Confieso, sin miramientos, que Harry Potter jamás logró conquistarme. La primera película me pareció digna, con ese instante de maravilla genuina en el Callejón Diagon, pero el hechizo se disipó pronto; el resto de la saga nunca me atrapó. En cuanto a los libros, mi resistencia fue física: apenas pude digerir los dos primeros volúmenes. Quizá sea una incompatibilidad de caracteres con la literatura inglesa —no sé si es cuestión de traducción o de sensibilidad—, pero nunca he podido conectar con ella.
Y es que, en el fondo, Harry Potter no es sino un remedo moderno del "caballero andante". El arquetipo es milenario: el infante abandonado, de origen ignoto, que aguarda a que un emisario revele su linaje para, entonces, abrazar su destino y consagrarse al bien. Ese molde ya lo desarrollaron Amadís de Gaula o Don Belianís de Grecia en el siglo XVI. Por supuesto, aquellos libros de caballerías ya eran, en su época, el "producto comercial" de una nobleza ociosa; Cervantes, con su agudeza inmortal, se burló de esa fórmula en el Quijote. Pensar que Potter introduce una novedad es, a mi juicio, un síntoma de haber leído poco, muy poco.
Sin embargo, más allá del debate literario, lo fascinante es desentrañar el fenómeno fan y su simbiosis con el marketing. Porque sin el cine y el merchandising, Potter habría tenido la misma relevancia que cualquier otra saga juvenil. Pero el equipo de Rowling —y ahí reside su verdadero acierto— supo orquestar una máquina de conversión cultural impecable.
Llegados a este punto, la prueba de fuego del fenómeno Rowling son Animales Fantásticos. Cuando la autora se quedó sola frente al guion, sin el tamiz de Steve Kloves o la mirada visual de Alfonso Cuarón, el universo se resquebrajó. El cine es mostrar, no contar, y Rowling incurrió en el pecado mortal del narrador principiante: la exposición continua, los diálogos lastrados de manual, y un ritmo narrativo agónico. ¿Un hermano secreto de Dumbledore jamás mencionado? ¿McGonagall impartiendo clases en los años 20, cuando su fecha de nacimiento establecida es 1935? Esa falta de rigor no es propia de una genio, sino de alguien que perdió el control de su propia mitología.
Si aquella saga hubiera tenido alma, el público habría acudido en masa, nostalgia al margen. Pero la masa, con su instinto certero, detectó el refrito vacío y le dio la espalda.
El marketing, en su sabiduría, ha entendido que el mito necesita un rostro único. Pero la realidad es que Potter fue el producto perfecto en el momento perfecto: un libro juvenil pasable, una adaptación cinematográfica excelente que supo podar la morralla, y una maquinaria publicitaria que convirtió un relato arquetípico en un tótem generacional.
¿Es esto un demérito? No necesariamente. La cultura popular se nutre de estos artefactos. Lo que resulta intelectualmente insostenible es confundir el éxito de ventas con la excelencia literaria, o el fervor de una generación con la universalidad de un clásico. Rowling no es Shakespeare; es una empresaria astuta que supo rodearse de un equipo brillante. Cuando ese equipo se diluyó, el encantamiento se rompió. Y esa es la lección más incómoda para el fan: que a veces, la magia nunca estuvo en el mago, sino en los trucos de sus ilusionistas. Vender mucho no es sinónimo de calidad, pero sí es un síntoma inequívoco de que alguien, en algún lugar, supo leer los deseos de su tiempo. Y en eso, al menos, Rowling fue, indiscutiblemente, una genio del mercado. Nada más.
Pedrete Trigos
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