo publicó Floren en el periódico local hace ya tiempo, y siempre quise compartirlo con los demás. El otro se lo pedí y él me lo pasó al instante. Como ya he dicho, desciendo de costureras y sastras, por lo que puedo decir nada referente a la costura me es ajeno. Y mucho menos los esfuerzos que estas mujeres ejemplares tuvieron que hacer para sobre vivir en unos tiempos tan difíciles.
Eliminar¡Un abrazo enorme, Carmen!
Hola Pedrete! I hope I could read everything well, because the translator does not work very well :(!! Thank you for sharing this story about the most strong women in history, because their work was very underestimated, I agree. In earlier times women were really exploited!
ResponderEliminarUn abrazo enorme y un buen día, Ilona
Ik hoop dat tenminste de vertaler heeft geweest kundig voor vertalen en doorgeven van al de liefde waarmee dit artikel is geschreven. Dienen deze brieven van eerbetoon aan deze grote vrouwen.
EliminarEen dikke knuffel Ilona!