Hay una frase que repito en el taller cuando las cosas se desmandan: "Guarda el orden y el orden te guardará".
La frase es de San Agustín de Hipona. Pero también pudo ser de mi abuela Nati, mientras cosía sin levantar la vista. O pudo ser de mi padre, cuando organizaba sus herramientas después de cada trabajo. O pudo ser de mí mismo, después de tantos años de buscar tijeras o dedales perdidas entre montones de tela. Da igual el origen. Lo importante es que funciona.
Porque el orden, en un taller, no es una manía. Es un territorio sagrado. Es la línea que separa la creatividad del caos, la paz del agobio, el "puedo trabajar" del "no sé por dónde empezar".
Hoy quiero contaros cómo es ese orden pequeño, doméstico, casi secreto, que me sostiene mientras coso. No es un manual de buenas prácticas. Es un mapa de mi cabeza.
La silla
La primera parada es la silla.
No es una silla cualquiera. Es de olivo, artesanal, antigua. Perteneció al taller de sastrería de mi abuela Nati. Tiene la madera gastada y alguna que otra chambrana partida. El asiento de anea —ese trenzado de fibras vegetales que tantas horas ha soportado— conserva la forma de su cuerpo. Como si la madera y el junco hubieran aprendido a recordar.
Cuando me siento allí, no estoy solo. La silla me recuerda que antes que yo, otra persona cosió, esperó, suspiró, remendó. Y que ahora me toca a mí.
En el taller hay otra silla. Es más baja, de las que se usaban para bordar o coser a mano. Mi padre, se la hizo a mi madre como parte del ajuar. Una silla humilde, sin grandes pretensiones, pero con las patas bien ensambladas y el asiento liso como una caricia.
Ahora la usa mi gato, José Luis Trilling. Se instala allí con una dignidad de señorito mondonguero, se enrosca sobre el cojín que le puse para que no arañara la enea, y ronronea mientras yo trabajo.
Cada cual tiene su dueño. Cada cual su historia. La de mi abuela Nati me sostiene a mí. La de mi madre sostiene ahora a un gato que duerme mientras yo coso. Así se heredan las cosas: sin protocolo, solo con el peso del uso.
Las herramientas
Después está el orden de las herramientas.
Mis tijeras no están en un cajón. Las tengo colgadas en un bolsillo de tela junto a la mesa de corte. Las grandes, las pequeñas, las de papel, la ruleta de patchwork. Cada una en su sitio. Si las ves desordenadas, es que algo va mal en mi vida.
Los hilos los ordeno por colores. No por obsesión, sino por necesidad. Cuando buscas un rojo carmesí entre cuarenta bobinas negras y azules, entiendes que el orden no es un lujo: es una condición para trabajar en paz.
Los alfileres los clavo en acericos rellenos de serrín que hice hace años. Parecen pequeños erizos domésticos. A veces los clavo con rabia, cuando el día ha sido largo. Otras, con delicadeza, cuando la tela es fina y pide mimo.
Hay quien cree que el orden es rigidez. Yo creo que el orden es respeto. Respeto por el material, por el oficio, por el tiempo que vas a invertir. Un hilo enredado te roba paciencia. Una tijera sin filo te roba precisión. Un cajón caótico te roba la concentración.
No es cuestión de limpieza. Es cuestión de supervivencia.
El café
Pero el café llega primero. Siempre antes de ordenar el taller o mi vida.
Elijo el momento con cuidado. Porque el café no me despierta. Me prepara. Es el rito que separa el desorden de la calle del orden del taller.
Escucho el agua llenando la jarra. El burbujeo al calentarse. El vapor que sale en esa nube blanca y efímera. El olor se expande por la cocina como una mano invisible que me dice: "Tranquilo, estás en casa".
Esos dos minutos de espera —ni uno más, ni uno menos— son una meditación en miniatura. No pienso en nada. O pienso en todo, pero sin angustia. El vapor me limpia la cabeza. El aroma me recuerda que tengo un día por delante para hacer lo que me gusta.
Luego, el primer sorbo. Caliente, amargo, necesario. Y ya estoy listo.
La libreta
Termino donde empiezo siempre: en la libreta.
La tengo a mano, junto a la máquina de coser. Es de tapa dura, con unas flores azules sobre fondo blanco. Sus hojas son a rayas para al menos escribir derecho mis pensamientos torcidos.
En esa libreta no escribo poemas. No escribo cuentos. Escribo lo que me ronda. Frases sueltas. Ideas que aún no saben que quieren ser algo más. Un recuerdo que apareció sin avisar. Una reflexión que se me ocurrió mientras planchaba una costura.
La libreta no juzga. No le importa si lo que escribo es bueno o malo. Solo lo guarda. Es el cajón de los pensamientos. Igual que las tijeras tienen su sitio, las ideas también necesitan uno provisional. Un lugar donde esperar su turno. Donde no se pierdan. Donde puedan volver a mí meses después y decir: "¿Recuerdas esto? Pues ya está maduro".
Así que ya saben.
Tengo mi silla de olivo, la de mi abuela. Tengo la silla baja de mi madre, ahora ocupada por un gato con título nobiliario. Tengo las tijeras en su sitio, los hilos por colores, los alfileres en su acerico. Tengo el café que prepara y despierta. Y tengo la libreta de flores azules que guarda lo que aún no sabe que quiere ser.
Todo está en su sitio. Todo tiene un porqué. Y ese orden —pequeño, doméstico, casi secreto— es el andamio sobre el que construyo el resto.
Cuando todo lo demás se tambalea, sé que aquí, en este metro cuadrado de taller, las cosas están en su sitio. Y si las cosas están en su sitio, yo también puedo estarlo.
Eso no es rigidez. Es supervivencia.
Y a mi edad, uno ya sabe cuál es el derecho y el revés de la tela.
Pedrete Trigos






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