Tipos de bordado.
En cuanto a los
tipos de bordados, entre las muchas variantes existentes, vamos a definir las
más importantes:
Bordado blanco, que hoy se hace también con colores y
que puede ser de plumetis, inglés, festón, madeira, richelieu, colbert,
renacentista, etc.
Bordado calado, sistema que se efectúa sacando hilos
del propio tejido.
Bordado de fantasía, cuando se usan diversas
guarniciones, como algodón, lana, seda, cordoncillos, trencilla, hilo de oro,
de plata, de cobre, perlas, lentejuelas, etc. Este tipo de bordado recibe
diferentes nombres según su tipo, origen, materias utilizadas, etc. Pueden ser:
de canutillo (con el hilo de oro o plata formando canutos), de realce (con los
dibujos destacando sobre la tela), sobrepuestos o de aplicación (cuando se
borda por separado y luego se cose a la tela), en relieve (generalmente
mediante rellenos entre el bordado y la tela), al pasado (cuando las hebras
atraviesan la tela de un lado al otro), de espiga, de cadeneta, de
incrustaciones, etc.
Bordado de laminillas metálicas o lamé, que se realiza con unas
agujas especiales.
Bordado de Humbría, italiano, con colores vivos y
velado con gasa dorada.
Bordado de Lunéville, que se realiza a ganchillo sobre un bastidor.
Bordado en punto de Beauvais, otro tipo de bordado también francés.
Bordado Persa, realizado con oro y piedras preciosas.
Existen más. Todos
los anteriores son ejecutados siempre a mano.
Puntos de bordado.
Existen literalmente
cientos de puntos de bordado. Aquí presentamos algunos de los más conocidos:
Punto llano: Se
emplea para rellenar figuras. Realice los puntos bien uniformes y juntos. Saque
la aguja, insértela un poco más adelante y sáquela al lado de donde empezó.
Punto raso: Se
trabaja de izquierda a derecha y viceversa. Seguir el esquema del dibujo
clavando la aguja hacia el interior del mismo, intercalar un punto largo con un
punto corto sacando la aguja a la derecha del hilo. En las vueltas sucesivas
dar puntadas largas en correspondencia de las cortas y viceversa sacando la
aguja a la derecha del hilo. Para una labor de efecto, se aconseja alternar los
tonos de color para conseguir bonitos matices.
Punto de
cordoncillo: El punto de cordoncillo es fácil de realizar, es realmente
versátil porque se presta para delinear los perfiles de un motivo o para
rellenarlo. Ofrece también la posibilidad de obtener una infinidad de
combinaciones cromáticas, utilizando colores en contraste o tonos difuminados,
y también empleando un solo color para lograr efectos siempre nuevos y
distintos. Es decorativo porque se presta para delinear los perfiles de
un motivo, subrayar los detalles o rellenarlo, confiriendo a la labor un
distinguido realce.
Punto de
cordoncillo simple: Saca la aguja por el derecho de la labor. Coge un
pequeño tramo del tejido, en horizontal de derecha a izquierda, teniendo la
hebra por encima de la aguja. Repite el movimiento procurando sacar la aguja
por el final del punto anterior y coger siempre el mismo número de hilos.
Punto de
cordoncillo con hebra por debajo: Saca la aguja por el derecho de la
labor y, manteniendo la hebra por debajo, realiza un punto horizontal de
derecha a izquierda, cogiendo un pequeño tramo del tejido. Continúa repitiendo
este punto y sacando la aguja siempre por el final del punto anterior para
formar una línea continua.
Punto de
cordoncillo doble: Saca la aguja por el derecho y clávala a la derecha
cogiendo pocos hilos del tejido. La hebra debe estar por encima de la aguja, y
ésta debe salir siempre por el centro del punto anterior.
Punto de cadeneta: Se
realiza en sentido vertical. Salir con la aguja hacia el derecho de la
labor, insertar la aguja en el mismo punto de salida y, sujetando el hilo en
forma de anillo por debajo del dedo pulgar izquierdo, coger 5 o 6 hilos de
tejido al interior del anillo mismo, después sacar la aguja. Insertar otra vez
la aguja en el mismo punto de salida del punto precedente y repetir estos
pasos.
Punto de cadeneta
anudado: Se trabaja igual que el punto de cadeneta, pero
insertando la aguja, en vez del punto de salida izquierda, al lado del último
punto realizado y saliendo en el centro del anillo.
Punto de margarita: Es
otra variante del punto de cadeneta. Utilizado desde siempre para bordar flores
y hojas, recibe el nombre de la flor que logra reproducir con mayor fidelidad.
El punto de margarita, a diferencia del punto de cadeneta (del que deriva y que
se compone de puntos ininterrumpidos que dibujan los perfiles), está
caracterizado por puntos aislados. Estos pueden disponerse radialmente para
crear coloras de flores, bordarse a los lados de un tallo central para formar
ramas con hojas o componer decoraciones y motivos de fantasía.
Saca la aguja por el
derecho de la labor, en el centro de la flor que vas a bordar, y realiza un
punto de cadeneta. Fija el eslabón obtenido con un pequeño punto de trazo en el
extremo opuesto al centro y saca la aguja por el orificio correspondiente al
nuevo pétalo. Repite este movimiento hasta completar la flor.
Nudo francés o
rococó: Hacer un punto atrás de la medida que se desee el “ Rococó”,
sacando la punta de la aguja en el sitio donde salió al principio, pero no
sacarla toda de la tela. Enrollar el hilo alrededor de la punta de la
aguja tantas veces como sea necesario para cubrir el espacio del punto atrás.
Sujetar el hilo enrollado con el pulgar izquierdo y hacer pasar la aguja;
sujetando todavía el hilo enrollado, dar vuelta a la aguja allí donde se clavó
e insertarla en el mismo sitio. Estirar el hilo hasta el punto inicial, emplear
una aguja de ojo pequeño que pase bien entre el hilo enrollado. Repetir esta
operación tantas veces como se desee de grande la rosa.
Un poco de historia.
El bordado es un
arte conocido desde épocas lejanas. Se cita el bordado que hacían los hebreos
en el éxodo; Herodoto nos habla de los bordados egipcios, siendo Babilonia uno
de los centros de producción de bordados más famosos de la antigüedad, hasta
tal punto que a los bordados se les llamaba “telas babilónicas”. De Egipto a
Grecia, Roma y Bizancio, donde llegó a tener una calidad excepcional en los
vestidos reales y eclesiales, pasando luego a toda Europa de la mano de los
italianos.
Se considera que en
España, Francia, Flandes e Italia tuvo su cénit el arte del bordado en el siglo
XVII, tanto en la ropa, como en los tapices. El oficio de bordador estaba muy
considerado en la sociedad y los más sobresalientes tenían taller propio con
operarios asalariados a sus órdenes.
No podemos olvidar
la presencia hasta nuestros días de las Lagarteras de Toledo, que ofrecían sus
telas bordadas de casa en casa, de caserío en caserío, de feria en feria.

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