sábado, 1 de agosto de 2009

Bellas artes.


  No hay ningún motivo ilícito entre los que puedan hacer que guste una obra de arte. Todos nosotros cuando vemos un cuadro, nos ponemos a recordar mil cosas que influyen sobre nuestros gustos y aversiones: únicamente debemos preocuparnos cuando esos recuerdos nos privan de un placer que, de otro modo, habíamos experimentado. Hay causas equivocadas de que no nos guste una obra de arte.
  A mucha gente le gusta ver en los cuadros lo que también le gustaría ver en la realidad. Es comprensible, a todos nos atrae lo bello. Pero la inclinación a los temas bellos y atractivos puede convertirse en nociva si nos conduce a rechazar obras que representan asuntos menos agradables. Si reaccionamos contra esta primera aversión, podremos descubrir que la hermosura de un cuadro no reside realmente en la belleza de su asunto. La confusión proviene de qué varían mucho los gustos y criterios a cerca de la belleza.
  Lo mismo que decimos de la belleza se puede decir de la expresión. A menudo es la expresión de un personaje en el cuadro la que hace que éste nos guste o no, sobre todo si esa expresión se puede entender con facilidad. Pero no debemos desdeñar obras cuya expresión acaso no resulte tan fácil de comprender. Así hay quien se apasiona por cuadros o esculturas en los que queda algo por descubrir. Todos los artistas sean más o menos hábiles a la hora de representar rostros y actitudes humanas, se esfuerzan en plasmar los sentimientos que quieren transmitir.
  También hay quienes quieren admirar la destreza del artista al representar los objetos, y lo que más le gusta son los cuadros en los que algo aparece "como si fuera de verdad". La paciencia y habilidad que conducen a la representación fidedigna del mundo visible son realmente dignas de admiración, pero también lo es representar algo con menos detalle.
  Pero no es sólo el abocetamiento lo que molesta a los que prefieren que sus que sus cuadros parezcan "de verdad", aún sienten más aversión por obras que consideran dibujadas incorrectamente, especialmente si pertenecen al arte modero. Todo el que haya visto una película de Walt Disney lo sabe bien. Sabe que es perfectamente correcto dibujar cosas de modo distinto a como se presentan. Nadie va a ver las películas de Disney armado con los mismos prejuicios que cuando van a una exposición de pintura moderna. Si un artista moderno dibuja algo a su manera, en seguida se considera un chapucero incapaz de hacerlo mejor. Podemos estar seguros de que poseen conocimientos suficientes para dibujar con corrección. Si no lo hacen así, es porque acaso sus razones sean muy semejantes a las de Disney. Cuando encontremos una falta de corrección en un cuadro, no debemos condenarlo, deberíamos preguntarnos si el artista no tuvo sus motivos para alterar la apariencia de lo que vio. Tenemos la curiosa costumbre de creer que las cosas deben aparecer siempre como en los cuadros que estamos habituados. Tendemos a aceptar colores y formas convencionales como si fuesen exactos. Los niños acostumbran a creer que las estrellas deben ser " estrelladas" aunque realmente no lo son. Las personas que insisten en que el cielo de un cuadro tiene que ser azul y la hierba verde, no se conducen de manera distinta que los niños, se indignan si ven otros colores en un cuadro. Tendríamos que contemplar las cosas como si acabáramos de llegar de otro planeta. No es fácil desembarazarse de esas ideas  preconcebidas, pero los artistas que mejor lo consiguen producen con frecuencia las obras más interesantes.
  No existe mayor obstáculo para gozar de las grandes obras de arte que nuestra repugnancia a  despojarnos de costumbres y prejuicios. Cuanto más frecuentemente hemos visto aparecer un tema en arte, tanto más seguros estamos de que tiene que representarse siempre de manera análoga. Hay quienes desprecian y censuran las obras de arte por motivos erróneos.
  Un cuadro parece algo muy distante cuando está con su cristal y su marco colgado de la pared, pero no olvidemos que son objetos realizados por y para seres humanos: que cada uno de sus rasgos es el resultado de una decisión del artista: pudo reflexionar acerca de ellos, cambiarlos...
  Lo que preocupa a un artista cuando proyecta un cuadro, es algo difícil de expresar. Le preocupa "acertar".
  Cuando se trata de reunir formas o colocar colores, un artista debe ser siempre "exagerado". Tiene que equilibrar colores, formas, calidades, jugar con infinitos matices; tiene sobre la tela centenares de manchas y de formas que debe combinar hasta que parezcan acertadas. Puede pasar noches sin dormir pensando en estos problemas, estarse todo el día delante del cuadro colocando toques aquí y allí y borrarlo todo otra vez. Pero cuando ha vencido todas las dificultades sentimos que ha logrado algo en lo que nada puede ser añadido, algo que está verdaderamente acertado.
  Si le preguntamos a un artista por qué lucha de este modo por conseguir el equilibrio justo, no sabría contestarnos. No siguió ninguna regla fija. Intuyó lo que tenía que hacer. Se han tratado de formular leyes sobre su arte, pero cuando artistas mediocres tratan de aplicar esas leyes, no consiguen nada, tales reglas académicas son por lo general absurdas.
  Resulta imposible dictar normas de esta clase, nunca se puede saber por anticipado que efectos desea conseguir el artista. No hay reglas que nos expliquen cuando un cuadro o una escultura están bien, tampoco es posible explicar exactamente con palabras por qué creemos hallarnos frente a una obra maestra. Esto no quiere decir que no se pueda discutir en cuestión de gustos. Estas discusiones nos llevan a contemplar los cuadros, y cuanto más lo hacemos, más cosas advertimos en ellos que anteriormente se  nos habían pasado por alto. Y cuanto más claramente la percibamos, más disfrutaremos de ellas.
  "Sobre gustos no hay nada escrito", pero el gusto puede desarrollarse. Debemos tratar de  comprender lo que los artistas se propusieron realizar.
  Nunca se acaba de aprender en lo que al arte se refiere. Siempre existen cosas nuevas por descubrir. Es importante que para gozar de estas obras tengamos una mente limpia, capaz de percibir cualquier indicio o armonía oculta. Es infinitamente mejor no saber nada de arte, que poseer esa especie de semi-conocimiento del snobismo, porque podemos perder el verdadero disfrute del arte.
  A veces observamos a ciertas personas que pasean a lo largo de un museo con el catálogo en la mano. Cada vez que se detienen delante de un cuadro, buscan afanosamente su número, y tan pronto como han encontrado el título o el nombre se van. Podían perfectamente haberse quedado en casa, pues apenas si han visto el cuadro. No han hecho más que revisar el catálogo. Se trata de inteligencias de corto alcance que no están hechas para la contemplación gozosa de ninguna obra de arte.
  Quienes han adquirido conocimiento de la historia del arte corren el riesgo, a veces, de caer en estas trampas. Pero mirar un cuadro con ojos limpios, es una tarea más difícil, pero también mucho mejor recompensada.

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