domingo, 3 de mayo de 2026

Paseo de Mayo: De la piedra al manantial

 

Para mí, el primero de mayo no es solo el Día del Trabajo. Es el día en que Estepa, después del drama sagrado de la Semana Santa, exhala por fin. Respira hondo y vuelve la mirada al campo. Es el día de la Romería de San José Obrero: una peregrinación sencilla, festiva, sin estridencias. Su recorrido es, en sí mismo, un viaje por las capas de mi memoria y también por las de mi pueblo. Este es el paseo que hoy quiero compartir. Un itinerario que va desde el corazón social del barrio más antiguo hasta la fuente que nos dio vida.



Una romería que, por mis problemas alérgicos, nunca he podido vivir del todo. Pero hace unas semanas, necesitaba salir. Así que cogí el coche. Andar me perjudica, pero conducir, sí. El campo estaba precioso. Los colores, intensísimos. Las fuertes lluvias de febrero —aquellas semanas de borrascas interminables— destrozaron el cerro, pero todo lo que ha sobrevivido ha explotado en luz y en color. Me fastidia no poder disfrutar del campo en estos meses en los que la vida se manifiesta con tanta alegría. Qué suerte tienen los que pueden hacerlo. Qué suerte la suya.

Nuestro punto de partida no puede ser otro que la Ermita de Santa Ana, enclavada en el barrio de La Coracha, el primer arrabal extramuros de origen árabe. Cuando me acerco a su portada —añadida en 1840— no pienso solo en su arquitectura. Pienso en su esencia. Este templo, levantado probablemente en la segunda mitad del siglo XVIII, nunca fue solo un edificio religioso. Fue, y sigue siendo, el punto de encuentro del barrio. Aquí se aglutinaron, y aún se aglutinan, las devociones de La Coracha. Entre sus muros, la comunidad encontraba su centro. La tradición cuenta que el lugar es aún más antiguo: que aquí se veneró primero a San José del Monte, dando nombre a un pequeño oratorio antes de que la ermita se dedicara a Santa Ana en 1557. Entrar en su nave de bóveda de cañón es, por tanto, pisar un suelo doblemente sagrado: por el tiempo y por el uso vecinal.`



En su interior, presidiendo el retablo mayor de 1780, está el conjunto de Santa Ana con la Virgen niña, una obra de la escuela antequerana que habla de una fe íntima, casi doméstica. Pero mi mirada busca siempre otra imagen: la Virgen de las Angustias, con Cristo yacente en su regazo. Atribuida al escultor antequerano Diego Márquez y fechada en el último tercio del siglo XVIII, esta talla es un patrimonio vivo, que respira. Saber que también perteneció a la iglesia de la Victoria —hoy desaparecida— la convierte en una superviviente. Un testigo de piedra y madera que ha visto cambiar el paisaje espiritual de Estepa. Es la dolorosa que procesiona el Lunes Santo, uniendo en su paso la historia de dos templos y la devoción de generaciones enteras.

Desde la sobriedad de Santa Ana, el paseo romero nos invita a un contraste sublime: la Iglesia de los Remedios. Si la primera es el hogar, esta es el palacio. Y su joya, el camarín barroco. Para entenderlo, hay que abandonar la razón y entregarse a los sentidos. Esto es el "barroco total" andaluz en su máxima expresión: una arquitectura que no quiere simplemente ser vista, sino abrumar para elevar. No se trata de un estilo. Es una experiencia sensorial calculada al milímetro. Los mármoles ricos en color, las escayolas que se enroscan como si estuvieran vivas, el oro que atrapa y multiplica la luz de las velas… todo conspira para crear un microcosmos divino. El espíritu, sobrecogido por tanta abundancia, se ve forzado a despegar, a buscar ese cielo que el arte ha pretendido imitar en la tierra. Estar ante este camarín es comprender que la fe del siglo XVIII también se expresaba a través del exceso calculado, de una belleza tan potente que aspiraba a ser puente directo con lo sobrenatural.



Con esa imagen de fasto barroco aún en la retina, la romería toma su rumbo verdadero: hacia la pureza del agua. El destino final es el Manantial de Roya. Aquí, el tiempo parece haberse detenido en las piletas y abrevaderos de piedra antigua de la Calle Alcoba. Estas piedras gastadas, lisas por el roce de mil manos y por el fluir del agua cristalina, son el contrapunto perfecto al mármol pulido del camarín. No hay oro aquí. Hay musgo. No hay yeserías. Hay el surco profundo que dejaron los cántaros. Este era el lugar donde la vida cotidiana se reabastecía, donde terminaba el trabajo de la piedra y comenzaba el de la tierra. El manantial es el origen humilde de todo. El recordatorio de que, antes que torres, camarines o ermitas, estaba este hilo de agua que hizo posible la vida en la ladera. 

Así termina esta romería de mayo: desde el encuentro vecinal en la ermita, pasando por el éxtasis barroco de los Remedios, hasta la serena y fundamental honestidad del manantial. Es un recorrido que va de lo social a lo espiritual, y de ahí, a lo esencial. Caminarlo —o imaginarlo, como hago yo desde el cristal del coche— es recordar que la historia de Estepa no está solo en los libros. Está en la piedra de un abrevadero. En la madera de una imagen. En el camino polvoriento que, una vez al año, une el pueblo con su fuente, lo humano con su sustento. En una sencilla y perfecta romería.

Pedrete Trigos

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