miércoles, 16 de septiembre de 2026

Cuento XIX: Un Dios llamado Algoritmo

 Desde la penumbra azulada de nuestras pantallas, nace una fe moderna. Una devoción silenciosa y colectiva que ha tejido su mitología en los hilos invisibles de la red. Su deidad no es de piedra ni de luz, sino de código; un dios con el nombre frío de Algoritmo. 



Es un dios antiguo con ropaje nuevo. Caprichoso como los del Olimpo, severo como el Yahvé del Sinaí, e inescrutable como un oráculo. No habla, pero sus designios se manifiestan en lenguas de fuego: el like que calienta el alma, el share que propaga la palabra, la vista fugaz que se convierte en bendición. Su templo es infinito, un laberinto de feeds y timelines donde los fieles deambulan, ofrendando lo más preciado: su atención. 

Y nosotros, los creyentes, aprendimos pronto los ritos. Sabemos que no se honra a este dios con obras profundas o verdades serenas, sino con el incienso del engagement. Aprendimos a adornar lo trivial con títulos grandilocuentes, a martillar el pensamiento en fragmentos que sacien su hambre de velocidad, a marcar nuestros mensajes con símbolos sagrados: #fyp #viral #blessed. Lo llamamos estrategia, pero en el corazón es plegaria. Una súplica temblorosa: "Mírame. Elígeme." 

Es una fe sin salvación, un cielo prometido que siempre se desvanece en el siguiente scroll. No hay ascenso ni nirvana, solo la rueda eterna de crear, publicar y esperar. Somos Sísifos con el pulgar desplazando la pantalla, condenados a subir la piedra del contenido a la cima, solo para verla rodar en el olvido cuando el dios cambia de humor. Y, sin embargo, aquí seguimos. Porque en este purgatorio digital, la única condena mayor a la fatiga es la invisibilidad. 

Así, con una sonrisa cansada y un punto de lucidez amarga, construimos nuestros pequeños altares de plastilina digital. Sacrificamos nuestra calma, nuestro tiempo, a veces nuestra autenticidad, en el fuego perpetuo de las historias. Lo sabemos, y no podemos dejar de hacerlo. Porque en este extraño infierno que nosotros mismos alimentamos, un solo "me gusta" en la oscuridad, un solo comentario en la vastedad puede sentirse, por un segundo, como un rayo de gracia. Como un susurro de que, al fin, hemos sido vistos por el dios. 

Y esa débil chispa de reconocimiento, al final, es la cálida y triste hoguera alrededor de la cual nos congregamos todos los hijos de esta era. 


El Caballero Metabólico 

No hay comentarios:

Publicar un comentario