domingo, 9 de agosto de 2026

La Cuesta: barranco de la memoria

 Si desde la populosa calle San Juan uno se adentra hacia el centro, hay otra cuesta que no es geográfica, sino íntima. Una cuesta que no se sube con los pies, sino con el corazón. 



Es la calle Cuesta. Ese barranco de la memoria donde la pendiente más pronunciada no es la del terreno, sino la de una vida familiar que va de la opulencia al despojo, y de allí, a la resistencia más tenaz. 

Mi historia, la de mis padres, nació aquí. En esta rasgadura del pueblo donde una acera se alza muy por encima de la otra, como un símbolo perfecto de las altas y bajas que nos tocó vivir. 

 


La casa natal de mi madre estaba anclada en ese desnivel, en el número 81. No era una casa; era un testigo mudo de mejores tiempos. Un arcón de madera noble que guardaba ecos de espejos con marcos dorados, camas de bronce que pesaban como promesas, y sábanas de hilo bordadas que envolvían sueños distintos. 

Mi madre, de niña, jugaba entre porcelanas y opalinas, sin saber que pronto se convertirían en la moneda de cambio para la supervivencia. 

Llegó la posguerra, y con ella, la diáspora silenciosa de aquellos enseres. Todo hubo que venderlo. Los colchones de lana, templados y nobles, fueron sustituidos por otros de paja áspera. Ella me contaba, sin amargura —solo con la precisión del que narra un hecho geológico—, cómo se quedaba en cueros, metida en la cama, mientras le lavaban el único vestido que poseía. 

"Ni siquiera tenía bragas", decía. 

Esa es la piedra de toque de mi memoria. La España de Franco no es, para mí, un discurso político. Es la imagen de una niña desnuda esperando a que se secara su única prenda, en una casa que antes tuvo colchas de encaje. 

El barranco de la calle era solo el reflejo exterior de otro abismo, mucho más profundo. 

 


Pero la calle Cuesta no era solo esa casa. Un poco más arriba, en una de alquiler, nació mi padre. 

Su infancia transcurría con mi abuelo en la guerra y mi abuela compartiendo techo con su cuñada, mi tía Remeditos. Ella era solterona, muy gorda, y una devota ferviente de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Su presencia fue tan fundacional que el primer viaje por carretera que hizo mi padre con su propio coche tuvo un destino sagrado: Corcoya. 

Iba a que aquella tía Remeditos —ya casada con un viudo— me conociera a mí, un recién nacido. Su frase, pronunciada con un suspiro que era toda una filosofía, nos ha quedado como legado familiar: 

"¡Ay, niño, he venido a dar en el culo del mundo!" 

En ese traqueteo sobre el asfalto, la memoria familiar se ponía en movimiento para entrelazarse con la nueva vida. Con la mía. 

 


Porque la Cuesta era, ante todo, una colmena. Y el zumbido lo ponían unas mujeres tremendas, forjadas en una pasta que ya no se fabrica. Estaban hechas de resiliencia pura, y sus motes eran su certificado de autenticidad. 

Estaba mi tía abuela Asunción, "la Chacha", por servir en el Hotel Suizo. Enfrente nació mi tío José, "el Gato", un bebé huérfano de tuberculosis que mi madre, siendo casi una niña, ayudó a criar como si fuera su hermano, aunque solo fueran primos. Las hermanas Asunción "la Gorda" y Ángeles "la Fatigona". 

Y, sobre todo, Carmen "la Apañá", cuyo zaguán enorme era el ágora indiscutible del barrio. Allí se reunía lo más granado de la calle a chismorrear, a tejer la red invisible que sostenía a todas. Era el parlamento no escrito de nuestra existencia. 

La tienda de Encarna, sorda como una tapia. La Dolores del Piudo. Asuncioncita la del Matadero. 

Cada nombre, cada apodo, era un mundo completo. Una novela de esfuerzo y carácter. 

 


Hoy sé, por documentos como el Memorial Ostipense de Antonio Aguilar y Cano —el mismo de El Eco de Estepa, el mismo de la imprenta—, que esta calle ya estaba trazada en el mapa vital de Estepa al menos desde 1805, mencionada entonces como "Cuesta (de Palomino)". Para 1838 y 1841, seguía siendo un eje reconocido en la trama urbana. 

Esto le da a mi nostalgia un fundamento histórico: no estoy recordando un sueño. Estoy recordando un lugar concreto que ha visto pasar siglos de vidas como la mía. 

Esa calle ya era cuesta cuando mis tatarabuelos subían y bajaban por ella. Y ellos no sabían que un día yo estaría aquí, escribiendo su nombre. 



Por eso, cuando vuelvo a la Cuesta en mi memoria, no veo solo una calle con barranco. 

Veo el escenario donde el lujo se hizo añicos para dar paso a una dignidad más austera y verdadera. Veo el crisol donde se fundieron la elegancia perdida de unos marcos dorados y la fuerza indomable de Carmen "la Apañá". 

Esta calle no es un accidente geográfico. Es la hendidura en la ladera del tiempo por donde se desliza, imparable, el río de mi origen. 

Un río que, aunque haya dejado de correr por su cauce original, inunda para siempre el terreno de quien soy. 

Cada vez que recuerdo a mi madre desnuda esperando el único vestido, cada vez que pronuncio "Carmen la Apañá" o "tía Remeditos", el río crece. Y yo me mojo los pies. 

Y qué bien sienta, a veces, mojarse. 

Pedrete Trigos 

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