miércoles, 5 de agosto de 2026

Quedeme y olvideme

 En la noche cerrada, cuando el mundo se retira y el alma se aventura más allá de sí misma, el corazón late al ritmo de una música invisible. No hay palabras para nombrar lo que sucede en ese abismo luminoso, donde la sed y el manantial se confunden, donde el amante y el Amado se funden en una llama silenciosa. 



La carne, templo olvidado, se convierte en puerta hacia lo desconocido. No se trata de visiones ni de milagros, sino de un vacío que pesa como plenitud, de una herida que es fuente. El deseo, lejos de apagarse, arde más fuerte en la oscuridad, porque solo allí puede ser consumido por aquello que no tiene nombre. 

La mística no es huida, sino encuentro. Es el instante en que el alma, despojada de todo, reconoce su verdadero rostro en el espejo de lo eterno. No hay preguntas, solo certeza; no hay respuestas, solo presencia. La unión no se explica, se vive: es el éxtasis callado, la paz que nace del abandono, la alegría que brota del despojo. 

¿No es acaso todo camino interior una noche oscura que conduce, a tientas, hacia la luz que no se ve? ¿No es cada búsqueda un acto de fe en lo que trasciende el nombre y la forma, en lo que solo puede ser sentido en el silencio del corazón? 

¿Te has sentido alguna vez tocado por esa presencia que no se nombra, pero que lo llena todo? 


Quedeme y olvideme, 

el rostro recliné sobre el amado, 

cesó todo, y dejéme, 

dejando mi cuidado 

entre las azucenas olvidado. 

(San Juan de la Cruz). 

 

El Caballero Metabólico 

No hay comentarios:

Publicar un comentario