(O cómo una monja sarcástica puso patas arriba el orden sagrado del Caballero Metabólico)
El Caballero Metabólico llevaba veinte minutos contemplando sus tijeras.
No las estaba usando. Las contemplaba. Las tenía colgadas en su sitio —las grandes, las pequeñas, las de papel, la ruleta de patchwork— y las miraba como si fueran un jeroglífico que acabara de descubrir en una tumba egipcia. Había escrito aquello del patrón que no quería ser cortado, aquello de los límites y la higiene mental, y ahora se preguntaba si él mismo se aplicaba la lección o si, como tantas veces, predicaba en el desierto y volvía a casa con las alforjas llenas de arena.
—Pareces un pollo mirando un cubo de pintura seca —dijo una voz a sus espaldas.
Sor Imprudencia estaba sentada en la silla baja de la madre del Caballero, la que ahora ocupaba el gato José Luis Trilling. El gato, ofendido, se había desplazado al alféizar de la ventana y la miraba con una expresión que combinaba el desprecio y la resignación.
—¿Cómo has entrado? —preguntó el Caballero, sin girarse—. La puerta estaba cerrada.
—Las puertas son una sugerencia, no una norma. Además, tienes la cerradura oxidada. Cualquier maníaco con un alfiler podría abrirla. Yo he usado una horquilla. Y un poco de mala intención.
—¿Has forzado la cerradura de mi taller?
—He sugerido a la cerradura que se abriera. Ella ha accedido por miedo. No sé si habrás notado que infundo temor reverencial. Es lo que tiene el hábito sucio y la mala leche acumulada durante cuarenta años de clausura.
El Caballero suspiró. Se giró. Sor Imprudencia tenía las piernas cruzadas, las manos sobre la falda y los ojos recorriendo el taller con esa mezcla de curiosidad y desdén que solo ella dominaba.
—Me han llegado rumores —dijo ella, pinchando un dedo en el aire—. He oído que andas escribiendo sobre límites y patrones que no quieren ser cortados. Parece ser que te has vuelto un experto en salud mental y en saber dónde termina tu labor y empieza la responsabilidad del otro. Muy bonito. Muy de manual de autoayuda con páginas satinadas.
—No es un manual de autoayuda.
—Ya. Es peor. Es un manual de autoayuda escrito por ti. Que es como decir que es una reflexión sincera pero que luego vas a querer endulzar porque te da vergüenza haber sido tan directo. ¿A que sí? ¿A que ahora mismo estás pensando en borrar lo de "el respeto más profundo es aceptar que no puedes salvar a quien no está dispuesto a recoger la aguja"?
El Caballero se quedó callado.
—Lo sabía —dijo Sor Imprudencia, con una sonrisa torcida—. Eres como la tela que no quiere ser cortada. Predicas el desapego, pero te pegas a todo. Dices que has aprendido a cerrar la puerta, pero la dejas entornada por si alguien llama con una historia lo suficientemente triste como para que vuelvas a abrir.
—No es así.
—¿No? A ver, dime: ¿cuántas veces has escrito eso de "no es tu responsabilidad remendar la vida ajena" y luego te has pasado la noche en vela porque alguien te contó un drama y no pudiste evitar meter la aguja?
El Caballero no respondió.
—Eso pensaba —dijo ella, y se levantó de la silla con un gesto que hizo que el hábito chirriara—. Anda, enséñame el taller. Quiero ver el famoso orden que te guarda. La silla de tu abuela, los hilos por colores, el acerico con forma de erizo. Todo eso que escribiste con esa ternura tan empalagosa que casi me da un vahído.
—No es ternura empalagosa.
—Es ternura empalagosa. Pero no te preocupes. A mí me gusta la ternura empalagosa cuando viene acompañada de un buen puñetazo en la mesa. Y tú, de momento, solo das puñetazos de fieltro.
—¿De fieltro?
—Suaves. Acolchados. Que no dejan cardenal. Tú escribes "cierra la puerta" pero en realidad lo que haces es dejarla entornada con un cartel que pone "pasa, pero con cuidado". No engañas a nadie. Y desde luego no me engañas a mí.
El Caballero se acercó a la estantería donde descansaban las tijeras. Las tocó una a una, como quien cuenta avemarías.
—¿Tú qué sabes de límites? —preguntó, con un tono que intentaba ser firme pero sonaba a cansancio—. Tú eres la que escribe una gacetilla llamada El Clavo Ardiendo y luego la deja debajo de las puertas como si fuera un panfleto anarquista. Tú no pones límites. Tú los traspasas todos y luego te quejas de que la madre superiora te quita el postre.
—La manzana podrida —precisó Sor Imprudencia—. Y sí, traspaso límites. Pero no me engaño. No voy por ahí diciendo que he cerrado la puerta cuando en realidad la he pintado de bonita y le he puesto un felpudo que pone Home sweet home. Tú, en cambio, escribes esas reflexiones tan sesudas sobre el desapego y luego conservas el reloj parado de tu abuela porque "es un recuerdo".
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Todo. Tú hablas de no intentar arreglar la vida ajena, pero eres incapaz de tirar un reloj que no funciona. Eso no es coherencia. Eso es miedo a soltar. Y si no sueltas un reloj, imagínate lo que no sueltas tú de personas.
El Caballero se quedó mirando el reloj. Allí seguía, encima de la puerta, con las manecillas clavadas en las cinco y veinte desde hacía décadas. La caja de madera que su padre había tallado con catorce años. El cristal empañado por el tiempo.
—El reloj se queda —dijo.
—Eso ya lo sé —respondió Sor Imprudencia, sentándose ahora en la silla de olivo de la abuela Nati, con una familiaridad que rozaba el sacrilegio—. Y no te lo estoy criticando. O sí. Un poco. Pero no por el reloj en sí, sino por lo que representa. Tú guardas todo. Cada objeto tiene un nombre, un gesto, una tarde. Lo escribiste tú mismo. Y está bien. Está muy bien. Pero luego pretendes que eres un tipo duro que pone límites y cierra puertas. Y no, Pedrete. No lo eres.
—¿Entonces qué soy?
—Eres un sastre. Un sastre que cose recuerdos. Y los cose porque le da miedo que se deshilachen. Y los cose porque cree que si los mantiene cerca, el tiempo no podrá con ellos. Pero el tiempo siempre puede. Y las personas, también. Y ahí está tu contradicción: sabes que no puedes salvar a nadie, pero no dejas de intentarlo. Sabes que la aguja no es tuya, pero la clavas igual.
El Caballero se sentó en el taburete de la mesa de corte. Tenía la cabeza baja, las manos sobre las rodillas. Parecía un niño al que acaban de explicar que los reyes magos son los padres.
—¿Y qué hago? —preguntó.
—Nada. No tienes que hacer nada. Solo no escribir como si ya lo hubieras resuelto. No vender humo. No fingir que eres un monje tibetano que ha alcanzado la paz interior cuando en realidad eres un hombre con un taller lleno de trastos viejos y un corazón que pesa más que todos ellos.
—Eso no es muy amable.
—La amabilidad es para los folletos turísticos. Yo soy monja. Y las monjas perdularias como yo, las que no se esconden detrás del incienso, decimos lo que duele. Porque la caridad bien entendida empieza por la verdad. Y la verdad es que tú eres torpe con los límites. Igual de torpe que yo, que finjo que me importa todo un bledo y luego me paso las noches dándole vueltas a las penas de los demás.
El Caballero levantó la cabeza.
—¿Tú también?
—Claro que también, imbécil. ¿Crees que escribo El Clavo Ardiendo porque soy una psicópata sin sentimientos? Lo escribo porque no sé decirlo en voz baja. Porque si no lo escupo con saña, me lo trago y me indigesto. Somos iguales, Caballero. Tú pones azúcar a la sal. Yo le pongo vinagre. Al final, los dos estamos enderezando el mismo entuerto: el de vivir con los demás sin morir en el intento.
Se hizo un silencio. El gato José Luis Trilling aprovechó para saltar del alféizar y recuperar su silla baja, ahora que Sor Imprudencia la había dejado libre. Se enroscó en el cojín con esa dignidad de señorito mondonguero y cerró los ojos.
—El gato te odia —dijo el Caballero.
—El gato odia a todo el mundo. No es mérito mío.
—Te odia porque le has robado la silla.
—Me la ha cedido. Por miedo, también. Como la cerradura. Ya te digo que infundo terror.
El Caballero sonrió. Fue una sonrisa pequeña, de esas que apenas mueven los labios, pero fue una sonrisa.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora —dijo Sor Imprudencia, levantándose y ajustándose el hábito—, ahora te pones a escribir. Pero escribe de verdad. No el prólogo bonito. No la moraleja con lazo. Escribe que eres un contradicción andante. Escribe que tus límites son de goma. Escribe que cierras la puerta pero dejas la ventana abierta por si alguien necesita asomarse. Escribe eso, y entonces sí que estarás siendo honesto.
—¿Y sobre lo del reloj? ¿Escribo que lo conservo porque soy un nostálgico incapaz de soltar?
—Escribe que lo conservas porque te gusta. Porque tu padre lo talló con catorce años. Porque tu abuela cosió debajo de él. Porque ahora tú coses debajo de él. Y que si eso trae mala suerte, que la mala suerte se prepare, porque tienes un ejército de objetos viejos dispuestos a defender su sitio.
El Caballero asintió.
Sor Imprudencia se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió.
—Otra cosa —dijo.
—Dime.
—Lo de los estornudos. El próximo número de El Clavo Ardiendo va sobre los estornudos. Pero lo estoy ampliando. También voy a incluir una crítica a la gente que aplaude mal y a los que tosen sin disimulo en el cine. Porque eso, Pedrete, es la verdadera falta de límites. Toser en el cine sin taparse la boca. Eso sí que es un patrón que no se puede cortar ni con las tijeras más afiladas.
—Suenas como una vieja cascarrabias.
—Lo soy. Y orgullosa. Hasta luego, Caballero. Y no dejes la puerta entornada, que luego entra el frío.
La puerta se cerró. El chirrido sonó a despedida, pero también a promesa. El Caballero se quedó solo con el gato, las tijeras, el reloj parado y las palabras de Sor Imprudencia revoloteando como polvo en el aire de la tarde.
—Vamos —le dijo al gato—. Hay que escribir.
Argos —que en realidad se llamaba José Luis Trilling, pero el Caballero nunca recordaba el nombre exacto cuando escribía— ni siquiera abrió los ojos.
Fin (por ahora)
Nota del Caballero Metabólico: Sor Imprudencia tiene razón en casi todo. Sobre todo en lo de la puerta entornada. Pero también en lo de los estornudos. La semana que viene publico algo sobre eso. O igual no. Depende de si me atrevo a ser honesto o vuelvo a endulzarlo todo. Ya veremos.
Pedrete Trigos
El Caballero Metabólico


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