A quien quiera entender el sentido de este camino que empiezo:
Este año no quiero que me pase de largo. No quiero que diciembre me encuentre igual que enero, con la sensación de que el tiempo, ese río invisible, ha fluido sin que yo haya bebido de sus aguas.
Por eso, me he trazado un mapa. Un mapa hecho, no de fronteras geográficas, sino de tiempo, memoria y aroma a canela.
Este proyecto es, en esencia, un pacto de amistad con el año. Una decisión consciente de dejar que el ciclo natural de las estaciones —ese ritmo ancestral que hemos olvidado— sea el cuaderno de bitácora de mi propio aprendizaje. Y he elegido como brújula mi origen: Estepa, y en concreto, el barrio de La Coracha, esa cuesta mondonguera que llevo tatuada en el alma desde que nací.
Este viaje tendrá, además, un puerto de salida en mi propio pasado. Lo escribiré y compartiré desde un lugar que creí abandonado: mi blog personal, ‘¡Hoy puede ser un gran día!’, silencioso desde el 1 de octubre de 2014. Recuperar este espacio para un propósito tan raíz me parece el primer gesto honesto de este camino: usar un suelo viejo y familiar para sembrar un tiempo nuevo. Es mi primera acción de arraigo digital.
No se trata solo de estudiar historia. Se trata de encarnarla.
Quiero aprender por qué una torre solitaria —la de la Victoria— se yergue como un fósil de piedra contando la historia de un convento desaparecido. Quiero entender la épica y la tragedia detrás del nombre de mi pueblo, desde la leyenda de la heroica Astapa hasta el latido de la Ostippo romana. Anhelo descifrar el poder de familias como los Centurión, que tallaron su legado en retablos y ermitas.
Pero, sobre todo, me quiero entender a mí.
Por eso, este conocimiento no vendrá solo de los libros, sino de gestos y recuerdos familiares. Y en ese aprendizaje, cada estación será un ritual de aplicación.
Hoy, 21 de diciembre, el año gira en su eje más íntimo. El sol se repliega, los días se acortan y una luz baja y dorada baña las cuestas de La Coracha. El invierno llega con una invitación al recogimiento. Es la estación del fuego doméstico, de la memoria que se comparte en torno a una mesa, y del paisaje que, despojado de hojas, revela la estructura eterna de las cosas. Es el momento perfecto para no solo contar la historia, sino para sentirla en los huesos; para buscar el origen en el eco de una piedra y en el sabor de un dulce familiar.
En esta quietud, mi viaje mira hacia las capas más profundas del tiempo. Me adentro en la leyenda fundacional: la de Astapa, cuyo gesto de resistencia grabó a fuego el carácter de este lugar. Sigo el rastro de la Ostippo romana, del pasado árabe de Istabb, y de la conquista que trajo la Orden de Santiago y el Señorío de los Centurión. En el frío invernal, estas no son fechas lejanas; son los cimientos, a veces dramáticos, sobre los que se alza mi presente.
Este aprendizaje será una práctica de arraigo. Apreciaré el patrimonio no como un turista, sino como un heredero que busca entender los pliegues de su legado. En el silencio de cada estación, entre el sabor de la tradición y la sombra de la Torre, escucharé el murmullo de los orígenes. Y, al hacerlo, encenderé una pequeña luz de comprensión que ilumine no solo el pasado, sino el sentido de mi propio camino.
En resumen, este proyecto es mi manera de echar raíces en el tiempo. Un intento de fortalecer mi vínculo con lo que fui, para entender mejor lo que soy. Aprender historia para descifrar el paisaje de mi propia alma, hecho de las mismas piedras, leyendas y olores que los de Estepa.
Quiero que el año que viene, cuando vuelva el invierno, no solo haya pasado el tiempo. Quiero haberlo habitado. Haberlo vivido con la profundidad de quien camina por la historia propia, pisando con respeto los adoquines de La Coracha y aspirando, en cada estación, el eterno aroma a canela de la memoria.
Este viaje es mi forma de volver a casa. De regresar a mí mismo, estación a estación.
¡Que comience el viaje!
Pedrete Trigos

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