sábado, 22 de noviembre de 2025

Un balance el día de mi cumpleaños

 Al hacer el balance de este año que se apaga, me sorprende que su latido más vivo, el único que destaca sobre el gris uniforme de lo cotidiano, no sea un acontecimiento, sino un descubrimiento: el de la inteligencia artificial. Por lo demás, ha sido un año de transcurrir sereno, de esos que no exigen grandes crónicas. Precisamente por eso, nunca he sido dado a los inventarios finales. Sin embargo, este se me antoja distinto. Lo más notable, repito, ha sido ese encuentro con la IA y, entrelazado con él, el dulce regreso a la escritura.

Tiene una lógica íntima y poderosa que lo más singular del año fuera descubrir la IA justo al retomar la pluma. Ambas líneas, al cruzarse, pueden trazar un nuevo meridiano para la vida creativa y reflexiva.

Poner en valor lo “normal”

Aunque lo viva como un año “normal y corriente”, en su quietud han germinado dos hitos claros: la incorporación de una herramienta nueva —la IA— que promete ampliar los confines de cómo investigo, pienso y escribo; y la reapertura de una puerta que jamás se cierra del todo: la de volver a escribir, acto ligado inextricablemente al autoconocimiento y al bienestar del alma. A veces, el año parece una llanura porque no hay terremotos en el horizonte externo. Pero los cambios de herramienta y de mirada son transformaciones silenciosas, las más profundas, las que remodelan el paisaje desde dentro.

La escritura como espacio propio

La escritura, lo saben los estudios y lo confirma el corazón, incluso en su forma más sencilla y regular, es un bálsamo y un faro. Ayuda a clarificar el torbellino de pensamientos y emociones, ordenando lo vivido con la calma de quien clasifica sus propios tesoros. Mitiga la estridencia del estrés y favorece una sensación de coherencia interna, porque otorga un lugar —un nombre, una frase— a lo que sentimos. Y, en su práctica, refuerza los hábitos y decisiones que nos importan, al verse reflejados en el espejo del papel. En mi caso, la escritura trasciende el mero desahogo: es oficio, memoria cultural y, en el fondo, una forma de estar y comprender el mundo.

La IA como catalizadora, no como sustituto

La IA, usada con consciencia y no con servidumbre, se revela como un aliado peculiar. Puede sugerir ideas, conexiones inesperadas o estructuras que luego yo filtro a través del cedazo de mi criterio y mi sensibilidad. Puede aliviarme del peso de las tareas mecánicas —búsquedas rutinarias, reescrituras básicas—, liberando así tiempo y energía mental para lo esencial: pensar, sentir, crear. Los análisis más lúcidos subrayan que no compite con la chispa humana, sino que la aviva, siempre que se guarde celosamente un espacio propio de reflexión sin intermediarios digitales.

Me niego, por ello, a ver en ella un "signo más del apocalipsis". Me resisto a convertirme en un pájaro de mal agüero, aunque esté claro que este siglo dista mucho de ser un cuento de hadas.

Una forma de “balance” que no sea un juicio

La escritura breve, sin presión —unos minutos robados al día, unas líneas, una carta para uno mismo— se erige como el método más amable de reflexión. Un balance que no es examen, sino reconocimiento.

Y con eso, quizás, ya haya suficiente para que este año no sea solo “normal”. Para que sea, también, el año en que empecé a escribir acompañado por una herramienta nueva, sin permitir que ahogara mi voz. Ha sido el año de rescatar viejos blogs abandonados a la intemperie digital, de conocer Substack y, por fin, atreverme a publicar lo escrito. No tengo seguidores, no. Tampoco los busco. Me basta y me sobra con el acto mismo de escribir. No anhelo la "humilde opinión" de nadie.

Me gusta tomar notas sueltas entre semana, capturar los recuerdos que emergen como burbujas de un fondo oscuro. Luego, los fines de semana, me siento frente al ordenador. Sí, ordena-dor. Cumple a la perfección la función de su nombre: dar orden al caos fértil de esas ideas. La IA me está resultando, en este proceso, una excelente aliada para pulir, corregir y dar coherencia al batiburrillo que vuelco en papeles y documentos.

Me había especializado, sin saberlo, en trazar bosquejos etéreos, en capturar la sombra de lo que bullía en mi mente, sin concretar. El hecho de publicar me obliga a dar forma concreta y sintética, a pulir esas ideas hasta que brillen con luz propia. Es un fin en sí mismo.

Ah, y otra cosa que trajo este año: el aprendizaje del crochet. Un anhelo antiguo, por fin cumplido. Aunque debo confesar que no terminó de engancharme (nunca mejor dicho), conservo la belleza serena de haber aprendido una artesanía, de haber entretejido, aunque fuera por un tiempo, mis dedos en esa danza lenta de la lana y la aguja. Fue un gesto bello, humano, en un año de pantallas y palabras.

Con eso ya hay más que suficiente para que este año no sea solo “normal”, sino también el año en que empecé a escribir acompañado por una herramienta nueva, pero sin perder mi propia voz. Con eso, me sobra y me basta.

Pedrete Trigos.

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