sábado, 4 de abril de 2026

El día que dejé de escribir para otros y empecé a escribir para mí

 

Estos días de vacaciones de Semana Santa he tenido tiempo para dos cosas: escribir y pensar por qué escribo. 

Escribo desde niño. No recuerdo un momento de mi vida en el que no lo hiciera. Al principio eran cuentos torpes, luego poemas vergonzantes, más tarde reflexiones que creía profundas y solo eran confusas. Pero siempre, desde el principio, hubo una verdad que no he vuelto a encontrar en ningún otro sitio: escribir me ayuda a ordenar mis ideas. Es terapéutico. Como limpiar la casa los sábados. 



El año pasado, buscando un cuaderno de costura, encontré unos viejos cuadernos con notas varias. Algunos tenían cerca de treinta años. Los abrí con curiosidad y me encontré con un desconocido. Allí estaba yo, pero no era yo. Había de todo: cuentos inacabados, notas sueltas que no llevaban a ninguna parte, poemas y canciones que me gustaban copiados a mano, reflexiones sobre mística de un adolescente de pueblo. Y faltas de ortografía. Muchas. Muchísimas. Una redacción imposible, frases que se enredaban como madejas de lana. 

Estuve un rato largo entre maravillado y horrorizado. Maravillado por reencontrarme con aquel chico que no encajaba en ninguna parte. Horrorizado por lo mal que escribía. Pensé en deshacerme de aquellos cuadernos. Tardé varios días en decidirlo. Al final no lo hice. En su lugar, traté de rescatar alguno de aquellos textos. Pulirlos. Corregirlos. Y así lo hice. 

Y como todo es ponerse, después de corregir aquellos primeros textos, la cabeza se puso en marcha sola. Seguí escribiendo. No todo lo que salía tenía la suficiente calidad. No soy escritor, no tengo oficio de escritor. Pero con algunos de aquellos textos estaba contento. Usar un editor de texto asistido por IA me ayudó muchísimo. Me aligeraba la tarea de corregir y pulir, que es la que más me cansa. La que me hace dudar hasta del punto final. 

Un día me decidí a publicar algo en Instagram. Los blogs seguían olvidados, enterrados en algún rincón de internet que ya nadie visitaba. Fui honesto y añadí que aquellos textos estaban redactados con la ayuda de IA. 

Las críticas no tardaron en aparecer. 

Y curiosamente, ninguna iba dirigida a los textos. Todas apuntaban en una misma dirección: la IA. No sé, a veces pienso que hay gente que cree que escribir con un editor asistido por IA es como apretar un botón y que, por arte de magia, aparezca un texto maravilloso y exquisito. Como si la IA tuviera la facultad de entrar en tu mente, rescatar tus recuerdos, tus pensamientos, y convertirlos con un solo clic, en el mejor texto que se haya escrito jamás. 

Mi reacción ante esas críticas fue la peor. La más infantil: borré aquellos textos. Nunca he soportado la crítica pública. Hay quien se ampara detrás de una pantalla para vomitar la rabia que lleva dentro. Yo, en cambio, me encojo. Me anulo. 

Pero seguí escribiendo. Corrigiendo aquellos viejos textos que había escrito de adolescente. Pensé en rescatar los blogs, pero sabía que ese formato está algo obsoleto. Algo que detesto de internet es lo rápido que caduca todo. Los blogs tuvieron su época de gloria hace unos años. Hoy las redes sociales los han desbancado. Y en las redes sociales, la gente lee poco. Le echa un vistazo. Pasa el dedo. Sigue. 



Busqué alguna plataforma donde poder publicar aquellos textos y encontré Substack. Al principio no entendía muy bien cómo funcionaba. Poco a poco fui aprendiendo a manejarla. Y cuando me vi con el suficiente valor, publiqué mi primer texto. Poco a poco fui consiguiendo seguidores, comentarios, likes. ¡Había público! ¡Me leían y les gustaba! 

De vez en cuando Substack enviaba correos con sugerencias y consejos para aprender a manejar la plataforma, para mejorar el posicionamiento. Pero ninguno de aquellos consejos iba dirigido a mejorar la escritura, la redacción, la calidad literaria. Los textos que encontraba en Substack variaban mucho. Había quien escribía con soltura, quien cometía faltas de ortografía. Mucha adolescente romántica y desengañada de la vida. De todo un poco. 

El síndrome del impostor siempre me ha perseguido. Me considero aprendiz de todo y maestro de nada. Repito que no soy escritor, esa palabra me queda enorme. Por eso escribía de forma tan seria y formal. Pulía los textos hasta más no poder. Trataba de darles un aire casi académico. Estos días los he estado releyendo y no me reconozco en ellos. Es como si los hubiera escrito otra persona. Tanto traté de adoptar la personalidad y el estilo de un escritor serio que yo no estaba en esos textos. 

Pero escribía y publicaba. A diario. Por obligación. Tanto que terminé agotado. Y creo que sobre todo me agoté de adoptar una pose, de no ser yo mismo. 

Y de repente volví a los blogs. 

Este blog donde ahora escribo nació para exponer mis miniaturas. Durante varios años sirvió para eso. Ahora lo he convertido en esta especie de diario personal en el que escribo sobre mis recuerdos. Publicar aquí, en mi viejo blog de miniaturas, me da confianza. Es como haber vuelto a casa tras un largo viaje. Me siento cómodo. Sigo escribiendo cuentos y relatos breves, pero no los publico. No encajan en ninguno de mis blogs. 

Pero, ¿acaso encaja este diario en un blog de miniaturas? ¿Por qué no iban a encajar unos cuentos escritos por mí mismo en mi propio blog? 

A veces soy mi principal obstáculo. 

Hoy he decidido que voy a rescatar esos cuentos, esos relatos que también escribo. Forman parte de mí. De quien soy. De lo que me gusta. Y me apetece mucho publicarlos. 

Hoy el título de este blog tiene más sentido que nunca: ¡Hoy puede ser un gran día! (Y mañana también). 

Pedrete Trigos 

No hay comentarios:

Publicar un comentario