A los treinta y siete años, descubrí que había estado coleccionando tiempo muerto sin saberlo. No las horas que duermo —ésas son una coartada biológica—, sino las otras: las que se cuelan entre una tarea y otra como agua podrida por las juntas del suelo. Las que paso mirando el techo después de que suena el despertador, los diez minutos de espera frente al semáforo, la cola del supermercado donde los segundos se engordan como garrapatas.
Empecé a medirlas. Fue una mañana de martes, en la ducha, mientras el agua se enfriaba y yo seguía allí, inmóvil, el champú ya enjuagado, la toalla al alcance de la mano, y sin embargo quieto. Como un coche aparcado en marcha. Cinco minutos. Los cronometré.
El hallazgo me inquietó. Compré un cronómetro de pulsera, de esos que los nadadores usan para los giros. No para correr más deprisa, sino para registrar la parálisis. En una semana acumulé cuatro horas con veintitrés minutos de tiempo muerto. En un mes, diecisiete horas. En un año, nueve días enteros. Nueve días de mi vida que había pasado en el limbo de no hacer nada, pero tampoco descansar. Una muerte en diferido.
El cronómetro se convirtió en mi confesor. Cada tarde volcaba los datos en una libreta negra. No necesitaba análisis estadístico; necesitaba ver la cifra crecer como un tumor benigno pero imparable. Era mi pecado laico: la vida que no vivía porque algo dentro de mí prefería el caldo espeso de la inacción.
La farmacia de turno abre a las diez. Yo llego a las nueve y cuarto, cuando el sol aún no ha decidido si calentar o solo alargar las sombras. No necesito nada. Solo estar aquí, apoyado en la pared de azulejos blancos, viendo cómo el cristal reflectante me devuelve una versión borrosa de mí mismo. Un hombre de mediana edad, chaqueta de pana, barba de tres días, los ojos clavados en un punto que no está en este mundo.
Hoy he traído el cronómetro. Marca: 00:00:00. Lo he reiniciado esta mañana, como un ritual de año nuevo en febrero. Una promesa vacía. En cualquier momento volveré a pararme.
La farmacéutica llega a las nueve y cincuenta. Se llama Adela. Tiene las manos heladas siempre, incluso en verano. Cuando me ve, no sonríe. Llevamos tres meses con este duelo silencioso: ella sabe que yo vengo a no comprar nada, y yo sé que ella lo sabe, y los dos fingimos.
—¿Qué va a ser hoy? —pregunta, con esa voz que parece salir de un contestador automático.
—Tiempo.
Ella me mira. No pestañea.
—El tiempo no se vende sin receta.
—¿Y con receta?
Saca una libreta de tapas azules, del mismo azul de los frascos de bromuro. Escribe algo. Me entrega un papel doblado en cuatro. Lo abro. Dice: "Tómese una ducha caliente por las mañanas. No mire el techo".
Salgo de la farmacia con el papel en el bolsillo. El cronómetro sigue en cero. Caminando hacia casa, paso junto a un parque donde un niño de unos seis años mira fijamente una hoja seca que gira sobre el suelo. La mira como si contuviera la respuesta a una pregunta que nadie le ha hecho. Su madre lo llama: "¡Javier, vamos!" El niño no se mueve. Está midiendo, igual que yo, el grosor de la nada.
Me detengo. El cronómetro parpadea. Empieza a contar.
Nota del autor (aunque este no es un cuento, es un síntoma):
Escribo esto desde el rellano de mi escalera, a las once de la noche, con el móvil al tres por ciento de batería. No sé por qué he salido de casa. No sé por qué he vuelto a medir. El cronómetro marca hoy dos horas con trece minutos de tiempo muerto. Menos que ayer. Supongo que eso es un progreso. O una mentira que me cuento para no bajar a la farmacia a pedir otra receta.
El Caballero Metabólico

No hay comentarios:
Publicar un comentario