domingo, 21 de junio de 2026

El fulgor de la memoria colectiva

 

El solsticio golpea con fuerza las blancas fachadas de La Coracha. Y el verano, en Estepa, no llega: estalla.

Ya no es tiempo de recogimiento íntimo ni de introspección dramática. Es la estación de la luz cegadora, del calor que incendia las calles, de la energía colectiva que transforma cada rincón en un escenario de identidad. Afuera, siempre afuera. Como si el pueblo entero necesitara desbordarse para recordar quién es.



Aquí no celebramos la Noche de San Juan. Esa noche mágica y mediterránea de hogueras y agua. Pero Estepa tuvo una ermita dedicada al Bautista. De hecho, yo nací en la calle que lleva su nombre. Y su imagen —una preciosa talla de Luis Salvador Carmona— aún se conserva, como una reliquia desplazada, en la parroquia de San Sebastián.

Esa calle San Juan es mi primer mapa. El lugar donde aprendí a caminar. Y quizás por eso, cada verano, vuelvo a ella con los pies y con la memoria.


Este junio me he trazado una ruta. Pero no una ruta fría de investigador. Más bien un anclaje. Un amarre afectivo a mi antiguo barrio a través de la calle San Juan y el agradable olor de los jazmines.

Ay, los jazmines.

Ese olor me transporta de inmediato. Me devuelve a la calle San Juan. A la Abadita, esa señora mayor que cultivaba jazmines en su patio y me hacía repartirlos entre las vecinas para confeccionar moñas. El olor de los jazmines olía a infancia, a comunidad, a ese tejido invisible que une a una calle entera.


Un 15 de agosto de 1240. Ese año, según la tradición que recogió el historiador Antonio Aguilar y Cano —el mismo de El Eco de Estepa, el mismo de la imprenta—, el rey Fernando III el Santo conquistó nuestro pueblo.

La leyenda local dice que, tras un asedio donde cortaron el agua de la fuente de La Coracha, la villa se rindió precisamente en el día consagrado a la Asunción de María. Y así, Ella quedó como patrona perpetua de la ciudad.

Qué curioso: la gran fiesta del verano es también un aniversario fundacional. Un triunfo militar y religioso que marcó el destino del pueblo. Para el rey Fernando III fue una batalla más en su gran campaña por el valle del Guadalquivir. Pero aquí, en Estepa, se vive como un acto de nacimiento íntimo. Como si el pueblo, en aquel agosto lejano, hubiera recibido no solo una conquista, sino una identidad.


La fiesta se convierte así en una puerta. Una puerta para entender la estructura social histórica de Estepa, donde las identidades —nacidas a veces como motes despectivos— se han transmutado en emblemas de orgullo cantado en sevillanas.

Para velar por su gente, Santa Ana bajó del cielo. Estepa fue su corriente, y la Coracha un pañuelo, que le coronó la frente.

Quien canta eso no olvida de dónde viene.


Tengo por delante todo un verano para entender que la luz más reveladora no es solo la del sol. Es la que proyectan, sobre el presente, los siglos de devoción y comunidad.

La misma luz que, desde aquel agosto de 1240, no ha dejado de brillar.

Pedrete Trigos
Estepa, solsticio de 2026

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