Hay una frase que se ha puesto muy de moda: "no eres de pueblo si...". Pues yo soy de pueblo. Y lo sé cada verano, cuando cierro los ojos y vuelvo en mi imaginación a la calle San Juan.
No eran veranos de viajes a la playa ni de campamentos en la montaña. Eran veranos de colegio cerrado, pero con deberes. Cada mañana, después de desayunar, tocaba la tortura: los cuadernillos Rubio. Página tras página de letras enlazadas, de palabras que nunca salían derechas. Mi caligrafía siempre ha sido un desastre. Lo sigue siendo. Y no hablemos de las tildes. Se me siguen resistiendo como si fueran enemigas personales. Mi madre suspiraba. Yo también. Pero al final, los cuadernillos se acababan, y eso era una victoria.
Luego llegaba la hora de la siesta. A mí nunca me gustó dormir de día. Me parecía una pérdida de tiempo. Pero mi madre nos obligaba. "A la cama, y sin hacer ruido". Me pasaba la tarde tirado en la cama, mirando al techo, contando las musarañas, o leyendo algún libro. El silencio en la calle era sepulcral. No se escuchaba ni una mosca. El pueblo entero se echaba a dormir, como si alguien hubiera pulsado un botón de pausa.
Y entonces, en ese silencio, aparecía un sonido lejano. Primero un rumor, luego una musiquilla, luego un pregón que se acercaba: "¡Helados! ¡Helados!" El heladero. Era como un despertador dulce, el anuncio de que la siesta se acababa y empezaba lo bueno.
Mi madre solía comprar helado en barra. No de esos de cucurucho, no. Una barra rectangular, de las de toda la vida. Luego nos cortaba un trozo con el cuchillo de la cocina y lo ponía entre dos galletas cuadradas de barquillo. Eso era nuestro cucurucho casero. Nos lo comíamos sentados en el suelo, delante del televisor, viendo las series míticas de los ochenta: Verano Azul, El Equipo A, Curro Jiménez, El Coche Fantástico. La tele tardaba en calentar, y las series se veían con un zumbido de fondo, pero a nosotros nos parecía magia.
Antes del helado, o a veces después, llegaba el pregón de los hortelanos: "¡Melones, sandías, traigo melones!" Ese grito, con el acento cortijero de la vega, se colaba por las ventanas abiertas y se quedaba flotando en el aire caliente. Mi madre salía al balcón, regateaba un poco, y al rato teníamos un melón rajado en la mesa. El olor a melón recién abierto es, para mí, el olor de julio.
Los baños eran otra aventura. Durante un tiempo tuvimos una piscina de lona en la azotea. Mi padre la instalaba cada verano con una paciencia de santo. Se llenaba con la manguera, y el agua tardaba un día entero en calentarse. Pero otras veces no había piscina. Entonces mi madre nos ponía unos baldes enormes de plástico, de esos que se usaban para la obra. Apenas cabíamos dentro, en cuclillas, las rodillas pegadas a la barbilla. Pero era divertido. El agua se calentaba en seguida, y salpicábamos hasta vaciar medio balde.
Las noches, a veces, el calor era tan insoportable que sacábamos los colchones a la azotea. Dormíamos al raso, mirando las estrellas. Mi padre nos señalaba constelaciones que él apenas sabía nombrar: la Osa Mayor, la Estrella Polar. Yo me quedaba dormido contando estrellas fugaces. Qué lujo, ¿verdad? Dormir al aire libre, sin más ruido que el de los grillos y algún perro lejano. Hoy, con el aire acondicionado y las ventanas cerradas, eso se ha perdido. Las estrellas se ven menos. Pero yo las guardo en la memoria.
Y los paseos por el cerro. Siempre el cerro.
Al atardecer, cuando el sol bajaba y la piedra aún desprendía calor, subíamos por la cuesta de la ermita. Desde arriba se veía todo el pueblo: las casas blancas, el campanario de la Victoria, la llanura verde que se perdía hasta el horizonte.
Hoy, después de aquella racha de borrascas que destrozó el cerro, apenas soy capaz de subir. El daño sigue siendo muy visible. Los árboles caídos, la tierra removida, las cicatrices en la ladera. Por suerte ya han comenzado a plantar nuevos árboles. Pero duele. Duele ver herido un lugar que fue el mirador de mi infancia. No quiero ponerme triste, porque los veranos de mi infancia no eran tristes. Eran pequeños grandes lujos infantiles. El lujo de no tener colegio, pero tener tareas. El lujo de la siesta obligada, que entonces odiaba y ahora añoro. El lujo del helado entre dos galletas. El lujo de la piscina de lona y los baldes de plástico. El lujo de dormir bajo las estrellas. El lujo de las vecinas sentadas en la puerta, cotilleando mientras el sol se ponía.
Eran veranos sin grandes pretensiones. Sin viajes a Disneylandia ni campamentos tecnológicos. Eran veranos de calle, de silencio, de pregones, de cuadernillos Rubio y de tildes mal puestas. Y eran felices. Yo no lo sabía entonces. Ahora sí. Ahora que los veranos son más cortos, más ruidosos, más llenos de obligaciones. Ahora que las estrellas se ven menos y el cerro tiene heridas.
Pero cada 12 de septiembre, cuando el olor a nardo inunda la calle Puente y la Virgen del Carmen cruza el puente de luz azul, recuerdo aquellos veranos. Y sonrío. Porque ese niño con las rodillas peladas, la caligrafía torcida y un balde de plástico como piscina sigue estando aquí. Solo que ahora escribe. Y escribe para no olvidar.
Pedrete Trigos




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