martes, 31 de marzo de 2026

Marzo: el mes en que el cerro me pidió que volviera a mirarlo

 

Marzo ha sido un mes de heridas abiertas y de costuras silenciosas. Un mes de polen, de memoria, de troncos caídos y de huevos de tela cosidos a mano. Un mes, sobre todo, de regresos.



Comenzó el día 1. Subí al cerro sabiendo que no iba a encontrar lo que dejé. Cinco años sin mi Gordo, cinco años desde que aquel gato de mirada amarilla se fue a algún lugar donde los bigotes no se gastan. Pero no fui solo por él. Fui porque el temporal de febrero había hecho algo peor que derribar treinta pinos, como nos dijeron al principio. La realidad era una masacre: más de cien troncos apilados, y muchos más tendidos en el suelo esperando su turno para convertirse en leña o en ausencia.

La ladera de Santa María, aquella por la que me tiraba rodando de niño, había sido borrada. Ni un solo árbol en pie.

Y allí, a pocos metros, en el olivar del convento, familias enteras merendaban. Ancianos, niños, jóvenes. Pasaban la tarde como si nada. La vida sigue, pensé. No hay más remedio.

Esa fue la lección más dura del mes: el mundo no se detiene porque tu memoria haya sido arrasada. Pero yo, testigo de la masacre, me comprometí a volver. Una y otra vez. A ver cómo el cerro, como yo, aprende a vivir con sus cicatrices.

Marzo también ha sido un mes de ternura rescatada. Volví a la calle Libertad, al taller de Soledad, donde mi hermana aprendió el oficio de la aguja. Recordé los pantalones de peto con conejitos bordados, con vaqueros del Lejano Oeste, con botones en forma de flor. Recordé a Felipe, el marido de Soledad, que en mi memoria de niño era un gigante y que, según mi hermana, solo era grueso, pero no alto. La infancia agranda lo que quiere agrandar.

Y recordé a Peposo. Mi oso de peluche, comprado en la tienda de Mari Dorado, en esa calle que para mí nunca se llamará Antonio Álvarez. Su olor, su tacto, la espera frente a la lavadora, el tendedero, la impaciencia. Peposo desapareció en una limpieza del trastero. Pero su olor y su tacto me siguen acompañando. La memoria no solo reside en el cerebro. Reside en las fosas nasales y en las yemas de los dedos. 

También recorrí, con la memoria de los sentidos, los caminos al colegio. El olor a mantecados de la fábrica San Antonio. El aroma a anís de la destilería San Ignacio. El perfume a pan recién horneado del horno de Joaquín Satito y Rosarito. Esos olores eran mis hitos, mis puntos de referencia en un mundo que empezaba a ser recorrido en solitario.

Descubrí, al escribirlo, que mi mapa mental de Estepa no coincide con el oficial. La calle Libertad es, para mí, la calle de Soledad. La calle Antonio Álvarez es la calle de Mari Dorado. He tenido que buscar los nombres verdaderos en Google Maps. Los míos son otros. Y son los que valen.

El 21 de marzo, casi sin darme cuenta, llegó la primavera. Hice balance de estos tres meses de invierno, de este viaje al centro de mí mismo. Recordé el pacto que hice en diciembre: habitar el tiempo, no verlo fluir. Recuperé el blog. Descifré el nombre de mi tierra, nacido del esparto. Abracé la leyenda de Astapa, aquel fuego que forjó un pueblo de resistencia. Contemplé la Torre de la Victoria como un fósil de piedra, un testigo terco de todo lo que desapareció.

Y entendí que el niño soldado que fui, aquel que construyó murallas para proteger su esencia, ya no necesita luchar. Ha depuesto las armas. Ha ganado su reino.

Al día siguiente, 22 de marzo, la primavera se anunció a su manera: tres estornudos seguidos, de esos que te doblan sobre las bolsas de la compra. Llevo toda la vida pagando este peaje. Amo la primavera con la misma intensidad con que me agrede. Pero este año, con el pacto recién estrenado, no puedo permitirme el lujo de vivirla a escondidas.

Subí al cerro. Respiré hondo, y fue un error. La bocanada me trajo polen y una certeza: la belleza, a veces, tiene un precio. También la tiene para el paisaje. Estos campos que hoy celebramos, estos olivos que nos dan el aceite y los mantecados son los mismos que me hacen estornudar. No puedo separar una cosa de la otra. Como no puedo separar la historia de Estepa de sus piedras, o mi infancia de sus olores.

El 25 de marzo me sumergí en la Cuaresma, pero no desde el ayuno, sino desde la dulzura. Recordé los rosquitos de almendra, los ochíos con ajonjolí, los pestiños con su aroma a matalahúva. Y, sobre todo, las torrijas: el pan duro convertido en consuelo dorado. Recordé las magdalenas horneadas en el horno de leña de Joaquín Satito, las cestas de caña cubiertas con manteles de cuadros festoneados con ganchillo.

Recordé que cada casa tenía su secreto, su firma en la masa. Las magdalenas de mi abuela Nati sabían distinto a las de mi madre. Esa variación infinitesimal era lo importante. No se buscaba la uniformidad, sino la identidad. Cada bocado era un mapa afectivo.

Y cerré el mes el 29 de marzo con una declaración de principios: cuando no puedo salir al encuentro de la primavera, hago que la primavera entre en casa.

Así que en mi salón han ido apareciendo conejos de tela y de madera, pollitos amarillos apelotonados en la estantería, y huevos de Pascua cosidos a mano con retales que ya no servían para nada grande. He fundido chocolate, he templado como un orfebre, he envuelto bombones en papeles de colores. Y los he puesto en una cesta, junto a una ramita de olivo traída del cerro.

No sé si alguien más hará algo parecido en Estepa. Probablemente no. Pero me da igual. Necesito vivir la primavera desde dentro. Como la tradición oficial me queda grande, me invento la mía. Y cuando miro esos huevos de colores en el cuenco de mimbre, siento que la primavera, la de verdad, ha entrado por fin en casa. No importa que fuera llueva polen. No importa que los ojos me piquen y la nariz no me deje respirar. Aquí dentro hay vida nueva.

Marzo me ha dejado agotado y lleno. Me ha mostrado un cerro herido y me ha pedido que no aparte la mirada. Me ha devuelto olores y texturas que creía perdidos. Me ha recordado que la memoria no es un ataúd, sino un puente. Y me ha enseñado, una vez más, que la tradición no es un museo: es un río. Y que uno puede nadar en él aunque sea a contracorriente.

Abril está llamando a la puerta. Traerá más polen, más estornudos, más procesiones que seguiré mirando desde la ventana. Pero también traerá más huevos de tela, más conejos de madera, más primavera traducida a mi idioma.

Y yo, como el cerro, aprendiendo a vivir con mis cicatrices.

Pedrete Trigos

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