domingo, 20 de septiembre de 2026

El fulgor de la memoria colectiva

 Resumen de un verano en Estepa

(21 de junio — 20 de septiembre de 2026)

 

“El verano no llega a Estepa: estalla”. 

Lo dije al principio, el día del solsticio, cuando las blancas fachadas de La Coracha parecían arder y el aire olía a jazmín y a promesa. Lo repito ahora que el olor a nardo se ha disipado y las últimas luces azules de la calle Puente se apagaron hace días. Porque el verano, aquí, no es una estación. Es una forma de habitar el tiempo con los pies descalzos y la memoria en vilo. 

Este resumen no es un dietario al uso. Es un acto de anclaje. Un hombre —yo, Pedrete Trigos, que también soy el Caballero Metabólico, que también fui un niño con las rodillas peladas y un balde de plástico como piscina— se traza una ruta afectiva por su propio origen. Y la recorre con los pies y con la tinta. 

 

La calle San Juan y sus mapas 

Todo empieza en la calle San Juan. Mi calle. La que da nombre a la ermita perdida, la que atesora el olor de los jazmines que la Abadita repartía entre las vecinas para hacer moñas. Ahí nací. Ahí aprendí a caminar. Y ahí vuelvo cada verano, aunque no salga de casa. 

Este año he hablado de la ermita de San Juan Bautista, esa que ya no está pero que sigue en pie en las palabras. De su imagen tallada por Luis Salvador Carmona, hoy exiliada en San Sebastián. De Juana García de Almagro, que en 1564 la dotó con cuarenta y ocho fanegas de tierra. Y de aquel derrumbe que solo rompió la oreja del corderito de madera. Ese detalle me sigue emocionando. Porque en medio del polvo y los escombros, el destino tuvo un gesto de piedad. 

También he hablado de la reina Mercedes. Porque una película de posguerra, interpretada por Paquita Rico, me llevó a Sevilla, a Madrid, a la Almudena. Y descubrí que Mercedes no reinó: sintió. Y que su fragilidad, paradójicamente, la ha vuelto eterna. No es la reina de los libros de texto. Es la de las novias que dejan un ramo en su tumba. La de los suspiros. 

 

Las dos abuelas 

Este verano he vuelto a escribir sobre las dos mujeres que me sostienen. 

Una, María Jesús, se fue demasiado pronto. 1941. Enfermedad de Addison, posguerra, seis hijos. Su recuerdo es una ausencia que pesa como un mármol. 

Otra, Nati, se quedó. Aprendió a curar hernias con vendas porque a mi padre le hicieron una mala cura. Aprendió a abrir agujeros para pendientes. A coser en una Singer de hierro negro que ganó en una rifa. Y cada tarde de verano, bajo el jazmín, me daba magdalenas tibias. Su corteza crujiente. Su miga esponjosa. Su aroma, el puro espíritu de la leche. 

De ellas vengo. De una niña que se quedaba desnuda en la cama esperando a que secara su único vestido. De un niño que, ante la alhacena vacía, se encogió de hombros y dijo: "Bueno, pues entonces me voy a poner a leer". 

Esa imagen me atraviesa. Por eso escribo. Porque la memoria no es un ataúd, es un puente. Y porque recordar no es vivir en el pasado: es plantar un árbol en la grieta que dejó una bomba. 

 

Churreteros, mondongueros y un gato con título 

En Estepa no basta con decir de qué barrio eres. Hay que saber desde qué mirada miras. 

He hablado este verano de los churreteros y los mondongueros. De cómo el insulto se hizo medalla y la rivalidad, sevillana. De cómo ser corachero —mi condición, mi orgullo— es habitar un tercer espacio, un mirador desde el que se entienden las dos orillas. 

Y he hablado de José Luis Trilling, mi gato. Nacido en el solar de la Cortesa Vieja, en pleno corazón mondonguero. No suplica: emite. Su cunita granate es un trono. Y en sus ojos verdes, profundos como olivares antiguos, no hay rastro de servidumbre. Hay la certeza de quien está en su sitio. 

 

La arqueología de los espacios 

He recorrido la plaza de abastos, esa catedral civil del verano. Inaugurada en 1928. Sus arcos de herradura que filtraban la luz dorada. El olor a melón rosado, a tomate recién cortado, a pescado fresco en el puesto de Salvador "el Compadre". Y las peritas de Puente Genil, mi botín de niño. Las devoraba como pipas hasta que mi madre me las arrebataba entre risas y reprimendas. 

He vuelto a la calle Cuesta. Ese barranco de la memoria donde una acera se alza sobre la otra, como un símbolo de las altas y bajas que nos tocó vivir. La casa del número 81, donde mi madre jugaba entre porcelanas que luego hubo que vender. Los colchones de paja. El único vestido. 

He cruzado el umbral del palacio de los Marqueses de Cerverales, ese "ancá la marquesa" que durante años fue una frontera invisible. Hasta que la amistad abrió la puerta. Y pude, por fin, poner la mano sobre el mármol donde los marqueses veían misa sin mezclarse con el pueblo. La escalera de abanico. El oratorio de espejos. Y las aldabas de bronce con forma de mono, que dieron lugar al dicho más gráfico de Estepa: "Eres más feo que las aldabas de la marquesa". 

Y el cerro. Siempre el cerro. Cuarto de juegos de mi infancia. Trineos de lata oxidada. Perros que se llamaban Kika y Dino. La Torre de la Victoria, que para nosotros era simplemente "la Victoria", un gigante en el mapa de las aventuras. Este año el cerro está herido. Las borrascas de febrero tumbaron más de cien pinos. Me duele mirarlo. Pero ya están plantando nuevos árboles. Y esa terquedad —plantar donde todo se cayó— es también la mía. 



La devoción azul 

El 12 de septiembre llegó la Virgen del Carmen. Y con ella, el olor a nardo. Pesado, nocturno, imposible de sacudirse de la ropa. El templete de plata del siglo XVIII balanceándose sobre los hombros de los devotos. Y la calle Puente, a oscuras, en silencio. De repente, el siseo de las bengalas. Una luz azul, fría, fantasmagórica. La Virgen flotando entre nubes de un cielo imposible. 

En mi casa, el nombre de Carmen es un latido familiar. Mi madre se llamaba Carmen. Mi abuela Nati, Carmen Natividad. Tres tías y dos primas más. Por eso, cuando la procesión pasa, no veo solo a la Patrona. Veo el cuadro que colgaba en la cabecera de mi abuela Nati: la Virgen rescatando almas del Purgatorio. Veo la fotografía sepia que heredé de mi madre. Y siento que todas las Carmen de mi familia caminan bajo el mismo manto. 

 

Los cuentos del Caballero Metabólico 

Y entre las crónicas, como un contrapunto necesario, han aparecido los cuentos. Porque el verano también es oscuro, a ratos. 

Han venido Elisa, la niña perpetua que la muerte de su padre dejó desnuda ante la burocracia, y que termina meciéndose en una celda blanda, feliz en su regresión. 

Clara, la procrastinadora eterna, devorada por el demonio Legion-Formulario 7.8T, que descubre que el infierno no es fuego, sino papel. 

Laura, la usurpadora de talentos, que cree ser la artista perfecta porque nunca hace nada. 

El hombre que mide las horas muertas con un cronómetro de nadador, esperando en la farmacia de turno. 

Y el hombre que camina descalzo por la orilla, dejando huellas que el mar borra, empeñado en la terquedad de construir donde todo se va a caer. 

Porque de eso trata, al fondo, este verano. De la terquedad. 

 

La lección 

La terquedad de recordar cuando todo se olvida. La de nombrar cuando todo se calla. La de abrir los postigos que estuvieron siempre cerrados para que entre la memoria. La de escribir, aunque las huellas se borren. Aunque el cronómetro siga contando. Aunque el cerro esté herido y duelan los árboles caídos. 

El niño que se bañaba en baldes de plástico. El niño que dormía bajo las estrellas en la azotea. El niño que montaba guardia en la muralla del cerro. Sigue ahí. 

Solo que ahora escribe. 

Y escribe para que los que vendrán no tengan que vivir entre sombras. 

 

Así se despide el verano en Estepa: no con un suspiro, sino con un estallido de luz y fragancia. Con la certeza de que lo efímero puede ser eterno, al menos por una noche. 

Al menos en las palabras. 

 

Pedrete Trigos 
El Caballero Metabólico 

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