miércoles, 18 de marzo de 2026

Los caminos y los olores: La educación de los sentidos

 En los años ochenta, la infancia tenía una medida concreta: la distancia que podías recorrer andando con tus propias piernas. Mi universo, que ya se extendía por varias calles del centro del pueblo, tenía su centro neurálgico en otro punto: el camino al colegio. Ese recorrido cotidiano no era un simple trayecto; era la primera lección del día, una clase al aire libre donde los libros de texto eran las fachadas y los profesores eran los olores que salían a recibirte. 



Mi primer colegio fue el del Pilar, una prolongación natural de la calle San Juan. Allí, bajo la atenta mirada de un crucifijo de plástico y la foto del rey Juan Carlos I —en un centro que, paradójicamente, se declaraba laico—, aprendí las primeras letras y los primeros ritos. La señorita Pepita García (sí, entonces se las llamaba señoritas) nos enseñó a rezar antes que a sumar. El orden era sagrado: primero el Padrenuestro, luego el Avemaría, después el Jesusito de mi vida y, por último, el Ángel de la Guarda. Así, de pie, tras la mesa y rezando, comenzaban nuestras clases. Era un catecismo básico que estructuraba el mundo entre lo divino y lo terrenal. Luego llegó la señorita María Luisa, con su costumbre de leernos fragmentos de la Biblia y su regla de madera, siempre presta a restablecer el orden sobre nuestras palmas si el comportamiento no era el adecuado. La autoridad era un concepto claro, tangible y, a veces, dolorosamente físico. 

El mapa escolar se amplió después con el colegio de la calle Écija, ligado para siempre al infausto recuerdo de doña Mati. Ella nos enseñó, sin querer, una lección más compleja y temprana: que los adultos arrastran sus propias tormentas, y que una depresión no tratada podía convertirse en injusticia sobre nosotros, sus alumnos. Fue una clase dura sobre la vulnerabilidad humana. Finalmente, el colegio de la calle Dehesa cerró esa etapa de tránsito entre aulas. 

Pero la verdadera educación, la que ha perdurado con más fuerza, ocurría fuera. Mi camino al colegio era una cartografía olfativa. No necesitaba mirar para saber dónde estaba. El olor a mantecados de la fábrica San Antonio, dulce y envolvente, te abrazaba al pasar. Un poco más allá, el aroma penetrante a anís de la destilería San Ignacio arrojaba el aire cerca de la iglesia de San Sebastián, una bocanada adulta y fuerte. Y en la calle Hornillos, el inconfundible perfume a pan recién hecho del horno de Joaquín Satito y Rosarito prometía la merienda. Estos olores eran mis hitos, mis puntos de referencia en un mundo que empezaba a ser recorrido en solitario. 



Ese mundo estaba gobernado por gestos heredados. Persignarse al pasar por una iglesia era un acto reflejo, un cruce de dedos automático. Y el grito cordial de algún vecino —“¡Se te ha caído el pañuelo!”— era el recordatorio comunitario para quien olvidaba el ritual. Era la sabiduría colectiva velando por las formas. 

Esta vivencia ha dejado en mí una huella toponímica imborrable. Mi mapa mental de Estepa no coincide con el oficial. Para mí, la calle Antonio Álvarez no existe. En mi memoria y en mi corazón, es y será siempre la calle de Mari Dorado, la del escaparate maravilloso (He tenido que buscar el nombre oficial en Google Maps, porque el mío, el verdadero, es otro). O la calle Libertad es, sin discusión, la calle de Soledad 



Así, los caminos al colegio completaron mi educación sentimental. Entre rezos aprendidos, reglas que llegaban a las manos, olores que guiaban el paso y costumbres que tejían comunidad, fui dibujando mi propio plano del pueblo. Un plano donde los hitos no son los monumentos, sino los talleres, las tiendas, los hornos y las fábricas que dieron sentido, sabor y aroma a los pasos de un niño. Esta es la geografía que de verdad importa: la que se escribe con los pies, se memoriza con la nariz y se atesora con el nombre cariñoso de quienes hicieron de aquellas calles algo más que un trayecto. 

Pedrete Trigos 

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