El siguiente ensayo pretende desentrañar los hilos—a menudo entrelazados, a veces contradictorios—que tejen el tapiz fundacional de Estepa. Desde la épica de un sacrificio colectivo que forjó su carácter legendario hasta la lenta sedimentación de su nombre en la piedra y el documento, recorreremos el camino que va del mito a la historia, y de la planta silvestre al topónimo perdurable. Para un hijo de La Coracha como yo, este viaje no es un mero ejercicio académico, sino una arqueología del alma misma del lugar que nos vio nacer.
La identidad de un lugar comienza con su nombre, y el de Estepa hunde sus raíces no en la piedra de un palacio, sino en la fibra de una planta humilde y resistente: el esparto (Stipa tenacissima). Este arbusto, que tapiza las laderas secas del sur peninsular, no fue solo un elemento del paisaje, sino un recurso económico de primer orden. Sus fibras, extraordinariamente tenaces, se utilizaron durante milenios para la confección de cuerdas, cestos, calzado (esparteñas) y papel, constituyendo un pilar de la economía local preindustrial.
De esta utilidad nació el topónimo. Los primeros pobladores romanos, al asentarse en el estratégico cerro, adoptaron y latinizaron el nombre indígena relacionado con el esparto, dando lugar a Ostippo. Este nombre perduró durante la dominación musulmana, adaptándose fonéticamente al árabe como Istabb. El sonido, evolucionando a través del romance andalusí y el castellano, terminaría cristalizando en el Estepa que conocemos hoy. Es un proceso fascinante donde el paisaje, la utilidad económica y el lenguaje se funden: la tierra se nombra por lo que da, y ese nombre, como el esparto, demuestra una tenacidad milenaria. No es casualidad que el escudo oficial de la ciudad, adoptado en cabildo en 1676, lleve como lema una pregunta retórica que evoca este pasado: «Ostippo? Quid Ultra?» («¿Ostippo? ¿Qué hay más allá?»), un desafío orgulloso que es el único en España en contener una interrogación escrita.
Astapa: El mito fundacional entre la historia y la leyenda
Sobre este sustrato toponímico se proyecta la sombra alargada y dramática de Ástapa. La leyenda, alimentada por la narración del historiador romano Tito Livio en su Ab Urbe Condita (Libro XXVI), nos habla de una ciudad turdetana, aliada de Cartago, que en el año 206 a.C. prefirió el exterminio total a la rendición ante las legiones de Roma. Según el relato, tras una salida desesperada de sus guerreros, los habitantes restantes—mujeres, niños, ancianos—acumularon todas sus riquezas en la plaza pública, se colocaron sobre ellas y les prendieron fuego, pereciendo en una autoinmolación colectiva antes que caer en la esclavitud.
Este episodio, de una catarsis trágica profundamente conmovedora, ha funcionado durante siglos como mito fundacional de carácter. Ha forjado una imagen de la identidad estepeña como indómita, resistente y ferozmente orgullosa, capaz del sacrificio supremo por la libertad. Sin embargo, la historiografía y la arqueología modernas introducen un matiz crucial que separa el mito de la realidad material. Estudios, como el cuaderno de Antonio Berral Cardeñosa, sitúan el solar de la histórica Ástapa en el yacimiento de "Los Castellares", en el término de Puente Genil, a orillas del Genil.
Esto disocia el escenario del drama legendario de la Ostippo romana, nuestra Estepa. Mientras Ástapa era un oppidum turdetano vinculado al mundo cartaginés, Ostippo se desarrolló como un asentamiento romano, aliado de Roma. La confusión posterior entre ambos lugares es comprensible: la potencia moral de la leyenda de Ástapa era tan grande que las comunidades vecinas anhelaron apropiársela como parte de su pasado heroico. Para Estepa, el valor de Astapa no es arqueológico, sino simbólico y literario. Es el relato épico que, aunque posiblemente no sucedió en su cerro, terminó por definir el temperamento con el que se percibió a sí misma y su historia.
Las capas de la historia: De Ostippo al marquesado
Tras esta aclaración, podemos trazar la secuencia histórica real que se superpone en el cerro de San Cristóbal. La Ostippo romana fue un enclave notable en la red viaria de la Bética, un núcleo de cierta importancia del que, sin embargo, los restos arqueológicos visibles son menos espectaculares que la potencia de su leyenda vecina.
Con la caída del Imperio Romano y el período visigodo, llegaría una nueva capa definitoria: la dominación musulmana. Durante siglos, Istabb formó parte de Al-Ándalus, dejando una huella imborrable en la agricultura, la toponimia y la configuración urbana de la villa amurallada en la cumbre.
El siguiente giro trascendental llegó en 1241, cuando las tropas del rey Fernando III el Santo conquistaron la plaza. La tradición local, recogida por historiadores como Antonio Aguilar y Cano, sostiene que la rendición se produjo el 15 de agosto, festividad de la Asunción de María, quien desde entonces sería proclamada patrona perpetua de la ciudad. Este hecho entrelaza para siempre la conquista militar con la devoción mariana, un binomio fundamental en la historia local.
La repoblación y organización del territorio conquistado recayó en la Orden Militar de Santiago, que gobernó Estepa durante buena parte de la Baja Edad Media. Su labor sentó las bases del desarrollo posterior. Sin embargo, el siglo XVI trajo el cambio más determinante para la fisonomía monumental de la ciudad: la creación del Señorío (y posterior Marquesado) de Estepa, concedido por Felipe II en 1559 a la familia Centurión.
Los Centurión, de origen genovés, actuaron como auténticos mecenas del Barroco. Su poder y riqueza, derivados del comercio y el servicio a la Corona, financiaron una transformación sin precedentes. Bajo su patronazgo, y especialmente durante el gobierno del VII Marqués, se construyeron o renovaron la mayoría de los conventos, iglesias y palacios que hoy definen el Conjunto Histórico-Artístico de Estepa. La Torre de la Victoria, el convento de Santa Clara, la remodelación de los Remedios y la propia iglesia del Carmen, son testigos de este siglo de esplendor. Fueron los Centurión quienes, en cierto modo, "inventaron" la Estepa monumental que hoy admiramos, superponiendo la capa esplendorosa del Barroco a las huellas más discretas de Roma e Islam.
Un solo nombre para múltiples pasados
En conclusión, la fundación de Estepa no es un acto único, sino un proceso de acumulación. Es la suma de la utilidad del esparto, el eco lejano de una tragedia ajena pero adoptada como propia, la persistencia de un asentamiento romano, la herencia andalusí, la conquista cristiana y, finalmente, la explosión de creatividad de un mecenazgo ilustrado.
Este ensayo revela que los ritos que perviven—la devoción a la Asunción ligada a la conquista, la explosión barroca de la Semana Santa heredada de los Centurión, incluso la tradición repostera—no son fenómenos aislados. Son la floración en el presente de una cepa histórica de raíces profundas y múltiples. Entender la leyenda de Astapa es entender el temple con el que este pueblo se enfrenta a la adversidad. Rastrear el nombre hasta el esparto es recordar la íntima conexión entre la tierra y sus hijos. Y caminar por La Coracha sabiendo de las capas de Ostippo, Istabb y el Marquesado bajo los adoquines, es, en definitiva, habitar el tiempo con la profundidad que buscamos. Al final, la pregunta de su escudo, «Ostippo? Quid Ultra?», encuentra su respuesta no en la geografía, sino en la historia: no hay nada más allá porque todo—el mito, la piedra, la fe y el nombre—ya está aquí, condensado en ese cerro que es, a la vez, atalaya y memoria.
Pedrete Trigos

No hay comentarios:
Publicar un comentario