domingo, 22 de marzo de 2026

El precio de la belleza: Una primavera con estornudos

 Ayer, mientras subía a casa con la compra, me sorprendió un estornudo. Luego otro. Y otro más. Tres seguidos, de esos que te doblan sobre las bolsas y te dejan los ojos llorosos. No hizo falta mirar el calendario. La primavera acababa de anunciarse a su manera, con la puntería infalible de un polen que ya viaja en el aire.



Llevo toda la vida pagando este peaje. Cuando los demás celebran el estallido de los campos, yo empiezo a contar días de ventanas cerradas, pañuelos de papel y ese antihistamínico que me deja la cabeza como si la hubieran rellenado de algodón. Es una paradoja difícil de explicar: amo la primavera con la misma intensidad con que me agrede.

Pero este año, con el pacto que hice conmigo mismo en diciembre, no puedo permitirme el lujo de vivirla a escondidas. Me he propuesto habitar el tiempo, no esquivarlo. Así que aquí estoy, con la nariz taponada y los ojos enrojecidos, dispuesto a escribir el primer artículo de esta estación que siempre me ha fascinado y castigado a partes iguales.



Lo primero que he hecho esta mañana ha sido subir al cerro. Sí, ya sé: lo peor para la alergia. Pero necesitaba ver con mis propios ojos lo que el olfato no me deja disfrutar. El campo, desde allá arriba, ya no es el mismo que en enero. Los olivos han soltado esa bruma verdosa de las primeras hojas nuevas. Los almendros, que hace semanas parecían esqueletos nevados, ahora visten un verde tierno que duele de tan hermoso. Y en las cunetas, las amapolas empiezan a asomar como pequeñas banderas de un ejército silencioso.

Me he sentado en una piedra, junto a lo que queda de la muralla, y he respirado hondo. Ha sido un error. La bocanada me ha traído, además de polen, una certeza: la belleza, a veces, tiene un precio. Y lo tiene también para el paisaje. Estos campos que hoy celebramos, estos olivos que nos dan el aceite y los mantecados, estos almendros que endulzan nuestros alfajores, son los mismos que me hacen estornudar. No puedo separar una cosa de la otra. Como no puedo separar la historia de Estepa de sus piedras, o mi infancia de sus olores.

De vuelta a casa me he sentado frente al ordenador y me he puesto a volcar en él todo lo que esta estación me provoca e incita. La primavera no está solo afuera. También está dentro. En la memoria que florece. En los recuerdos que, como las yemas de los árboles, se hinchan y rompen la corteza del tiempo. Mis alergias me impiden disfrutar la primavera de los campos, pero no pueden impedirme disfrutar la primavera de los recuerdos. Esa también explota, también huele, también duele a veces. Pero es mía. Nadie me la va a estornudar.



Estos tres meses que empiezan van a ser intensos. Lo sé. La primavera en Estepa no es una estación cualquiera. Es la de la Semana Santa, con su barroco desbordado y su capacidad para paralizar el pueblo. Es la de la romería, la del campo que pide ser pisado, la de las tardes que se alargan hasta casi el verano.

Yo las viviré como siempre: con la farmacia a mano, con los pañuelos a punto, con esa mezcla de amor y resistencia que me define. Pero las viviré. Eso es lo importante. Habitaré cada día, cada estornudo, cada amanecer sobre los olivos. Porque la vida, también la que pica en los ojos y en la garganta, merece ser vivida con los sentidos bien abiertos.

O eso, al menos, es lo que me digo mientras escribo esto, con la nariz taponada y una alegría pequeña pero firme instalada en el pecho.

La primavera ha llegado. Acepto el precio.

Y lo pago.

Pedrete Trigos

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