domingo, 26 de abril de 2026

Cuando el refugio se vuelve veneno: Sobre límites, autocuidado y la doble cara de internet

 

Como ya conté anteriormente, hubo un tiempo en el que encontré un lugar maravilloso. Era un foro de internet dedicado a las casas de muñecas y las miniaturas, un rincón donde personas de distintas partes del país compartían una afición delicada, minuciosa, casi secreta. Allí aprendí, mostré mis trabajos, recibí consejos y también los ofrecí. Era un espacio cálido, o al menos eso parecía al principio. Para alguien como yo, que había crecido construyendo sus propios cachivaches en la carpintería de su padre, encontrar una comunidad así fue como llegar a casa. 

Pero los lugares, incluso los más acogedores, pueden cambiar. O quizá no cambian ellos: lo que cambia es nuestra capacidad para ver lo que siempre estuvo ahí. 

 


Con el tiempo, aquel foro comenzó a desviarse de su propósito original. Lo que debía ser un espacio para compartir técnicas, mostrar progresos y celebrar la belleza de lo pequeño se fue contaminando con algo mucho más turbio: cotilleos personales, envidias mal disimuladas, una necesidad constante de atención que nada tenía que ver con las miniaturas. Las conversaciones sobre barnices y escalas dieron paso a susurros sobre la vida de los demás. Y lo peor es que aquello no se corrigió. 

El dueño del foro, que también regentaba una tienda de miniaturas vinculada al sitio, parecía mirar hacia otro lado. Más tarde comprendí que el escándalo no le incomodaba: le convenía. La polémica genera tráfico, y el tráfico genera visibilidad, y la visibilidad, ventas. No sé si fue una decisión consciente o una omisión cobarde. El caso es que las moderadoras, aquellas que debían velar por el buen clima del lugar, no moderaban. Una de ellas, tuve motivos para sospechar, manejaba uno o varios perfiles falsos. El anonimato y la impunidad tejieron una red donde cualquiera podía ser cualquiera, y donde las puñaladas se daban con una sonrisa virtual. 

 

El desmadre no se quedó en el foro. Como toda materia podrida, buscó expandirse. Nació un blog paralelo donde los insultos y el acoso crecieron hasta tal punto que la Guardia Civil tuvo que intervenir. Después hubo otro, y también lo cerraron. Me resultaba entonces, y me sigue resultando ahora, sorprendente la doble cara de algunas personas. Amas de casa de apariencia corriente, capaces de conversar sobre la compra o los niños por la mañana y escupir veneno por la noche. Mujeres que fingían ser educadas y correctas en público, pero que descolgaban el teléfono para chismorrear con saña. Personas que de cara a la galería estrechaban manos y ofrecían sonrisas, mientras por la espalda destripaban a cualquiera sin el menor escrúpulo. 

No es que todas fueran así, por supuesto. En aquel foro conocí también personas formidables, gente con un talento inmenso y un corazón todavía mayor. Pero el ambiente se volvió tan irrespirable que incluso los mejores terminaron alejándose. Yo mismo me fui un día, cansado, decepcionado, con la sensación de haber perdido algo que nunca volvería. 

 

Esta experiencia me enseñó algo que hoy considero fundamental: en internet, la polémica funciona. La indignación vende, el escándalo viraliza, el conflicto posiciona. Lo sé porque lo he visto. Y me pregunto si es ético priorizar el escándalo sobre otros valores como el respeto, la honestidad o la simple decencia. ¿Todo vale en internet? ¿Cualquier cosa es justificable si nos da visibilidad? ¿El éxito de un negocio puede construirse sobre el dolor ajeno? 

No tengo una respuesta única para estas preguntas, pero sí tengo una convicción: yo no quiero jugar ese juego. 

 

Hoy, cuando escribo en mis blogs, aplico un filtro muy estricto a lo que publico. Tanto, que en ocasiones lo llamo autocensura. Y lo prefiero así. Me ayuda enormemente poner por escrito lo que pienso y lo que siento. Es una forma de ordenar el caos interior, de entenderme a mí mismo. Pero no todo lo que escribo termina publicado. Hay borradores que se quedan en el programa de edición, palabras que nunca ven la luz. No porque mientan, sino porque mostrarlas sería exponerme demasiado. Porque hay recuerdos que duelen, y heridas que no estoy obligado a enseñar. 

Eso no es cobardía. Es autocuidado. Es poner un límite. 

 

Aprender a poner límites no es fácil, sobre todo para quienes fuimos educados en la idea de que hay que ser amables, complacientes, de que no está bien decir "no". Pero los límites son necesarios. Nos protegen de personas que, consciente o inconscientemente, nos hacen daño. Nos preservan de dinámicas que nos desgastan. Nos recuerdan que nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra paz mental no son recursos inagotables que debamos derrochar sin criterio. 

Poner un límite no es ser antipático. Es ser honesto. Es decir: "hasta aquí llego yo, y a partir de aquí no paso". Y esa frontera, bien trazada, es el fundamento de cualquier relación sana, ya sea virtual o presencial. 

 

Escribo esto sin rabia. O al menos intentándolo. No busco ajustar cuentas ni señalar a nadie. La mayoría de aquellas personas ya no están en mi vida, y yo no estoy en la suya. El foro aquel, creo, ya no existe, o si existe es solo un fantasma de lo que fue. Lo que me queda es la experiencia, y de ella quiero extraer algo valioso: la certeza de que el respeto no es negociable, de que la salud mental está por encima de cualquier comunidad virtual, y de que alejarse a tiempo no es una derrota, sino una victoria silenciosa. 

Aquellas amas de casa de doble cara, aquellos perfiles falsos, aquellos dueños que miraban hacia otro lado... no son más que un recuerdo difuso. Lo importante es que yo aprendí a irme. Aprendí que no todo vale. Aprendí que los límites no son muros que encierran, sino puertas que protegen. 

 

Hoy, cuando miro atrás, no siento nostalgia. Siento gratitud por lo que aquel foro me dio al principio, y alivio por haber sabido marcharme al final. Mis miniaturas siguen ahí, en la habitación del fondo, cubiertas de polvo, pero intactas. De vez en cuando las abro, las miro, recuerdo. Pero al foro, a aquel lugar que un día fue un refugio y se convirtió en veneno, no pienso volver. 

Porque he aprendido, quizá tarde, que el mayor acto de valentía no es quedarse a pelear en un terreno que ya no es sano. Es levantarse, dar la espalda y buscar otro lugar donde crecer. O construirlo uno mismo, como hice con mi blog. Un espacio pequeño, íntimo, donde pongo lo que quiero poner y guardo para mí lo que necesita quedarse a salvo. 

Esa es mi trinchera. Y desde ella, escribo esto. Sin odio. Con la tranquilidad de quien sabe que, a veces, el mejor límite es una puerta cerrada con cuidado, no un portazo. 

Pedrete Trigos 

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