domingo, 11 de enero de 2026

El hombre de gris y gorra: adiós al Pollo de los Espárragos


Esta mañana, la calle San Juan tuvo que amanecer más silenciosa que nunca. Le falta el ruido de una moto antigua, el saludo rasgado de una voz que no sabía pronunciar la erre y, sobre todo, le falta la presencia inquebrantable de un hombre gris y alto que era su columna. Anoche murió Antonio, «el Pollo de los Espárragos», y con él se va un trozo entero de la memoria viva de La Coracha. 

Era un espectáculo tan predecible y necesario como el cambio de las estaciones. Lo veías llegar al pueblo, procedente de los campos, en su moto con cerones. De ellos asomaban, como un tesoro verde, los espárragos trigueros que él mismo había recolectado al amanecer. No los vendía; los rifaba. Recorría las calles con su gavilla en la mano, repitiendo su cantinela con ese acento ceceoso y cálido que hacía de «feglitos» una palabra entrañable. Era su economía, honesta y dura como la tierra: el sudor de la mañana convertido en el sustento de la tarde. 

Siempre vestía de gris. Pantalón gris, chaqueta gris, y esa gorra que parecía fundida a su cabeza. Era su uniforme de trabajo, su armadura de hombre del campo. Y tras la jornada, su ritual era pasear a sus queridos «feglitos» por las laderas del cerro. Una figura constante, un punto de referencia en el mapa emocional de todos los que crecimos aquí. 

Y si el día terminaba con el paseo de los «feglitos», las noches de verano en la calle San Juan tenían su propio ritual, una comedia humana que todos los vecinos conocíamos. Después de un día de calor implacable, cuando las vecinas salían al rebate para «frescar», se escuchaba la voz tranquila del Pollo, que desde su zaguán llamaba a su mujer: «Dolores, ponme de comer». La Pollina, inmersa en la conversación con otras vecinas, pasaba olímpicamente. Al rato, de nuevo, con la misma paciencia: «Dolores, ponme de comer». Y ella, a lo suyo. Era una letanía veraniega, un pulso cómico y tierno que solo se resolvía cuando la Dolores, con todo su genio gitano, estallaba en un grito que resonaba en la calle: «¡Ponte tú con los güevos. Acto seguido, la Pollina se levantaba y entraba en la casa, derrotada por su propio carácter, a prepararle la cena a su Pollo. Él, Antonio, sonreía entonces con sus ojillos cerrados, de una benevolencia que solo rompió una vez, en la anécdota que se contaba entre risas: aquella única vez que perdió los nervios y le dio tal bofetón a la Dolores que le arrancó un zarcillo. Hasta en el enfado extremo, su historia quedó marcada en la memoria del barrio como algo legendario y único, como todo lo que hacía. 

Hace apenas un par de semanas, dominado por una nostalgia repentina, paseé por la calle San Juan. Me detuve antes de llegar al número de mi infancia. No me atreví a mirar de frente la fachada de lo que fue mi casa, ahora herida por el abandono. Sentí que algunas piedras se caen para siempre. Hoy sé que no solo caen piedras; caen hombres. Hombres que eran pilares. Con el Pollo la calle no solo pierde un vecino; pierde un guardián, un oficio, una nota esencial de su melodía cotidiana. 

Esta tarde será su entierro. Mientras tanto, aquí estoy, llorando como el niño que un día fui y que lo veía pasar desde la puerta. No lloro solo por él, que descansará en paz tras una vida de trabajo recto. Lloro por la calle que se queda huérfana. Lloro por esa Estepa que se me desdibuja poco a poco, perdiendo uno a uno los rostros que la hicieron única. Lloro porque cada vez que uno de estos gigantes se va, el mundo se vuelve un poco más gris… pero no con el gris noble de su chaqueta, sino con el gris frío del olvido. 

Descansa, Pollo. Dondequiera que vayas, que los campos sean verdes y los «feglitos» te esperen fieles. La Coracha no te olvidará. Porque mientras alguien recuerde el sonido de tu voz ofreciendo espárragos, una parte de esta calle, de este barrio, seguirá viva. 

Pedrete Trigos