Hace unos días, cuando los estornudos me anunciaron que la primavera había llegado, escribí sobre el precio que pago por la belleza. Sobre esa paradoja de amar una estación que me agrede, de querer habitar el tiempo mientras la alergia me empuja a esconderme.
Hoy quiero escribir sobre lo que hago con ese conflicto. Sobre cómo, cuando no puedo salir al encuentro de la primavera, hago que la primavera entre en casa.
Empiezo por una confesión que ya he dejado caer otras veces, pero que quizá no he explicado del todo. En Navidad, siempre he preferido el árbol al belén. No es una declaración de principios, ni una postura ideológica. Es algo más sencillo y más hondo: el belén, para mí, arrastraba demasiadas cosas. Críticas no pedidas, expectativas incumplidas, una manera de hacer las cosas que nunca era la correcta. El árbol, en cambio, era territorio virgen. Un abeto de tela que montaba yo solo, con mis manos, y al que podía colgar lo que quisiera. Por eso empecé a hacer aquellas bolas de patchwork sin aguja. Porque necesitaba una tradición que fuera mía.
Pues bien: con la primavera me pasa exactamente lo mismo.
Llega marzo, llega abril, y el pueblo entero se prepara para la Semana Santa. Las cofradías ultiman sus salidas, los costaleros ensayan, los nazarenos planchan sus túnicas. Y yo los miro como quien mira pasar un tren. Con respeto, con admiración incluso por la maquinaria perfecta que han montado, pero sin subirme. No es mi tren. Nunca lo fue.
Pero eso no significa que no necesite la primavera.
Necesito el color. Necesito la luz que se alarga. Necesito la vida nueva, el brote, el huevo que se rompe para que algo salga. Necesito, con una urgencia casi física, que la alegría entre por los ojos y se instale en algún sitio.
Así que, igual que hice con la Navidad, he hecho con la Pascua: la he traducido a mi idioma.
En mi salón, desde hace un par de semanas, han empezado a aparecer conejos. De tela, algunos. De madera, otros. Pequeños, con las orejas gachas o tiesas, mirando a ninguna parte con sus ojos de botón. También pollitos. Redondos, amarillos, apelotonados en un rincón de la estantería como si aún buscaran el calor de una lámpara.
Y huevos. Sobre todo, huevos.
Los huevos de Pascua que yo hago no son de chocolate. Son de tela, como las bolas de Navidad. Los confecciono con retales que voy guardando durante el año, de esos que ya no sirven para nada grande pero que conservan un estampado bonito, un color que me gusta. Los relleno de guata, los coso a mano —puntada pequeña, que no se note— y los coloco en un cuenco de mimbre sobre la mesa del comedor. Parecen mentira. Parecen sueños.
Este año, además, me he atrevido con los bombones. He comprado moldes con forma de huevo, de conejo, de pollito. He fundido chocolate con leche, chocolate negro, chocolate blanco. Los he templado con cuidado, como si estuviera haciendo un trabajo de orfebrería. Y los he envuelto en papeles de colores, dentro de una cesta pequeña, junto a una ramita de olivo traída del cerro.
No sé si alguien más hará algo parecido en Estepa. Probablemente no. Probablemente, si algún vecino asomara la cabeza por mi ventana y viera ese despliegue de conejos y huevos de colores, pensaría que me he vuelto loco. O peor: que estoy celebrando cosas de protestantes, de extranjeros, de mundos que no son el nuestro.
Pero no es eso.
Lo que pasa es que yo necesito vivir la primavera desde dentro. Y como no puedo hacerlo en el campo, porque el campo me estornuda, la vivo en mi casa. Como no sé hacerlo con procesiones que no siento mías, lo hago con telas y chocolates. Como la tradición oficial me queda grande —o yo le quedo pequeño—, me invento la mía.
Ayer, mientras pintaba con rotulador dorado los ojos de un conejo de madera, pensaba en mis hermanas costureras. En cómo ellas, con retales y paciencia, vestían mi infancia de vaqueros bordados y conejitos saltarines. En cómo el taller de Soledad, en la calle Libertad, era una fábrica de belleza hecha con sobras, con aprovechamiento, con cariño.
Y pensé que esto que hago ahora es lo mismo. No es más que seguir la tradición familiar: coger lo que sobra —tiempo, tela, ganas— y convertirlo en algo que alegra la vista y el corazón.
Mis huevos de Pascua no son mejores ni peores que los nazarenos que llenarán las calles dentro de unos días. Son distintos. Son míos. Y cuando los miro, cuando la luz de la tarde les da en el cuenco de mimbre y los hace brillar como piedras preciosas de colores, siento que la primavera, la de verdad, ha entrado por fin en casa.
No importa que fuera llueva polen. No importa que los ojos me piquen y la nariz no me deje respirar. Aquí dentro, entre estas cuatro paredes, hay vida nueva. Hay huevos que no son de gallina pero guardan el misterio. Hay conejos que no corren pero saltan en la imaginación. Hay pollitos que no pían pero cantan en el color amarillo.
Solo soy un hombre que necesita la primavera. Y como no puede tenerla fuera, se la construye dentro.
Y me quedé solo, en mi salón, con mi pequeña granja de tela y mis huevos de colores, sintiendo que, en el fondo, todos buscamos lo mismo: un poco de luz, un poco de vida, algo que celebrar cuando los días se alargan y el mundo, ahí fuera, explota de belleza aunque a nosotros nos haga estornudar.
La primavera ha llegado. Traducida a mi idioma. Y es mía.
Pedrete Trigos



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