Un resumen de estornudos, recuerdos y pequeñas rebeliones
Llegó como siempre: sin pedir permiso, con la puntería infalible del polen que viaja en el aire. Tres estornudos seguidos, de esos que te doblan sobre las bolsas de la compra y te dejan los ojos llorosos. No hizo falta mirar el calendario. La primavera acababa de anunciarse a su manera, y yo, con mi nariz taponada y mi farmacia a mano, supe que empezaba otra vez el baile. El mismo de siempre: amar la estación con la misma intensidad con que te agrede.
Pero este año había hecho un pacto conmigo mismo en diciembre. Me había prometido habitar el tiempo, no verlo fluir desde la ventana. Así que, aunque los ojos me escocieran y la garganta se me cerrara, decidí que esta primavera no sería una condena. Sería, por primera vez, una elección.
Y eso, amigos, es más difícil de lo que parece.
Subí al cerro el primer día. Ya sé: lo peor para la alergia. Pero necesitaba ver con mis propios ojos lo que el olfato no me dejaba disfrutar. El campo, desde allá arriba, ya no era el mismo que en enero. Los olivos habían soltado esa bruma verdosa de las primeras hojas. Los almendros, que semanas antes parecían esqueletos nevados, vestían ahora un verde tierno que dolía de tan hermoso. Y en las cunetas, las amapolas empezaban a asomar como pequeñas banderas de un ejército silencioso.
Me senté en una piedra, junto a lo que queda de la muralla, y respiré hondo. Fue un error, claro. La bocanada me trajo, además de polen, una certeza: la belleza, a veces, tiene un precio. Y también lo tiene para el paisaje. Estos campos que hoy celebramos, estos olivos que nos dan el aceite y los mantecados, estos almendros que endulzan nuestros alfajores, son los mismos que me hacen estornudar. No puedo separar una cosa de la otra. Como no puedo separar la historia de Estepa de sus piedras, o mi infancia de sus olores.
De vuelta a casa, me senté frente al ordenador y empecé a volcar en él todo lo que esta estación me provoca. Y entonces comprendí algo que ya sabía, pero que nunca había puesto en palabras: la primavera no está solo afuera. También está dentro. En la memoria que florece. En los recuerdos que, como las yemas de los árboles, se hinchan y rompen la corteza del tiempo.
Mis alergias me impiden disfrutar la primavera de los campos, pero no pueden impedirme disfrutar la primavera de los recuerdos. Esa también explota, también huele, también duele a veces. Pero es mía.
Y entonces, sin darme cuenta, el diario se convirtió en mi trinchera. Empecé a escribir sobre la Cuaresma, pero no desde el ayuno, sino desde la dulzura. Recordé los rosquitos de almendra, los ochíos con ajonjolí, los pestiños con su aroma a matalahúva. Y, sobre todo, las torrijas: el pan duro convertido en consuelo dorado. Recordé las magdalenas horneadas en el horno de leña de Joaquín Satito, las cestas de caña cubiertas con manteles de cuadros festoneados con ganchillo. Recordé que cada casa tenía su secreto, su firma en la masa. Esa variación infinitesimal era lo importante. No se buscaba la uniformidad, sino la identidad. Cada bocado era un mapa afectivo.
Y también recordé que la tradición no es un museo. Es un río. Y que uno puede nadar en él aunque sea a contracorriente.
Porque, cuando la Semana Santa llenó las calles de colgaduras granates, yo la miré pasar desde mi orilla. Con admiración y distancia. Con el cariño de quien fue y ya no es. Recordé a aquel niño de alpargatas y soga, con su farol tembloroso, andando en silencio por calles que entonces eran suyas de una manera que ya no volverá. Y pensé que, aunque yo ya no salga, aunque mire el tren desde la vía de al lado, algo de aquello me sigue habitando. No la fe, quizá. Pero sí el respeto por lo bien hecho. La emoción de lo colectivo cuando funciona. La certeza de que hay momentos en la vida que merecen ser vividos en silencio, con un farol en la mano y los pies descalzos sobre la piedra.
Pero esta primavera no iba a ser solo de recuerdos. También iba a ser de invención.
Así que, igual que hice con la Navidad —cuando empecé a hacer aquellas bolas de patchwork sin aguja porque necesitaba una tradición que fuera mía—, he hecho con la Pascua: la he traducido a mi idioma. En mi taller han ido apareciendo conejos de tela y de madera, pollitos amarillos apelotonados en la estantería, y huevos de Pascua cosidos a mano con retales que ya no servían para nada grande. He fundido chocolate, he templado como un orfebre, he envuelto bombones en papeles de colores. Y los he puesto en una cesta, junto a una ramita de olivo traída del cerro.
No sé si alguien más hará algo parecido en Estepa. Probablemente no. Pero me da igual. Necesito vivir la primavera desde dentro. Como la tradición oficial me queda grande, me invento la mía. Y cuando miro esos huevos de colores en la estantería del taller, siento que la primavera, la de verdad, ha entrado por fin en casa. No importa que fuera llueva polen. No importa que los ojos me piquen y la nariz no me deje respirar. Aquí dentro hay vida nueva.
Y mientras tanto, el diario crecía. Y con él, mis personajes.
Porque llevo años escribiendo cuentos, y en casi todos aparecen las mismas caras. No es falta de imaginación: es obsesión. O cariño. O las dos cosas. Se llaman Sor Imprudencia, el Marqués de Aliaga, Lady Antoñita y la Sombra. Son arquetipos. Son alter egos. Son inventados y verdaderos a la vez.
Sor Imprudencia es una monja perdularia. Descuida el hábito, extravía el rosario, mira el mundo por encima del hombro. No reza: observa. Y cuando abre la boca, escuece. Escribo sobre ella cuando estoy cansado de ser amable. El Marqués de Aliaga es un príncipe destronado, un anacronismo con bastón que aún conserva la elegancia como una armadura. Lady Antoñita es la inocencia hecha criatura, tan frágil que da miedo escribirla. Y la Sombra es el mal, pero un mal torpe, chapucero, que planea venganzas que olvida ejecutar e intenta ser terrible y termina siendo patética.
Todos ellos han venido a visitarme esta primavera. Se han sentado en mi taller, han tomado café —o lo que parecía café— y me han dicho cosas que ya sabía, pero que necesitaba oír en voz alta. Me han recordado que escribir no es más que un modo de poblar el silencio con caras conocidas. Y que, al final, todas esas caras son, en el fondo, la nuestra.
Mayo trajo consigo la Romería de San José Obrero. Y aunque la alergia me impide vivirla del todo, cogí el coche y me fui al campo. El recorrido va desde la Ermita de Santa Ana, en el barrio de La Coracha, hasta el Manantial de Roya. Es un camino que atraviesa lo social, lo espiritual y lo esencial. Pasa por el camarín barroco de los Remedios, esa explosión de mármoles y oro que obliga al espíritu a despegar, y termina en la pureza del agua, en las piletas de piedra gastadas por el roce de mil manos. Es, en definitiva, un viaje por las capas de la memoria de mi pueblo. Y también por las mías.
Ya después la Octava de los Remedios, entre casetas y pasodobles, resuena aún el grito de Asunción Manzano, "La Marmeta", esa mujer que, cada "Lunes de la Subía", se transfiguraba y lanzaba un "¡Bendita, Madre Mía!" que era más lamento que rezo. Su grito era el de una hija por su padre, el de un dolor que no encontraba otra forma de expresarse. Y ahora, años después, ese grito se ha hecho colectivo. Ya no es solo suyo. Es el grito de un barrio entero que se reconoce en él.
Y yo, desde mi coche, con la ventanilla bajada a medias para que el polen no me fulminara, escuchaba ese grito como si me hablara a mí también. Me decía que la fe, o lo que sea que la sustituya, no siempre se transmite en silencio. A veces necesita un grito. Un grito que rasgue el aire y nos recuerde que la devoción más auténtica es aquella que no teme mostrarse vulnerable, descompuesta, llena de un amor tan enorme que duele.
Pero no todo han sido flores y romerías. También ha habido sombras.
Este mayo he escrito sobre el bandolerismo, sobre cómo el criminal se convierte en mito y el mito en reclamo político. He hablado de Juan Caballero, "El Lero", el bandolero que se acogió a un indulto, regresó a Estepa y murió en su cama un Martes Santo. Y también he escrito sobre la fragilidad, sobre cómo las casas de muñecas pueden ser mundos perfectos que acaban devorando a quien los habita. Y sobre el geómetra de las sombras, el hombre que intentó encerrar la vida en una vitrina y solo consiguió encerrarse a sí mismo.
Porque esta primavera, al mismo tiempo que celebraba la vida, también me he enfrentado a lo que duele. He hablado de los límites, de cómo aprender a decir "hasta aquí" sin sentir que estás traicionando a nadie. He hablado de las puertas que uno cierra y las que deja entornadas. De las personas que no quieren ser cortadas y de la locura que es intentar arreglar patrones ajenos.
Y he escrito sobre el orden. Ese orden pequeño, doméstico, casi secreto, que me sostiene mientras coso. La silla de olivo de mi abuela Nati. La silla baja que mi padre le hizo a mi madre y que ahora ocupa mi gato José Luis Trilling. Las tijeras colgadas en su sitio. Los hilos ordenados por colores. El café que prepara y despierta. La libreta de flores azules donde guardo lo que aún no sabe que quiere ser.
Porque el orden, en un taller, no es una manía. Es un territorio sagrado. Es la línea que separa la creatividad del caos, la paz del agobio, el "puedo trabajar" del "no sé por dónde empezar". Y aunque Sor Imprudencia se ría de mí y me diga que soy un nostálgico incapaz de soltar, yo sé que ese orden me guarda. Me guarda de la intemperie. Me guarda de mí mismo.
Y ahora, mientras escribo estas líneas, la primavera se está despidiendo. Los días se alargan, el calor aprieta, y el polen, aunque sigue ahí, ya no es el enemigo principal. Ha llegado el momento de hacer balance.
Estos tres meses han sido intensos. He habitado el tiempo, sí, pero no sin esfuerzo. He estornudado, he recordado, he cosido, he escrito. He rescatado a mis personajes del cajón donde los había guardado y les he dejado que tomaran la palabra. He abierto puertas que creía cerradas y he cerrado algunas que debía mantener abiertas. He aprendido que la tradición no es un museo, sino un río, y que uno puede nadar en él aunque sea a contracorriente. He aprendido que la fragilidad no es lo contrario de la fortaleza, sino su disfraz. He aprendido que los cuentos también son verdad, solo que hablan con otra voz.
Y sobre todo, he aprendido que la primavera no es una estación. Es una actitud. Es decidir que, aunque los ojos te escuezan y la nariz no te deje respirar, vas a salir al encuentro de la vida. O, si no puedes salir, vas a hacer que la vida entre en casa.
Porque eso es lo que he hecho estos tres meses: he traducido la primavera a mi idioma. Le he puesto huevos de tela y conejos de porcelana. Le he puesto torrijas con anís y salmorejo con ralladura de naranja. Le he puesto cuentos y personajes y estornudos y todo. Y ahora, cuando miro atrás, no veo un diario. Veo un paisaje. Veo un jardín que he ido regando día a día con palabras.
La primavera ha llegado. He pagado el precio. Y lo he hecho con la alegría pequeña pero firme de quien sabe que ha vivido, no solo ha sobrevivido.
Y eso, amigos, es todo lo que puedo pedir.
Pedrete Trigos
Estepa, junio de 2026





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