miércoles, 15 de abril de 2026

La contradicción entre escribir y publicar


A finales del año pasado retomé la escritura en este blog. No era un capricho. Era una vuelta a casa. Este blog nació, en sus orígenes, para mostrar mis trabajos en miniatura. Durante años me dediqué profesionalmente a construir muebles diminutos, piezas de vestuario en miniatura, cuadros que cabían en la yema del dedo. Pero cuando lo recuperé el año pasado, lo hice con otra intención: convertirlo en un diario personal. De esos que se escribían a finales del siglo pasado, cuando los blogs olían a madrugada y a sinceridad sin filtros.



Llevo cuatro meses reflexionando sobre mi vida. Tanto, que creo que a veces me hago daño emocionalmente a propósito. Como quien se toca una herida para comprobar que aún duele.

No todo lo que escribo llega a publicarse. No. Muchos borradores se quedan ahí, congelados en el programa de edición, a medio camino entre el valor y el miedo. Mi método es caótico, lo reconozco. Tomo notas sueltas de los temas que quiero tratar. Me documento sobre monumentos, fiestas, fechas que me interesan. Rescato recuerdos familiares, olores, conversaciones viejas… Y con todo ese batiburrillo —que más bien parece los restos de un naufragio— voy dando forma a un texto medianamente coherente. Trato de ser honesto. Pero no siempre puedo. Hay recuerdos que duelen. Esos los filtro, los pulo, los vuelvo más pequeños hasta que resultan “digeribles”. Otros muchos los descarto directamente.

No se puede hablar de todo públicamente. Eso no es censura. Es autocuidado.

En honor a la verdad, hurgar en el pasado me ha servido para mucho. Me ha ayudado a saber de dónde vengo, pero también de dónde vienen algunas heridas, de dónde vienen esos aspectos de mi vida que aún no terminan de funcionar bien. Mostrar eso delante de cualquiera que pase por aquí, aunque sean pocos, me parece demasiado doloroso. No quiero mostrarme tan vulnerable. No quiero desnudarme del todo. Y aunque apenas haya nadie mirando, la exposición me pesa.

Pero también reconozco, con esa honestidad incómoda que solo uno se dice a sí mismo en la ducha o justo antes de dormir, que lo que publico a veces está demasiado edulcorado. Le pongo azúcar a lo que era sal. Le pongo calma a lo que era tormenta.

El filtro que aplico al redactar ha dejado de interesarme. Siento que miento. Y no es que cuente cosas falsas, no. Nunca. Pero cuando comparo lo que publico con lo que escribo en los borradores —esos textos que nadie ve, donde sí me desnudo—, noto una distancia enorme. Como si hubiera dos personas escribiendo: una que sufre y otra que consuela. Y la que consuela es la que termina firmando las entradas.

Por eso cada vez publico menos. Porque siento que no soy del todo honesto. Pero tampoco quiero abandonar este proyecto. Detesto dejar cosas a medias. Me propuse escribir durante un año y quiero hacerlo. Aunque sea a trompicones. Aunque sea a escondidas de mí mismo.

En mi descargo diré que no solo he rescatado este blog. He rescatado también los otros dos: el de historia y el de historia del vestido. Llevar adelante tres blogs es demasiado. Son tres entradas a la semana. Tres documentaciones. Tres búsquedas de imágenes. Tres formas distintas de agotarse.

Pero en el fondo, me gusta. Disfruto.

He aquí lo contradictorio. Lo paradójico. Por un lado, el peso del trabajo, el cansancio, las ganas de tirar la toalla. Por otro, la ilusión de hacer algo que me gusta, esa pequeña chispa que aún no se ha apagado. Soy la contradicción hecha persona. Y quizás por eso escribo. Para intentar entenderme. Aunque luego no siempre me atreva a publicarlo.

Pedrete Trigos

No hay comentarios:

Publicar un comentario