domingo, 19 de abril de 2026

El día que aprendí a querer (un poco) mi propia cocina

 

No me gusta cocinar. Nunca me ha gustado. Y, sin embargo, cocino. Como quien respira por obligación, como quien ordena el caos doméstico porque el caos no friega los platos ni pone la lavadora. Así es esto de ser adulto: una colección de pequeñas batallas que nunca pediste librar.

Cuando me independicé, mi currículum culinario era bochornoso: no sabía freír un huevo. Mi madre, bendita ella, apenas tuvo tiempo de regalarme cuatro recetas básicas. Su estrategia, más que enseñarme, era disuadirme: se empeñaba en que volviera a casa para comer. Mientras mi padre vivió, acepté de vez en cuando. Otras veces, ella cocinaba de más y yo me llevaba el botín en un táper, como un estudiante universitario perpetuo. Recalentar era mi única técnica.



Cuando mi padre murió, mi madre me pidió que comiera con ella para no dejar sola la mesa. Y acepté. No fue solo solidaridad, lo confieso. Fue comodidad. La pereza vestida de bondad filial. Yo seguía sin querer saber nada de fogones.

Con los años, me convencí de que era un mal hijo. No por ausente, sino por tramposo. Pensaba que el día que ella faltara, la echaría de menos sobre todo a mediodía. Porque su muerte, sospechaba, me obligaría por fin a cocinar. Y así fue.

Cuando ella se fue, comí mal. A veces muy mal. Cualquier cosa que cupiera en un plato y no requiriera cuchara de palo. Viví de lo inmediato, de lo precario, de lo triste. Hasta que el año pasado, no sé bien por qué, decidí que aquello no podía seguir así.

Me armé de paciencia y de libros de cocina. Comencé a experimentar. Hubo aciertos, hubo desastres. Unas recetas las adopté con cariño; otras las ajusté a mis gustos (soy goloso, eso sí, lo admito); unas cuantas terminaron en el cubo de la basura, donde entierro también mis fracasos. Sigo sin amar la cocina, pero algo ha cambiado: poco a poco, aprendo a cocinar sano, variado y casero. Como quien aprende a quererse por entregas.

El verano pasado me atreví con el salmorejo. Tengo una amiga cordobesa que vive en Suiza. Un día me dijo, con esa naturalidad que dan los exiliados voluntarios, que había encontrado allí un pan especial y unos tomates perfectos para preparar salmorejo. Y yo pensé: ¿cómo es posible que ella, desde Suiza, cocine salmorejo, y yo, desde Andalucía, no me atreva? Fue un golpe de orgullo.

El primero que hice quedó comestible. Pero nada que ver con el de mi madre. Lo intenté de nuevo. Recordé entonces un truco diminuto, casi olvidado: ella le rallaba un poco de cáscara de naranja. Lo probé. No era exactamente su sabor, pero se parecía muchísimo. Tanto que me emocioné delante del plato, como si ella estuviera mirando desde algún lugar de la cocina, asintiendo.

También me lancé con las “papas a lo salvaje”, otro de sus platos que adoro. El resultado aún no se parece al suyo, pero hay un progreso innegable: la carne ha dejado de tener la textura de la suela de un zapato. Algo es algo.

Ahora me estoy restringiendo con los dulces. Me estoy poniendo demasiado gordo. Siempre he tenido “tripita”, pero lo de ahora es ya panza. Y la jodida alergia me enclaustra en casa: salgo poco a pasear, y cuando lo hago, vuelvo estornudando y con los ojos rojos. Así que no me queda otra que contenerme comiendo. Pero lo estoy haciendo bien, creo. Estoy aprendiendo a cuidarme. Con 48 años, sí. Pero nunca es tarde si la dicha es buena.

Quizás por eso ahora cocino sin odio. Sin amor tampoco, pero sin odio. Y eso, en la mediana edad, es casi un triunfo.

Pedrete Trigos

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