domingo, 2 de agosto de 2026

La catedral del frescor: Memoria en la plaza de abastos

 Para mí, las verdaderas vacaciones de verano no comenzaban con el último día de colegio. 

Comenzaban con el primer paso bajo los arcos de la plaza de abastos. 





Aquel edificio —que años después supe que se inauguró un 2 de mayo de 1928— no era un simple mercado. Era la catedral civil del verano. Un templo porticado de piedra caliza y hierro donde se celebraba, cada mañana, el rito más antiguo y vital: el de la compra. 

Sus tres magníficas rejas de fundición —que según los planos del arquitecto sevillano Antonio Gómez Millán definían su estilo neo-mudéjar— enmarcaban un mundo de bullicio y color. Un mundo que ha quedado grabado en mí como la esencia misma de julio y agosto. 

 


La luz del verano, filtrada por aquellos arcos, se volvía dorada y fresca. Como si el edificio tuviera el poder de domar al sol. El aire olía a futuro: al perfume dulzón y embriagador de los melones rosados, que luego impregnaría la casa durante días. Al aroma herbáceo y limpio de los tomates recién cortados. Y a un fondo salino que llegaba del puesto de Salvador, "el Compadre". 

Allí, el asco inicial que me producía ver limpiar el pescado —esas tripas brillantes, esas escamas voladoras— se transformó con los años en respeto por un oficio preciso. Salvador manejaba el cuchillo como un cirujano. Y yo, de niño, aprendí que el asco y la admiración pueden habitar el mismo lugar. 

Pero mi devoción, mi auténtica adoración veraniega, era para las peritas miniaturas que traían los hortelanos de la vega de Puente Genil. 

Aquellas frutas pequeñas, crujientes y dulces, eran mi botín. Las devoraba como pipas, con una avidez que obligaba a mi madre a intervenir, arrebatándomelas de las manos entre risas y reprimendas. "¡Que no son pipas, Pedrete!" Pero yo seguía. Eran la encarnación de un lujo que entonces no se nombraba como tal: el lujo de lo fresco, lo natural, lo que llegaba directamente de la huerta a las manos. Sin etiquetas. Sin marketing. Solo sabor. 

 


La plaza era también un mapa social de mi infancia. 

En el puesto variado estaba Cheres, prima de mi madre. Siempre sonriente tras sus gafas redondas. Un faro de familiaridad en el gentío. Ver su cara entre tanto desconocido era como encontrar un puerto después de la tormenta. 

Y luego, en la trastienda de la vida, estaba el epicentro de la chacina: la tienda de mi tío José, "el Gato", y mi tía Carmelita, "la Paleva". Aquel local en la calle Valdeabades era pequeño, pero mi tía poseía el don de lo imposible: tenía de todo. Buscaras lo que buscaras, ella lo encontraba en un cajón, en una estantería alta, detrás de algo que llevaba años sin moverse. 

Allí se fraguaba la magia de la matanza. Mi tío "hacía matanza", un verbo cargado de un significado total: comprar, sacrificar y aprovechar el cerdo entero. Mi hermana Auxi les ayudaba en la elaboración artesanal de chorizos y morcillas. Un ritual de transformación que conectaba con lo más profundo de nuestra tierra. Ver aquellas manos embutiendo, atando, curando... era como asistir a una ceremonia ancestral. 

 


Pero más allá de los productos, lo que realmente habitaba aquel espacio era la comunidad. 

El coro de mujeres que se reunía en la tienda de mi tío era una asamblea de carácter. Entre ellas, Remeditos, "la Ferreta", íntima amiga de mi madre, desplegaba un repertorio de chistes verdes que hacían temblar los cimientos. 

Mi tío, con sus comentarios al paso, avivaba la llama. Y yo, niño, era un espectador invisible. Escuchaba cosas que no entendía del todo, pero que me parecían enormemente divertidas porque los mayores se partían de risa. Hasta que, al percatarse de mi presencia, fingían un pudor repentino y bajaban el tono entre risas cómplices. 

"¡Calla, que está el niño!" 

Aquel contraste —esa vitalidad cruda y sincera que se moderaba por educación— me enseñó más sobre los códigos sociales de los adultos que cualquier discurso. Aprendí que los mayores también tenían su mundo secreto, su lenguaje cifrado, sus chistes que no eran para niños. Y que el respeto no está reñido con la carcajada. 

 


Hoy, décadas después, sé que aquella plaza de 1928 —ese proyecto moderno para una Estepa en crecimiento— se convirtió con el tiempo en algo más que un edificio funcional. 

Como confirmó una restauración en 2020, su estructura sigue en pie. Los arcos siguen ahí. Las rejas también. El edificio, restaurado y limpio, cumple su función. 

Pero lo que realmente se conserva, lo que no puede restaurarse porque es intangible, es el recuerdo de su alma. 

El bullicio se ha aquietado. Muchos de aquellos rostros se han ido. Remeditos "la Ferreta" ya no cuenta chistes verdes en la trastienda. 

Pero el eco de sus risas, el fantasma del aroma a melón y sal, y la sensación de frescor bajo sus arcos de herradura, permanecen. 

Aquella plaza no era solo donde se compraba el alimento. Era donde se tejía, entre puestos y chascarrillos, la tela vibrante e irrecuperable de unos veranos que, en mi memoria, siempre huelen a peritas recién traídas de la huerta y a la libertad ruidosa de la infancia. 

Y eso, no lo restaura ningún arquitecto. 

Pedrete Trigos 

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