Por eso, cuando los «culturetas» de museo y música clásica miramos por encima del hombro al que baila reguetón, o cuando escucho a María Pombo (pobrecita, tampoco es una intelectual, se le perdona) glorificar su propia ignorancia como si fuera autenticidad, pienso que ambos bandos estamos haciendo exactamente el mismo ridículo. Ir al Prado puede ser un acto de postureo vacío, y bailar reguetón puede ser una catarsis física y social profundamente humana. La verdadera cultura consiste en ser capaz de disfrutar de un Velázquez sin sentirse superior, y bailar un tema de Rosalía sin sentirse vulgar. Y si encima eres capaz de leer el Quijote y ver en él una crítica a tu propia soberbia intelectual, entonces ya has entendido el libro mejor que muchos académicos con corbata.
Pero vamos por partes, que el laberinto tiene muchas puertas.
Cervantes, en su tiempo, ya se enfrentó a esta misma basura, pero con otra envoltura. Gutenberg inventa la imprenta en 1450, y en apenas siglo y medio —un suspiro para la historia— ya había dado tiempo a crear un mercado de novelas de caballerías y folletines infames. Y eso en una época en la que el analfabetismo era escalofriante. La gran ironía trágica —y aquí me detengo, porque es jugosa— es que la literatura basura del siglo XVII no era para el pueblo, que no sabía leer, sino para la nobleza ociosa y la burguesía incipiente. Los privilegiados consumían, en su mayoría, producto de segunda división. Cervantes, con su genio, les estaba dando una lección a la élite: «Sois tan incultos que el único libro que merece la pena lo he tenido que escribir yo para poner orden en vuestro caos lector». Cinco siglos después, el mecanismo es el mismo: el acceso no garantiza la calidad, y el analfabetismo ha mutado a funcional.
Ahora bien, si el viejo Miguel levantara la cabeza y nos viera a los «listillos» del siglo XXI despreciando la cultura pop mientras nos tomamos un café con leche en una cafetería de diseño, probablemente se partiría de risa. Y nos diría, con esa socarronería suya, que la diferencia no está en el soporte, sino en la mirada.
Y aquí llegamos al meollo de la madurez, que es donde la cosa se pone seria y no por los libros.
Hay una paradoja que me inquieta, y cada vez más. Por un lado, tenemos adultos de treinta y cuarenta años refugiados en lo lúdico —Funkos, videojuegos, camisetas de superhéroes—, a menudo como supervivencia ante un mundo hostil y precario. Por otro, tenemos adolescentes de doce años consumiendo pornografía a través de sus móviles, y jóvenes de quince en centros de desintoxicación. Y sin embargo, el alarmismo social se centra en los primeros. No me alerta tanto el cuarentón que lee manga en el metro, como el niño de doce que ya ha perdido la capacidad de asombro porque el algoritmo le ha robado la infancia. Estamos alargando la infancia de los adultos (porque el mundo laboral es un desierto), pero acortando y corrompiendo la infancia de los niños, empujándolos a una «madurez» ficticia y traumática.
Y esta misma presión social, esta absurda frontera de lo que «está bien» según la edad o el género, es la que castra a los adultos como Javier. Porque hablemos de Javier. Hace años me dedicaba a fabricar y vender miniaturas para casas de muñecas. Siempre me fascinó ese mundo en miniatura, donde una cocinera de porcelana tiene un delantal más auténtico que el de una persona real. Y siempre me llamaron «maricón» por eso. Recuerdo a Javier, un cliente que me decía que compraba miniaturas para su mujer. Pero luego era él el que decidía qué papel se ponía en el salón, qué vajilla, qué uniforme para la cocinera. Él pasaba horas eligiendo la lámpara del comedor. Pero no podía decirlo. Un hombre adulto no puede tener una casa de muñecas, porque la sociedad le ha enseñado que eso es cosa de mujeres, de niños, de maricones.
Javier es la imagen perfecta del adulto castrado por el qué dirán. Ahí tienes a un tío con una pasión desbordante, con un gusto exquisito por el detalle, con la capacidad de visualizar un mundo entero en treinta centímetros cuadrados, y sin embargo, tiene que esconderse como un delincuente. Esa es la verdadera perversión de la masculinidad tóxica: que te obliga a renunciar a la belleza por miedo a perder el respeto de los imbéciles.
¿Quién es más maduro?
¿El hombre que por fin tiene una casa de muñecas a los cuarenta años, o el que lo insulta y lo llama «maricón»? El adulto de cuarenta años que abraza su casa de muñecas ha hecho un acto de valentía quijotesca: ha dicho «me importa un pimiento el mundo, esto me hace feliz y no daña a nadie». Eso es una soberanía personal brutal. Javier era menos maduro porque seguía atado al juicio externo, pero al menos era honesto en su mentira (elegía los muebles con pasión). Pero el que insulta y llama «maricón»... ese es el inmaduro total, el que no ha superado la etapa del patio de colegio, el que tiene su masculinidad hecha de cartón piedra y se asusta si alguien le toca el castillo. Es un esclavo de la norma, y un esclavo nunca es maduro.
Porque, no nos engañemos, el impulso humano es idéntico desde que el mundo es mundo. Mi abuela coleccionaba figuritas de porcelana y tapetes de encaje. Las damas griegas colocaban sus figuras de Tanagra en las tumbas y los hogares. Hoy coleccionamos Funkos de plástico. Aquella señora que tejía tapetes y ordenaba sus porcelanas en la vitrina estaba haciendo exactamente lo mismo que nosotros al alinear Funkos en la estantería: poner orden al caos, rodearse de talismanes que nos devuelvan una sonrisa en un mundo hostil. ¿Era ella menos adulta por tener un gato de porcelana? No. Era adulta porque supo sacar adelante una familia, pagar la luz y tener la despensa llena, igual que tú eres adulto porque pagas tus impuestos y decides que, al llegar a casa, te tomas un café en una taza friki. Las Tanagra, que eran objetos de consumo masivo, han perdurado dos mil años. No porque estuvieran hechos para durar, sino porque el polvo del olvido los preservó.
Y aquí llega mi confesión, para que veas que no predico en vano. No recuerdo qué edad tenía cuando leí El Quijote. Creo que unos dieciocho o veinte. Y me gustó, mucho. Pero también leía en aquellos años a Pérez Reverte, a Dumas, y sobre todo cuentos. Siempre me han gustado los cuentos. Uno de mis libros favoritos es Pues señor, de Elena Fortún, un libro pedagógico que te enseña cómo contar cuentos según la edad del niño. Ahora leo mucho ensayo histórico para documentar mis relatos —siempre cortos, nunca he sido capaz de escribir algo extenso—, pero mis gustos han sido siempre variados, tanto a la hora de leer como a la de escribir. No sé si soy más inteligente, maduro o culto que con veinte. Quiero pensar que sí, pero no estoy seguro. Lo único que tengo claro es que soy más viejo, más gordo, más calvo. Y que tengo una taza con forma de osito. Además de conservar el juego de café de madreperla de mi abuela, que por cierto, está intacto.
Así que esta es mi conclusión, y ojalá te llegue al alma:
La madurez no es renuncia, sino integración. No es deshacerte de tus Funkos para leer a Cervantes; es leer a Cervantes y, si te apetece, seguir coleccionando Funkos. Sin pedir permiso, sin dar explicaciones, sin avergonzarte. La cultura no es una acumulación de datos ni una posesión de objetos «elevados». Es capacidad de tejer conexiones, de sentir empatía, de conocerse a uno mismo. Es un músculo que ejercitas en silencio, conectando puntos, haciendo preguntas, permitiéndote dudar.
Y la valentía, la verdadera valentía, consiste en tener una casa de muñecas a los cuarenta, o una taza de osito a los cincuenta, o una estantería de Funkos a los sesenta, sin que te importe lo que piensen los demás. Porque al final, lo que realmente importa no es lo que coleccionas, sino cómo miras lo que coleccionas. Si lo miras con cariño, con atención, con el tiempo que merece, entonces cualquier objeto —por humilde que sea— se convierte en un testigo de tu vida. Como podría haber dicho el propio Cervantes, el que se ríe de los sueños de los demás suele ser el que no tiene los suyos propios. Y yo, la verdad, prefiero tener sueños (aunque parezcan inmaduros), a no tener ninguno.
Porque al final, lector amigo, de eso va la cosa: de saber que los molinos no son gigantes, pero de cargar igualmente contra ellos si hace falta, con una taza de osito en una mano y el Quijote en la otra.
Pedrete Trigos
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