domingo, 5 de abril de 2026

Un teatro de madera y fe: La Semana Santa que miré desde dentro

Estos días, cuando salgo a la calle, me encuentro con un pueblo que se transforma. Los balcones estrenan colgaduras, las vallas de hierro aparecen en las esquinas como flores efímeras, y en el aire flota un olor mezclado de incienso y azahar que ni siquiera mi alergia puede estropear del todo.



La Semana Santa ha llegado a Estepa.

Y yo, como tantas otras veces, la miro pasar. Pero con una diferencia: estos días, mientras me preparo para verla con los ojos de siempre —los del que observa el tren sin subirse—, no puedo evitar que la memoria me tire de la manga y me lleve a cuando yo también fui parte de ese lienzo vivo.

La Semana Santa en Estepa no es un espectáculo. Eso lo tengo claro. Es, para quien la vive desde dentro, la columna vertebral del año. Nueve hermandades que desfilan por calles que no son calles cualquiera: La Coracha, Mesones, Barrio Nuevo. Ese recorrido tiene nombre oficial —la Carrera Oficial—, pero para los que hemos nacido aquí es simplemente el camino de siempre, el que nuestras madres barrían cada mañana, el que nuestros abuelos pisaron antes de que nosotros existiéramos.

He ido estos días a ver los pasos. Pero, sobre todo, he ido a ver a las Angustias. La hermandad de mi barrio. La de los mondongueros, los del silencio, los del estilo austero que no necesita aspavientos para conmover. Ahí, delante de su paso, me ha asaltado todo.

A principios de los noventa, yo salí de nazareno. Varios años. Llevaba el atuendo más pobre que uno pueda imaginar: alpargatas de esparto, una soga a la cintura, túnica de sarga blanca y el antifaz negro cubriéndome el rostro. En la mano, un farol en lugar de cirio. Éramos los de atrás, los humildes, los que no llevaban cera porque la cera costaba dinero y el farol se encendía con lo que había.

Recuerdo el silencio. Sobre todo, recuerdo el silencio.

Cuando salíamos, no se oía nada. Solo los pasos. El golpe seco de los pies sobre el adoquín. El roce de las túnicas. El respeto era tal que parecía que el aire se detenía para dejarnos pasar. Nadie hablaba. Nadie se movía. Las calles, llenas de gente, eran un sepulcro andante.

Eso, para mí, era sagrado. No en el sentido religioso —ya he contado que ese tren no es el mío—, sino en el sentido humano. En el sentido de lo colectivo bien hecho, de lo que se sostiene por la fe de unos y el respeto de otros. Era, simplemente, hermoso.

Luego, con los años, las cosas cambiaron.

La última vez que salí —no recuerdo bien el año, pero sí la sensación— lo hice con desgana. Había demasiado desorden. Dentro de las filas, gente que hablaba, que se movía, que parecía estar en una romería más que en una procesión. Fuera, un público que ya no entendía el silencio, que aplaudía en momentos inoportunos, que convertía el recogimiento en espectáculo.

No lo digo con tono romántico. No soy de esos que creen que todo tiempo pasado fue mejor. Pero sí constato un hecho: algo se perdió por el camino. O, mejor dicho, algo se transformó en otra cosa. Y esa otra cosa, para mí, dejó de tener sentido.

Sé que las tradiciones tienen que reinventarse para vivir. Lo he escrito aquí mismo, hablando de la Navidad y de mis bolas de patchwork. Pero hay reinvenciones que enriquecen y otras que diluyen. Y a veces, por mirar demasiado a Sevilla —por imitar "el sol que más calienta", como se dice por aquí—, uno termina perdiendo el estilo propio y quedándose a medio camino entre lo que fue y lo que quería ser.

Eso le ha pasado a algunas hermandades de Estepa. Y me duele decirlo, pero me duele más verlo.

Hay un detalle que siempre me ha parecido hermoso de nuestra Semana Santa. La diferencia entre barrios. Los del Barrio Nuevo, los "churreteros", lo viven con un color más festivo. Más alegría, más bullicio, más vida. Los del barrio viejo, los "mondongueros", con esa solemnidad austera que a mí me llega al alma. Dos maneras de entender lo mismo. Dos formas de ser de este pueblo.

Yo soy mondonguero. De La Coracha. De la calle San Juan. De esa manera de estar en el mundo que prefiere el silencio al grito, la mirada larga a la palmada en la espalda. Y quizá por eso, cuando veo que lo nuestro se va pareciendo cada vez más a lo de ellos —a lo de fuera, a lo de todos—, siento una pequeña tristeza. Como si nos estuviéramos quedando sin voz propia.

Esta tarde he vuelto a pasar por delante de las Angustias. La imagen estaba ya en su paso, lista para la salida. La luz de las velas le daba en la cara y parecía que, por un momento, me miraba.

He recordado a aquel niño de alpargatas y soga, con su farol tembloroso, andando en silencio por calles que entonces eran suyas de una manera que ya no volverá. Y he pensado que, aunque yo ya no salga, aunque mire el tren desde la vía de al lado, algo de aquello me sigue habitando.

No la fe, quizá. Pero sí el respeto por lo bien hecho. La emoción de lo colectivo cuando funciona. La certeza de que hay momentos en la vida que merecen ser vividos en silencio, con un farol en la mano y los pies descalzos sobre la piedra.

La Semana Santa pasa. Las hermandades desfilan. Los costaleros sudan bajo el paso. Y yo, desde mi orilla, los miro con admiración y distancia. Con el cariño de quien fue y ya no es. Con la tristeza de quien ve cambiar lo que quiso. Con la alegría de saber que, a pesar de todo, cada primavera, la madera y la fe vuelven a encontrarse en las calles de Estepa.

Y allí sigue, entre ellas, un poco de aquel niño con farol.

Aunque ya no sepa muy bien qué luz buscaba.

Pedrete Trigos

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