miércoles, 27 de mayo de 2026

Cuento VII: El geómetra de las sombras


 No soy el dueño de la Mansión de la Colina; soy su custodio, su último sacerdote en un mundo que ha olvidado la liturgia del orden. Mi abuelo, el primer conde de un título ya extinguido, la construyó no como un hogar, sino como un axioma de piedra y cal: una refutación tangible al caos de la naturaleza. Sus corredores son la materialización de un teorema, sus salones, el silencio hecho geometría.



Mi nombre es Dámaso, y mi vida no es una biografía, sino una tutela.

El trauma —esa palabra fea, médica, que no merece la nobleza de mi dolor— llegó con el fango. Fue una noche de diluvio, hace una década o un minuto, el tiempo aquí es un compás quebrado. Mi amada, Serafina, se aventuró en el bosque encantado que roza nuestro muro norte. Su cabello era del color del trigo viejo y su risa, una disonancia tan gloriosa que yo permitía, como un pecado secreto, que quebrantara la armonía de mis salones. El fango se la tragó. Literalmente. Un sendero cedió, y la tierra, en un acto de suprema vileza, la reclamó para su desorden húmedo y fértil. No dejó ni un guante. Solo el eco de su grito, que se confunde ahora con el crujir de la madera en las noches de viento.

Desde entonces, mi misión se depuró. Si el mundo exterior es un pantano traicionero que devora la belleza, mi mundo interior será una fortaleza impoluta. La Mansión ya no es una casa; es la carcelera de mi memoria, el teatro donde represento una obra perfecta para una audiencia de uno.

Y tengo invitados.

Están los Permanentes: la Señora de los Biombos, que nunca muestra su rostro y cuyos dedos acarician los gobelinos con un ritmo de metrónomo; el Caballero del Reloj de Arena, que da vueltas incesantes alrededor del comedor, midiendo un tiempo que solo él comprende; y la Niña de Porcelana, que susurra canciones de cuna a un animal que jamás existió. Ellos son mis cómplices, los actores principales de mi realidad. Sé, en algún rincón de mi mente que aún se asoma al abismo, que son efluvios de mi delirio, títeres de mi necesidad. Pero su lealtad es absoluta. No como la de los Otros.

Los Otros son los Visitantes. Los que llegan desde el mundo del fango. A veces son viajeros perdidos, otras, curiosos que husmean las leyendas de la mansión. Yo los veo a través de los ojos de buey emplomados de mis miradores, manchas de color errático contra la grisalla perpetua del paisaje. Cuando cruzan el umbral, los someto a la Ceremonia de la Inmovilidad.

—Bienvenidos a la sinfonía —les susurro, ajustando el nudo de mi corbata en el reflejo de una patena de plata—. Aquí, cada nota tiene su lugar. Ustedes serán… pausas. Pausas necesarias.

Los convierto en parte de la escenografía. Al joven aturdido que llegó hace una lunación con su mochila y sus preguntas, lo he dispuesto en la biblioteca, con un brazo extendido señalando un volumen inexistente de filosofía estoica. Lo llamo “El Apuntador de las Verdades Olvidadas”. A una mujer de rostro angustiado que buscaba refugio de una tormenta, la he instalado en el rellano de la escalera principal, con la cabeza ligeramente inclinada, en perpetua actitud de escucha. Es “La Oída del Susurro Lejano”. No se mueven. No comen. O quizá sí, en los intersticios de la noche, cuando mi vigilancia flaquea. A veces, creo ver un párpado temblar, un dedo que se contrae. Pero es solo la luz danzando con las sombras, otro actor más en mi obra.

La atmósfera aquí es densa, un caldo de sonidos amortiguados y olores a cera de abeja y polvo antiguo. Es un aire que se respira con esfuerzo, como si la propia casa se resistiera a los pulmones intrusos. El único sonido reconocible es el tictac del Gran Reloj de Péndulo del vestíbulo, cuyo balanceo no marca las horas, sino el latido de mi corazón. Tic. Un recuerdo de Serafina bailando. Tac. La imagen de su rostro devorado por el lodo. Tic. La necesidad de orden. Tac. El miedo a la disolución.

Hoy, sin embargo, la sinfonía tiene una nota falsa.

Hay una nueva Visitante. Una joven. No llegó perdida; la trajo el destino, o mi propia mente necesitada. Tiene el cabello del color del trigo viejo. Y cuando la observo desde la galería alta, he visto cómo sus ojos, verdes como el musgo del bosque prohibido, no muestran miedo, sino una lástima profunda, insoportable.

La he colocado en el Salón de los Espejos, sentada en un taburete de terciopelo granate. La llamo “La Dama del Trigo Seco”. Pero ella se atreve a romper el guion.

—Dámaso —me dice, y su voz no es un susurro obediente, sino una caricia cálida que desentona en la frialdad de mi reino—. Este no es un lugar para vivir. Es un mausoleo.

Yo ajusto mi chaleco, sintiendo un sudor frío en la nuca. 
—Es un santuario —corrijo, con la voz ronca por el desuso—. Aquí, nada se pierde. Aquí, todo es eterno.

—La eternidad no es quietud —replica ella, y su mirada parece atravesar los velos de los espejos, hacia las figuras inmóviles que pueblan la estancia—. Es movimiento perpetuo. Como el latido del corazón. Como el amor.

Esa palabra, “amor”, resuena como un disparo en la cámara acolchada de mi mente. Es la misma palabra que el fango se llevó.

—¡El amor es desorden! —exclamo, y mi grito rasga el aire sedoso, haciendo estremecerse a la Señora de los Biombos—. ¡Es caos! ¡Es barro que se traga todo!

En ese momento, ocurre la primera Ruptura.

El rostro de la Dama del Trigo Seco se desdibuja. Por un instante, no es ella, sino Serafina, con su sonrisa triste y su piel pálida. Luego, es de nuevo la joven, pero sus ojos son ahora pozos de oscuridad. A mi alrededor, los Permanentes se agitan. El Caballero del Reloj de Arena se detiene, y la arena en su instrumento fluye hacia arriba. La Niña de Porcelana ríe con una voz que no es la suya, una risa cascada y antigua.

—Mira, Dámaso —dice la Dama, y señala un espejo cuyo velo se ha desprendido—. Mira tu reino.

En el espejo no veo el salón. Veo una habitación vacía, cubierta de polvo y telarañas. No hay Señora de los Biombos, no hay Caballero. Solo yo, demacrado, con ropas raídas, hablando solo frente a figuras de cera que mi locura ha animado. Los Visitantes… no son más que maniquíes vestidos con harapos, cubiertos de polvo.

Grito. Es un sonido animal, de puro terror. La imagen se desvanece. La sinfonía retorna, pero ahora es una cacofonía. Los muros respiran, las paredes sudan un líquido oscuro. Las caras de los retratos familiares se tuercen en muecas de burla. El mundo se deshace porque yo me deshago.

Huyo. Subo la escalera principal, cuyos peldaños ahora son blandos como la carne, hacia la torre más alta. La Dama —Serafina—la intrusa— me sigue. No corre, flota. Su presencia es un recordatorio de todo lo que he intentado ahogar en orden.

—¡Déjame! —rugó—. ¡Mi mundo es perfecto!

—Tu mundo es una tumba, Dámaso —dice su voz, que ahora viene de dentro de mi cráneo—. Y tú eres su único ocupante. Nosotros solo somos espectros de tu culpa.

Llego a la cúpula de cristal sucio. Desde aquí, se ve la mansión en toda su extensión, un organismo geométrico y enfermo. Y más allá, el bosque. El fango. La vida.

La segunda Ruptura es total. Ya no distingo lo real de lo imaginado. Los gritos de los Visitantes—¿o son mis propios gritos? — llenan el aire. El olor a podredumbre es abrumador. Veo a la Niña de Porcelana deshacerse como azúcar en la lluvia. Veo al Caballero convertirse en un montón de arena.

Solo queda ella, de pie frente a mí, con su cabello de trigo y sus ojos de musgo.

—No puedes encerrar la vida en una vitrina, Dámaso. Algunas cosas… algunas cosas bellas, deben morir para ser reales.

Comprendo. Es la lección final. La única manera de liberar a mis prisioneros, de liberarme a mí mismo, es deshacer el hechizo. Si mi mente es esta mansión, entonces debo demolerla.

En el centro de la cúpula, donde nunca debería haber nada, hay una caja de caoba. Dentro, sobre un terciopelo carmesí, reposa la Llave Final. No es de metal, sino de un cristal oscuro y frío. Mi padre, en sus momentos de lucidez, me habló de ella. “El Detonador del Alma”, lo llamaba. Un artefacto familiar, una alegoría tallada para el día en que el orgullo de la familia debiera ser sacrificado.

La tomo. La Dama asiente, con lágrimas en los ojos. O quizá soy yo quien llora.

—Ahora todos seremos libres —susurro.

Giro la llave.

No hay un estruendo de explosión convencional. Hay un sonido de mundo que se quiebra, de espejo astillándose en un millón de fragmentos. La mansión no estalla hacia fuera, sino hacia dentro. Los muros se doblan como papel, los retratos se desvanecen antes de tocar el suelo, las voces se apagan en un suspiro colectivo.

Y luego, silencio.

¿Qué queda? No lo sé con certeza. A veces creo estar tendido entre las ruinas de piedra de la mansión, bajo un cielo indiferente, oliendo a hollín y tierra mojada. Otras, siento que las ruinas están dentro de mi cráneo, un paisaje mental de escombros humeantes donde por fin, milagrosamente, puede crecer la hierba salvaje del olvido.

El Geómetra ha sido derrotado por su propio diseño. El laberinto ha colapsado. Y en el centro, ya no estaba el monstruo, sino solo un hombre, asustado y solo, que por fin dejó de luchar contra el fango.


El Caballero Metabólico

No hay comentarios:

Publicar un comentario