sábado, 21 de marzo de 2026

La cepa del tiempo: Un invierno para echar raíces


Y casi sin darme cuenta, llegó la primavera. Hace tres meses ya que comencé este viaje personal a mis recuerdos y la historia de Estepa. Han sido mis tres meses de invierno. Un viaje hacia el centro. Un regreso deliberado y suave, como el solsticio que lo marcó, hacia el lugar donde todo comenzó para mí: Estepa, La Coracha, mi memoria hecha piedra y aroma a canela. Este tiempo no ha pasado de largo; lo he habitado. Lo he vivido con la profundidad de quien camina por su propia historia, pisando con un respeto nuevo los adoquines de mi infancia y aspirando, en cada esquina, el eterno perfume de los mantecados y del pasado. 



Todo empezó con un pacto de amistad conmigo mismo. Un deseo firme de que este año no me encontrase igual, de beber de las aguas del tiempo en lugar de verlo fluir. Tracé un mapa íntimo, no de fronteras, sino de tiempo y memoria. Recuperé mi blog, aquel espacio silenciado desde 2014, como primer gesto de arraigo digital. Fue el primer acto consciente de mi retorno. 

Luego, me sumergí en las capas más profundas. No quise solo estudiar historia; necesitaba encarnarla. Descifré el nombre de mi tierra, que nace del humilde y tenaz esparto. Abracé la leyenda de Astapa, aquel fuego que forjó un carácter de resistencia, y reconocí en ese gesto épico un eco de mi propio nacimiento, entre el humo de una incubadora y la tenacidad de un principio. Aprendí que los orígenes a veces son dramáticos, pero siempre son nuestros cimientos. 

Este invierno fue, sobre todo, una estación de recogimiento y de una luz baja y rasante. Una luz que, al ser oblicua, no calienta la piel, pero ilumina el alma. Bajo esa luz plateada, contemplé la Torre de la Victoria. Ya no la vi solo como un monumento, sino como un fósil de piedra, un testigo terco de todo lo que desapareció. En su verticalidad solitaria, leí la biografía de la resiliencia: la de mi pueblo y, por reflejo, la mía propia. Aprendí que lo esencial perdura, a veces como un faro que se niega a caer. 

Mi exploración fue una arqueología de mi propia alma. Busqué las piedras peregrinas del antiguo viacrucis, dispersas por el pueblo como semillas de memoria, que me enseñaron que la identidad también se sostiene en lo que se fragmenta y se esparce. Y entré en la Iglesia de San Sebastián, donde la historia dejó de ser algo que se contempla para ser algo que se habita. Allí, en el archivo, encontré mi nombre inscrito, y sentí cómo mi historia íntima se enganchaba a la gran cadena de fe y comunidad. 

Este viaje al origen fue también mi reconciliación. Revisité al niño soldado que fui, aquel que construyó murallas interiores para proteger su esencia. Pero en lugar de verme como un superviviente en guerra, me reconocí como un arquitecto en ciernes. Comprendí que cada retirada al cerro, cada tradición que luego rehíce con mis propias manos, fue un acto de resistencia creativa. Y que la resistencia, ejercitada con amor, se transforma en arte. 

Así llegó mi Navidad, y con ella, el acto más valiente de soberanía emocional. Transformé la tradición heredada, a veces cargada, en una tradición propia. El árbol de Navidad en mi hogar y las bolas de patchwork que creé, retazo a retazo, se convirtieron en la metáfora perfecta de mi sanación. No cosí sobre lo viejo; revestí mi experiencia desde una nueva perspectiva, integrando los fragmentos del pasado en un diseño consciente y bello. La tradición, al fin, soy yo. 

A través de la memoria de los mandados de la infancia, cartografié la geografía sagrada de mi aprendizaje. Las mercerías, el taller de mi abuela, el olor a pan recién hecho y a anís en el camino al colegio... Descubrí que aquella educación sensorial fue la más importante. Mi mapa de Estepa no lleva los nombres oficiales de las calles, sino los de las personas que les dieron sentido: la calle de Mari Dorado, la calle de Soledad. 

Finalmente, contemplé las fiestas de mi pueblo —la Candelaria, San Blas, el Carnaval adormecido, la Cuaresma— no desde la fe, sino desde la comprensión. Busqué el por qué humano de los ritos, el relato profundo que hay detrás de la ceniza y el ayuno. Aprendí que se puede observar el tren de la tradición desde el campo, sin subirse a él, pero apreciando la ingeniería que lo hizo posible y el paisaje que atraviesa. 

Estos tres meses han cerrado un círculo para mí. He echado raíces en el tiempo. He fortalecido mi vínculo con lo que fui para entender, con una paz nueva, lo que soy. El niño soldado ha depuesto las armas. Ya no lucha contra sus fantasmas; les ha dado un lugar en el plano de su fortaleza. Al hacerlo, ha ganado su reino. 

Ahora contemplo el paisaje de mi vida —con sus olivares, sus cicatrices, sus luces de invierno— desde la atalaya de la aceptación. La pregunta del escudo de mi pueblo, «Ostippo? Quid Ultra?», hoy tiene en mi corazón una respuesta clara. 

¿Qué hay más allá? 
Más allá está la paz de saber que el arquitecto y la fortaleza son una sola cosa. Que la cepa de mi tiempo echó raíces profundas en esta tierra que me vio nacer entre humo, y que ahora florece, tranquila y dorada, en la quietud del invierno que se despide. 

Este viaje fue mi forma de volver a casa. 
Y, al final del camino, me encontré a mí mismo, exactamente donde debía estar: en casa. 

Pedrete Trigos 

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