De niño, las respuestas me llegaban en migajas: "¿Por qué los postigos están siempre cerrados?” Y por respuesta siempre el silencio. Y un miedo que olía a pan reseco y humedad de sótano.
Afuera, las calles llevaban nombres de poetas fusilados; adentro, “los años del hambre” solo se nombraban con el crujir de una alacena vacía.
A migajas pude hilvanar la historia de mi familia. Con silencios que hablaban más que las palabras. Pero también aprendí que la memoria vive en los objetos:
—Un escapulario donde el sudor borró el rostro de una Virgen.
Mi abuela lo mandó bordar a las monjas del pueblo, mientras alguien cantaba "Si me quieres escribir" en la trinchera donde mi abuelo olvidó su juventud.
Hoy cuelga en mi cama junto a un rosario gastado: dos amuletos contra una guerra que no viví, pero que me habita.
—La fotografía de un bebé regordete. “Es tu padre”, me dijeron. La enviaron por correo a un hombre que tal vez ya era solo un nombre tachado en un listado militar.
En esta casa, los recuerdos son cartas que nunca llegaron a destino.
Y también los silencios al querer saber sobre la historia de mi pueblo.
Hubo unos niños a quienes raparon el pelo al cero en la plaza del pueblo. Los llamaban por su apodo familiar, como si el nombre propio fuese un lujo prohibido. Muchos años después, una avenida lleva ese mote —terrenos cedidos cuando el régimen agonizaba—. Cada vez que paso, veo a aquellos niños que fueron: cabezas rapadas, hombros diminutos, y una hilera de vecinos arrojándoles tomates podridos. La infancia puede ser un campo de batalla en medio del miedo y el fanatismo.
En una visita a un cementerio, bajo lonas azules, vi sombras que el tiempo no sepultó. El guía nos hablaba de cifras y fechas, pero yo sentía el olor a tierra recién removida y al pan rancio de 1939, mientras una arcada me revolvía las entrañas.
Allí yacen tres mujeres que se negaron a caminar hacia su fusilamiento. Prefirieron morir de pie en su celda, y por eso las arrojaron a la fosa como sacos vacíos. Uno de muchos “no” en nombre de la libertad. Un grito de mujeres ahogado en cal viva.
Guardo estos fragmentos como quien guarda semillas. Cómo la historia del bisabuelo que escondió a un perseguido por el bando contrario, porque en su cortijo la humanidad era más antigua que las ideologías.
Migajas, fragmentos sueltos con los que trato de crear una colcha de mil retales. Para ver si así consigo comprender el pasado.
Por eso pregunto a los muertos lo que los vivos callaron. Sus respuestas son el viento en los postigos mal cerrados, el crujir de un rosario en la penumbra, el olor a tierra recién removida en fosas repletas de silencio.
Escribo esto desde una plaza con nombre de poeta mártir, a pocos pasos de una Avenida que lleva por nombre el mote de una familia represaliada.
No busco culpables: busco que la tierra no repita su gemido. Por eso cuelgo escapularios y rosarios, rezo a dioses en los que no creo, y dejo la ventana abierta por las noches.
Porque sé que la memoria no es rencor: es la raíz que evita que el árbol caiga sobre las mismas grietas. La memoria no es un ataúd, sino un puente.
Ese niño que preguntaba tras los postigos cerrados hoy escribe para que los que vendrán no tengan que vivir entre sombras.
Escribo porque aquellos niños murieron sin decir que les arrancaron la infancia.
Escribo porque mi abuelo nunca contó qué vio en la trinchera.
Escribo porque bajo las lonas de aquel cementerio aún gritan muchos cuerpos.
No busco culpables, no: busco que el futuro sepa que el miedo tiene olor a tierra mojada y pan rancio.
Escribo porque descubrí que recordar no es vivir en el ayer: es plantar un árbol en la grieta de un bombardeo.
Hoy, los postigos siguen ahí. Pero por fin, nos atrevemos a abrirlos para que entre la memoria.
El Caballero Metabólico

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