Abril ha sido un mes de regresos y de fronteras. Un mes donde he aprendido que la memoria no solo se hereda, también se cocina, se cose, se escribe y, a veces, se defiende con puertas bien cerradas.
Empezó el mes con el pan. No con cualquier pan: con el pan duro, ese que en mi casa anunciaba la Cuaresma antes que el Miércoles de Ceniza. El primer chasquido al cortarlo era el pistoletazo de salida para la alquimia más humilde y gloriosa: convertir lo viejo en tierno, lo rígido en dorado, lo sobrante en fiesta.
Revisé el cuaderno de recetas familiares, ese tesoro de páginas manchadas. Allí, en letra temblorosa del siglo XIX, dormía la torrija más antigua, la de pan mojado en vino aguado y almíbar de miel. Un dulce de otra época, casi medicinal, que de niño me resultaba empalagoso. Pero mi corazón, lo confieso, siempre se inclinó por la herejía de mi madre: pan de Viena, leche con un chorreoncito de anís, y ese abrazo final de azúcar y canela que llenaba la casa de un aroma que era puro consuelo.
Al preparar ambas, no sigo un ritual gastronómico. Dialogo con el tiempo. Y entiendo, una vez más, que la tradición no es un museo: es un río. Lleva la carga pesada de la miel antigua, pero acepta mis pequeñas herejías.
El 4 de abril escribí una confesión largamente aplazada. Llevaba días de Semana Santa vaciando armarios y llenando páginas. El verano pasado encontré unos cuadernos viejos, de hace treinta años. Cuentos inacabados, poemas vergonzantes, faltas de ortografía a montones. Estuve entre maravillado y horrorizado.
Decidí no destruirlos. Los rescaté, los pulí. Y con la ayuda de un editor de IA —lo digo claro, porque la honestidad me importa más que la pose— fui dando forma a algo que, sin ser literatura mayor, me devolvía la ilusión.
Pero publiqué en Instagram confesando el uso de la IA. Y las críticas no se hicieron esperar. Todas contra la herramienta, ninguna contra el texto. Como si apretar un botón fabricara recuerdos y emociones. Borré los textos. Me dolió. Pero seguí escribiendo.
Probé Substack. Allí se primaba contentar al algoritmo, conseguir seguidores, monetizar. Y yo, que no busco eso, me sentí fuera de lugar. Así que volví a los blogs. A mi viejo blog de miniaturas. A mi casa.
Y así decidí: voy a rescatar también los cuentos, los relatos. No importa que no encajen. Soy yo quien decide qué encaja en mi casa. Por eso el título del blog, aquel «¡Hoy puede ser un gran día!», tiene hoy más sentido que nunca.
Estos días, las calles se han vestido de colgaduras. Han salido las hermandades. Y yo, que ya no salgo, los he mirado con otros ojos.
He ido a ver a las Angustias. La hermandad de mi barrio, la de los coracheros, la del silencio austero que yo viví como nazareno en los años noventa. Llevaba alpargatas de esparto, soga a la cintura, túnica de sarga blanca y antifaz negro. Y un farol en la mano, porque la cera costaba dinero.
Recuerdo el silencio. Nadie hablaba. Nadie se movía. Las calles, llenas de gente, eran un sepulcro andante. Eso, para mí, era sagrado. No en el sentido religioso —ese tren no es el mío—, sino en el sentido de lo colectivo bien hecho.
La última vez que salí, ya no fue así. Demasiado desorden, demasiado ruido, un público que aplaudía en momentos inoportunos. Algo se transformó. Y esa otra cosa, para mí, dejó de tener sentido.
Pero aquella tarde, delante del paso, recordé a aquel niño de alpargatas y farol. Y pensé que, aunque yo ya no salga, aunque mire el tren desde la vía de al lado, algo de aquello me sigue habitando. No la fe, quizá. Pero sí el respeto por lo bien hecho.
El 8 de abril presenté a mi cortejo particular. Llevo años escribiendo cuentos, y en casi todos aparecen las mismas caras. No es falta de imaginación: es obsesión. O cariño.
Sor Imprudencia es una monja perdularia. Descuida el hábito, extravía el rosario, mira el mundo por encima del hombro. No reza: observa. Y cuando abre la boca, escuece. Escribo sobre ella cuando estoy cansado de ser amable.
El Marqués de Aliaga es un príncipe destronado. Camina con una dignidad que ya no le sirve para nada. A veces creo que es mi padre. A veces, yo dentro de unos años.
Lady Antoñita es la inocencia hecha criatura. No entiende el mal, y eso la hace frágil y hermosa. Escribirla me rompe.
La Sombra es el mal, pero un mal torpe, chapucero. Planea venganzas que olvida ejecutar. Intenta ser terrible y termina siendo patética. Es, en el fondo, todo aquello que callo para que los demás me sigan queriendo.
Son arquetipos. Son alter egos. Son inventados y verdaderos a la vez. Y escribir es eso: poblar el silencio con caras conocidas. Aunque esas caras sean, en el fondo, la nuestra.
El 12 de abril me senté a hablar de mi paso por las casas de muñecas. Y al hacerlo, recuperé a aquel niño que construía cachivaches con los restos de la carpintería de su padre. Recordé la primera casa de muñecas que vi, la de Asunción Machuca, hecha por su padre en los años treinta o cuarenta.
Recordé el verano de 1994, cuando un suplemento de una revista me reveló que existían artesanas dedicadas a las miniaturas. Recuerdo la tienda EntreArte en Sevilla, con su suelo de sisal, sus paredes pintadas de amarillo y naranja, y Josela, la dueña, que me decía: «Tú tienes el morrito muy fino». Recuerdo cuando les llevé unos muebles que había hecho y a la semana siguiente ya se habían vendido.
Durante años, las miniaturas fueron mi vida. Llegué a dejar la carpintería para vivir de ellas. Di talleres. Tuve tienda online. Y luego, las ventas bajaron. En 2016 lo dejé.
Hoy, aquellas casas en miniatura están en la habitación del fondo, casi olvidadas. De vez en cuando las abro, las miro, y me parece mentira que algo tan importante se convierta en una reliquia cubierta de polvo. Pero así es la vida, supongo.
El 15 de abril me enfrenté a una herida que llevo tiempo arrastrando. Tanto he reflexionado estos meses, que creo que he llegado a hacerme daño emocionalmente. No todos los borradores terminan publicados. Muchos se quedan en la carpeta, a medio camino.
Trato de ser honesto, pero hay recuerdos dolorosos. Los filtro, los pulo hasta hacerlos digeribles. No es censura: es autocuidado. Mostrarme tan vulnerable me da miedo. Pero también reconozco que lo que publico a veces está demasiado edulcorado. Y entonces siento que miento. No por los hechos, sino por la distancia entre lo que escribo en privado y lo que me atrevo a mostrar.
Por eso publico menos. Porque no quiero engañar. Pero tampoco quiero abandonar. Me propuse escribir durante un año, y quiero hacerlo.
Además, llevo tres blogs. El de miniaturas, el de historia y el de historia del vestido. Tres entradas a la semana. El cansancio y las ganas de abandonar luchan a diario con la ilusión. Soy la contradicción hecha persona.
El 19 de abril volví a un tema que me persigue: no me gusta cocinar, pero cocino. Como quien respira por obligación. Cuando me independicé, no sabía freír un huevo. Mi madre apenas me enseñó cuatro recetas. Se empeñaba en que fuera a comer con ellos. Cuando mi padre murió, mi madre me pidió que la acompañara para no estar sola. Y acepté. No solo por solidaridad: por comodidad.
Siempre pensé que era un mal hijo. Que el día que ella muriera, la echaría de menos a mediodía. Porque su muerte me obligaría a cocinar. Y así fue.
Comí mal, muy mal, durante años. Hasta que el año pasado decidí cambiar. Revisé libros de cocina, experimenté, fracasé. Sigo sin amar la cocina, pero aprendo a cocinar sano, variado y casero. El verano pasado me atreví con el salmorejo. Le añadí un truco de mi madre: ralladura de naranja. Y no era exacto, pero se parecía muchísimo.
Ahora me estoy restringiendo con los dulces. Me estoy poniendo demasiado gordo. Y la alergia me enclaustra. Así que aprendo a cuidarme. Con 48 años, sí. Pero nunca es tarde si la dicha es buena.
Quizá por eso ahora cocino sin odio. Sin amor tampoco, pero sin odio. Y eso, en la mediana edad, es casi un triunfo.
El 22 de abril publiqué un cuento que me llegó al escribir. El del artesano Pablo, el gato Argos, y un niño moreno de ojos tristes que aparece un día de lluvia y se queda unos días, en silencio, aprendiendo a lijar madera y sanar heridas. Hasta que una mañana ya no está. Y nadie lo recuerda. Solo Pablo, que al mirarse al espejo descubre que ahora sus ojos brillan con la luz del niño.
El 26 de abril me obligué a volver a un lugar oscuro. Hablé de aquel foro de miniaturas que un día fue un refugio y se convirtió en un nido de víboras. Cotilleos, perfiles falsos, envidias mal disimuladas. El dueño miraba hacia otro lado, porque la polémica generaba tráfico y el tráfico ventas. Las moderadoras no moderaban.
El desmadre creció. Hubo blogs paralelos de insultos. Llegó a intervenir la Guardia Civil. Amas de casa de apariencia corriente escupiendo veneno por la noche. Personas que estrechaban tu mano y por la espalda te destripaban.
No todas eran así, claro. Conocí gente maravillosa. Pero el ambiente se volvió tan irrespirable que me fui.
Aquella experiencia me enseñó algo: en internet, la polémica funciona. La indignación vende. Y me pregunto si es ético priorizar el escándalo sobre el respeto. Yo no quiero jugar ese juego.
Por eso hoy, cuando escribo en mis blogs, aplico un filtro. Incluso lo llamo autocensura, y lo prefiero así. No todo lo que escribo termina publicado. Hay borradores que nunca ven la luz. No porque mientan, sino porque mostrarlos sería exponerme demasiado.
Eso no es cobardía. Es autocuidado. Es poner un límite. Aprender a poner límites no es fácil, sobre todo para quienes fuimos educados en la complacencia. Pero los límites nos protegen de quienes nos hacen daño. Nos recuerdan que nuestra paz mental no es un recurso inagotable.
Escribo esto sin rabia. Con la tranquilidad de quien sabe que, a veces, el mejor límite es una puerta cerrada con cuidado, no un portazo.
Y cerré el mes con un cuento largo, casi una novela. La historia de José Rafael y Clotilde, el sastre y la muchacha de la cinta azul. El amor en la feria, la enfermedad, la trenza cortada, el aguamanil que nunca volvió a llenarse. Y luego la viudez, el taller de Sevilla, las tijeras que un día pensaron en convertirse en puente. Y el rescate: el olor a magdalenas, el burrito de trapo, los geranios rojos.
Ese cuento habla de cómo sobrevivimos a lo que nos rompe. De cómo los hilos rotos también tienen propósito. De cómo las pérdidas no son vacíos, sino pliegues donde se guarda lo que amamos.
José Rafael murió de viejo, rodeado de telas, con una cajita de madera sobre el pecho donde dormían una trenza negra, una cinta azul celeste y un verso ajado. Y los niños del barrio iban a escuchar sus historias, porque las historias, bien contadas, son lo único que no se muere del todo.
Abril me ha dejado cansado, pero no vacío. Me ha recordado que la tradición se puede cocinar de nuevo, que los fantasmas pueden tener nombre y hasta cariño, que las miniaturas fueron un mundo entero y ahora son un recuerdo polvoriento pero querido.
Me ha enseñado que escribir es un acto de equilibrio entre lo que muestro y lo que guardo. Que los límites no son muros, sino puertas. Que la cocina, sin amor, puede ser habitable. Y que los cuentos, cuando nacen de la herida propia, a veces curan a quien los escribe antes que a quien los lee.
Abril se va. Llega mayo, con más polen, más luz, más ganas de asomarme al cerro a ver si los troncos caídos empiezan a cubrirse de hierba. Pero eso ya es otro mes.
Pedrete Trigos

No hay comentarios:
Publicar un comentario