domingo, 17 de mayo de 2026

El grito que ascendía: La Marmeta, las poleas y el corazón oculto de la Octava

 

Para entender la Octava de los Remedios hay que aprender a escuchar y a mirar al mismo tiempo. Hay que cerrar los ojos para afinar el oído más allá de los pasodobles y las tracas, percibir ese grito agudo, desgarrado, que parece venir de otro tiempo. Y luego hay que abrirlos para buscar lo que no está a la vista: el mecanismo secreto que eleva a la Virgen, el susurro de las poleas en la penumbra dorada del camarín. Porque esta fiesta, que estremece el barrio noroeste de Estepa cada mayo, tiene dos caras: una pública, fervorosa y desgarrada; otra íntima, técnica y silenciosa. Ninguna existe sin la otra.



La Octava es la fiesta del barrio humilde, la que llena la calle Roya de casetas y el aire de un olor especial a azahar, pólvora y manzanilla. Es la celebración de los llamados “churreteros” —antiguo insulto convertido en emblema de orgullo barrial— que ven en su Virgen no solo un remedio espiritual, sino el estandarte de su resistencia. Dura varios días, pero su corazón late con fuerza distinta el domingo, cuando la Virgen recorre las calles, y sobre todo el “Lunes de la Subía”. Ese día, la plaza de los Remedios se convierte en un templo al aire libre. La banda toca, la gente se agolpa y, en un ritual cargado de emoción, la Virgen es paseada una y otra vez frente a la iglesia antes de ser llevada, en una lenta y triunfal ascensión, por la rampa que conduce a su camarín. Es un momento de despedida y de triunfo, donde la devoción estalla sin pudor.

Y en medio de ese huracán de sentimientos, allí estaba ella. Asunción Manzano, “La Marmeta”, cuya historia es el alma más pura y desgarrada de nuestra fiesta. Cuentan que su devoción nació de una herida. La historia popular, la que se cuenta al oído con un nudo en la garganta, dice que un 27 de mayo de 1918, su padre, Joaquín Manzano, murió aplastado por la imagen de la Virgen durante la procesión. Desde entonces, su hija Asunción, cada vez que la Virgen salía, entraba en trance. No podía parar de gritarle con su voz filosa, como si en cada “¡Bendita, Madre Mía!” estuviera conversando con el mismo ángel que se llevó a su padre, reclamando consuelo, sellando un pacto de dolor y amor eterno. La verdad histórica, se dice, fue menos dramática en lo físico —su padre solo sufrió un golpe—, pero ¿qué importa? En el pueblo, la leyenda que perdura es la que explica el dolor, no la que lo minimiza. La Marmeta vivía su propio drama sagrado, una Pasión particular que revivía cada mayo.

Por eso, el “Lunes de la Subía” era su día. Mientras las andas —ese templete barroco que, según otra leyenda, apareció una mañana en la plazuela traído por unos bueyes misteriosos— se balanceaban sobre los hombros de las mujeres (honor que antes era solo de hombres), el grito de la Marmeta se elevaba por encima de la música. No era un rezo más; era un lamento, un éxtasis, una oración hecha carne y cuerdas vocales rotas. Los que estaban cerca dicen que se transfiguraba. Las lágrimas arrastraban por sus mejillas, surcando un mapa de pena y éxtasis, mientras el olor a sudor, cera caliente, flores mustias e incienso creaba una atmósfera densa, casi irrespirable, que te llevaba al borde de lo sublime y lo nauseabundo. Ella flotaba en ese estado, ajena a todo menos al rostro de su Virgen.

Pero para mí, el verdadero milagro de la Octava no ocurría siempre en la plaza, ahogado por los pasodobles y los gritos de «¡Bendita!». Ocurría arriba, en la penumbra dorada del camarín, en ese instante íntimo y robado al que mi cuñado Manolo me inició. Él, que había sido monaguillo y venía de una estirpe de santeros y sacristanes, conocía las llaves que abrían los portones y, lo más importante, las puertas discretas que separaban lo público de lo sagrado.

El «Lunes de la Subía» era una marea humana. Desde abajo, la gente veía a la Virgen balancearse sobre un mar de cabezas, avanzando hacia su templo en un clímax de emoción colectiva. Pero yo, guiado por Manolo, escurría el cuerpo por un lateral, pasando por debajo del púlpito vacío —donde la voz del sacerdote se hacía ley— para colarnos en el presbiterio, una zona vedada al resto del público. Luego pasábamos con total confianza a la sacristía, con su cajonera dorada y su juego de espejos que multiplicaba el espacio hasta el mareo. Y de ahí a la escalera privada. De pronto, el estruendo de la iglesia se amortiguaba, sustituido por el eco de nuestros pasos sobre los mármoles del siglo XVIII. Pisaba un ajedrez de rojos de Sierra Elvira, negros profundos y blancos Macael que brillaban con la luz tenue que bajaba de las ventanas altas. La baranda de hierro forjado, una fantasmagoría de rocalla, dragones enroscados y volutas, era un pasamanos frío que nos guiaba hacia lo alto. En el rellano, la inmensa imagen de Santa Helena abrazada a la cruz nos observaba con mirada severa, custodia eterna de este sanctasanctórum.

Arriba, en el camarín, el tiempo era distinto. El aire olía a cera vieja, a madera pulida y a un polvillo dorado que parecía desprenderse de las yeserías. Allí estaba Eusebito, el guardián del mecanismo. Con una solemnidad de operario divino, colocaba sus manos en el sistema de poleas y cuerdas que era el corazón oculto del misterio. Mientras, yo miraba alrededor, embriagado por los detalles prohibidos: el manto procesional de la Virgen, colgado con mimo de la baranda como un fantasma de terciopelo bordado; la puerta de cuarterones tallados que, me susurraba Manolo, escondía el «tesoro de la Virgen», las joyas donadas por generaciones de devotos, quizás hasta el alfiler de oro que Juan Caballero, “El Lero”, el bandolero arrepentido que se ocultó bajo su manto regaló a la imagen.

Entonces llegaba el momento. Desde nuestra atalaya, veíamos cómo las andas, ya dentro de la iglesia, se acercaban al hueco del presbiterio. Abajo, el gentío contenía la respiración. Eusebito tensaba una cuerda. Y sucedía la magia pura, la tramoya que desentrañaba el dogma. La Virgen, en su paso, no era alzada solo por brazos, sino elevada por un suave y milagroso ascenso mecánico. Las poleas giraban con un susurro de madera aceitada, las cuerdas se tensaban y la imagen, lentamente, se despegaba de la muchedumbre para iniciar su viaje vertical hacia nosotros. Era la apoteosis hecha ingeniería, la fe sostenida por la física más hermosa.

Verla entrar así en el camarín, desde dentro, era presenciar un regreso a casa. Un momento de profunda paz, donde el barroco explosivo de los mármoles parecía abrirse para recibirla. Y desde allí, escuchábamos los cantos que subían desde abajo, ya no como un estruendo, sino como una ola lejana de plegarias, dulcificada por la distancia y el mármol. En ese instante, comprendía que la devoción tiene dos caras: la pública, fervorosa y desgarrada, como el grito de la Marmeta; y esta, íntima, técnica y silenciosa, custodiada por Eusebito y Manolo. Una no existía sin la otra.

Han pasado décadas desde que la voz de la Marmeta se apagó. Pero su espíritu no se hundió en el olvido. Cada “Lunes de la Subía”, cuando los primeros acordes del pasodoble electrizan a la multitud y alguien, desde el fondo del alma, lanza el primer “¡Bendita!” sincero, la Marmeta está allí. Su grito ha sido adoptado por el pueblo, se ha hecho colectivo. Ya no es el lamento de una hija por su padre, sino el grito de identidad de un barrio entero.

Cuando hoy veo a las mujeres —jóvenes y mayores— disputarse con sana rivalidad el honor de llevar las andas, o cuando el himno de los Remedios estremece la plaza, siento que la fe no solo se transmite en silencio. A veces, necesita un grito. Un grito como el de la Marmeta, que rasgó el aire de Estepa para recordarnos que la devoción más auténtica es aquella que no teme mostrarse vulnerable, descompuesta, llena de un amor tan enorme que duele.

Y al mismo tiempo, cuando recuerdo aquellas subidas clandestinas al camarín, pienso que el milagro de la Subía no era solo que la Virgen ascendiera, sino que lo hiciera por un camino oculto, revelado solo a unos pocos niños asombrados, para recordarnos que, en el corazón del misterio más grande, siempre hay un hombre sabio que conoce el secreto de las poleas, y un muchacho que, por un instante, es invitado a tocarlo.

La Octava de los Remedios no es solo una fiesta; es un pacto entre el pasado y el presente, un ritual en el que un pueblo entero reafirma que su historia está hecha también de relatos que se cuentan al oído, de milagros que se creen a pie de calle, y de una fe tan poderosa que fue capaz de convertir el dolor en grito, el insulto en himno, y la mecánica más sencilla en la más hermosa de las ascensiones. Un grito que, años después, sigue enseñándonos que, en esta fiesta, los verdaderos protagonistas no son las imágenes, sino las personas que, como la Marmeta y como Eusebito, supieron levitar entre el dolor y la gloria, dejando flotando para siempre en la memoria de mayo un solo, imperecedero y agudísimo: “¡Bendita!”

Pedrete Trigos


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