No hay ningún motivo
ilícito entre los que puedan hacer que guste una obra de arte. Todos nosotros cuando
vemos un cuadro, nos ponemos a recordar mil cosas que influyen sobre nuestros
gustos y aversiones: únicamente debemos preocuparnos cuando esos recuerdos nos
privan de un placer que, de otro modo, habíamos experimentado. Hay causas
equivocadas de que no nos guste una obra de arte.
A mucha gente le gusta ver
en los cuadros lo que también le gustaría ver en la realidad. Es comprensible,
a todos nos atrae lo bello. Pero la inclinación a los temas bellos y atractivos
puede convertirse en nociva si nos conduce a rechazar obras que representan
asuntos menos agradables. Si reaccionamos contra esta primera aversión,
podremos descubrir que la hermosura de un cuadro no reside realmente en la
belleza de su asunto. La confusión proviene de qué varían mucho los gustos y
criterios a cerca de la belleza.
Lo mismo que decimos de la
belleza se puede decir de la expresión. A menudo es la expresión de un
personaje en el cuadro la que hace que éste nos guste o no, sobre todo si esa
expresión se puede entender con facilidad. Pero no debemos desdeñar obras cuya
expresión acaso no resulte tan fácil de comprender. Así hay quien se apasiona
por cuadros o esculturas en los que queda algo por descubrir. Todos los
artistas sean más o menos hábiles a la hora de representar rostros y actitudes
humanas, se esfuerzan en plasmar los sentimientos que quieren transmitir.
También hay quienes
quieren admirar la destreza del artista al representar los objetos, y lo que
más le gusta son los cuadros en los que algo aparece "como si fuera de
verdad". La paciencia y habilidad que conducen a la representación fidedigna
del mundo visible son realmente dignas de admiración, pero también lo es
representar algo con menos detalle.
Pero no es sólo el
abocetamiento lo que molesta a los que prefieren que sus que sus cuadros
parezcan "de verdad", aún sienten más aversión por obras que consideran
dibujadas incorrectamente, especialmente si pertenecen al arte modero. Todo el
que haya visto una película de Walt Disney lo sabe bien. Sabe que es
perfectamente correcto dibujar cosas de modo distinto a como se presentan.
Nadie va a ver las películas de Disney armado con los mismos prejuicios que
cuando van a una exposición de pintura moderna. Si un artista moderno dibuja
algo a su manera, en seguida se considera un chapucero incapaz de hacerlo
mejor. Podemos estar seguros de que poseen conocimientos suficientes para
dibujar con corrección. Si no lo hacen así, es porque acaso sus razones sean
muy semejantes a las de Disney. Cuando encontremos una falta de corrección en
un cuadro, no debemos condenarlo, deberíamos preguntarnos si el artista no tuvo
sus motivos para alterar la apariencia de lo que vio. Tenemos la curiosa
costumbre de creer que las cosas deben aparecer siempre como en los cuadros que
estamos habituados. Tendemos a aceptar colores y formas convencionales como si
fuesen exactos. Los niños acostumbran a creer que las estrellas deben ser
" estrelladas" aunque realmente no lo son. Las personas que
insisten en que el cielo de un cuadro tiene que ser azul y la hierba verde, no
se conducen de manera distinta que los niños, se indignan si ven otros
colores en un cuadro. Tendríamos que contemplar las cosas como si
acabáramos de llegar de otro planeta. No es fácil desembarazarse de esas
ideas preconcebidas, pero los artistas que mejor lo consiguen producen
con frecuencia las obras más interesantes.
No existe mayor obstáculo
para gozar de las grandes obras de arte que nuestra repugnancia a
despojarnos de costumbres y prejuicios. Cuanto más frecuentemente hemos visto
aparecer un tema en arte, tanto más seguros estamos de que tiene que representarse
siempre de manera análoga. Hay quienes desprecian y censuran las obras de arte
por motivos erróneos.
Un cuadro parece algo muy
distante cuando está con su cristal y su marco colgado de la pared, pero no
olvidemos que son objetos realizados por y para seres humanos: que cada uno de
sus rasgos es el resultado de una decisión del artista: pudo reflexionar acerca
de ellos, cambiarlos...
Lo que preocupa a un
artista cuando proyecta un cuadro, es algo difícil de expresar. Le preocupa
"acertar".
Cuando se trata de reunir
formas o colocar colores, un artista debe ser siempre "exagerado".
Tiene que equilibrar colores, formas, calidades, jugar con infinitos matices;
tiene sobre la tela centenares de manchas y de formas que debe combinar hasta
que parezcan acertadas. Puede pasar noches sin dormir pensando en estos
problemas, estarse todo el día delante del cuadro colocando toques aquí y allí
y borrarlo todo otra vez. Pero cuando ha vencido todas las dificultades
sentimos que ha logrado algo en lo que nada puede ser añadido, algo que está
verdaderamente acertado.
Si le preguntamos a un
artista por qué lucha de este modo por conseguir el equilibrio justo, no sabría
contestarnos. No siguió ninguna regla fija. Intuyó lo que tenía que hacer. Se
han tratado de formular leyes sobre su arte, pero cuando artistas mediocres
tratan de aplicar esas leyes, no consiguen nada, tales reglas académicas son
por lo general absurdas.
Resulta imposible dictar
normas de esta clase, nunca se puede saber por anticipado que efectos desea
conseguir el artista. No hay reglas que nos expliquen cuando un cuadro o una
escultura están bien, tampoco es posible explicar exactamente con palabras por
qué creemos hallarnos frente a una obra maestra. Esto no quiere decir que no se
pueda discutir en cuestión de gustos. Estas discusiones nos llevan a contemplar
los cuadros, y cuanto más lo hacemos, más cosas advertimos en ellos que
anteriormente se nos habían pasado por alto. Y cuanto más claramente la
percibamos, más disfrutaremos de ellas.
"Sobre gustos no hay
nada escrito", pero el gusto puede desarrollarse. Debemos tratar de
comprender lo que los artistas se propusieron realizar.
Nunca se acaba de aprender
en lo que al arte se refiere. Siempre existen cosas nuevas por descubrir. Es
importante que para gozar de estas obras tengamos una mente limpia, capaz de
percibir cualquier indicio o armonía oculta. Es infinitamente mejor no saber
nada de arte, que poseer esa especie de semi-conocimiento del snobismo, porque
podemos perder el verdadero disfrute del arte.
A veces observamos a
ciertas personas que pasean a lo largo de un museo con el catálogo en la mano.
Cada vez que se detienen delante de un cuadro, buscan afanosamente su número, y
tan pronto como han encontrado el título o el nombre se van. Podían
perfectamente haberse quedado en casa, pues apenas si han visto el cuadro. No
han hecho más que revisar el catálogo. Se trata de inteligencias de corto
alcance que no están hechas para la contemplación gozosa de ninguna obra de
arte.
Quienes han adquirido
conocimiento de la historia del arte corren el riesgo, a veces, de caer en
estas trampas. Pero mirar un cuadro con ojos limpios, es una tarea más difícil,
pero también mucho mejor recompensada.
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