Me llamo Pedro, y mi historia huele a tierra de olivar y a humo que anuncia un nuevo comienzo. Nací en el Virgen del Rocío, en una Sevilla de finales de los setenta, y mi llegada fue, desde el primer instante, una lección de tenacidad. Mi madre y yo esperamos juntos, con una paciencia forjada a fuego lento, hasta que el mundo decidió que era el momento. Mi primera cicatriz, la de los fórceps, no es una herida de guerra, sino el sello de una alianza: la vida se abrió paso.
Y entonces, el humo. Un incidente en el nido que llevó a las enfermeras a actuar con la velocidad de heroínas anónimas. Mi madre, desde su ventana, fue testigo de aquel traslado urgente de vida. Años después, al conocer la historia de la antigua Astapa, cuyos habitantes prefirieron el fuego a la rendición, entendí algo: hay principios que nacen de la ceniza. La Ostippo romana y yo compartimos ese origen: no un idilio, sino un acto de fe en lo que viene después.
Llegué a una casa en la calle San Juan de Estepa que era un regimiento de mimos. Mis hermanas y mi prima salieron corriendo como una estampida de alegría para recibirme. Yo, un pequeño escéptico recién llegado, me retorcía en los brazos que me ofrecían amor. Quizás, después de mi entrada en escena, necesitaba entender que este nuevo mundo era realmente seguro. Mi carácter arisco fue mi primera y minúscula afirmación: aquí estoy, y seré yo.
Con los años, esa búsqueda de mí mismo tuvo sus batallas. En el colegio, lo que me hacía diferente se convirtió, para algunos, en motivo de burla. Sin entender muy bien por qué, aprendí a construir un refugio interior. Y mi fortaleza física fue el cerro de Estepa, con su muralla centenaria coronando el horizonte. A través del postigo del corralón de aquella casa, escapaba a ese reino personal. Allí, entre las piedras de la antigua alcazaba, no era un niño solitario, sino un explorador, un guardián de un territorio propio. Aquella muralla exterior, testigo de siglos, se convirtió en el espejo de mi propia resistencia: ambas estaban hechas para perdurar, no solo para defenderse, sino para marcar un lugar en el mundo desde el que observar.
La vida adulta trajo sus complejidades, relaciones que eran puentes que a veces no llegaban a la otra orilla, y la sensación de ser un huésped en una familia de almas independientes. Pero cada experiencia, incluso la soledad, fue una herramienta para esculpirme. Aprendí que para conectar con los demás, primero tenía que hacer las paces conmigo mismo. Y lo fui haciendo. Descubrí que mi muralla interior no era una prisión, sino un recinto amurallado con puertas. Puertas que yo decido abrir de par en par para dejar entrar a quienes resuenan con mi verdad, y que me protegen cuando es necesario.
Hoy miro mi vida desde la atalaya que dan los años y la aceptación. Las amistades que se quedaron son genuinas; el amor, cuando llegó, lo hizo desde la plenitud, no desde la carencia. Y los recuerdos, con sus dinámicas únicas, son el paisaje al que siempre vuelvo, el acento común de mi historia.
Desde aquí arriba, desde el cerro de mi pueblo, contemplo las dos murallas: la de piedra, que ha visto imperios pasar, y la que habito en mi interior. Ambas están llenas de marcas, de reparaciones, de zonas renovadas. Ya no soy el niño soldado solitario, sino el señor de esta ciudadela. He aprendido a amar sus grietas, por donde crece la hiedra y se cuela el sol de la tarde.
El paisaje, efectivamente, ha cambiado. Se ha llenado de matices, de paz, de una luz dorada que parece bañarlo todo con benevolencia. Estepa se extiende a mis pies, hermosa y serena. Y yo, dentro de mí, me siento por fin exactamente donde debo estar: en casa. Esta es la historia de cómo un nacimiento entre humo y una infancia entre murallas forjaron no a un superviviente, sino a un arquitecto. El arquitecto de su propia y querida fortaleza.
Pedrete Trigos

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