Para el niño que fui, la plaza de la Victoria no era un conjunto histórico; era el universo. Mi arena de juegos se extendía entre su empedrado, con la torre actuando como niñera inmóvil y silenciosa, vigilando nuestras carreras y risas. Hoy, ya adulto, sigo gravitando hacia este lugar. Es, sin duda, mi rincón favorito de Estepa, el punto donde mi historia personal y la de mi pueblo convergen con tal fuerza que, a veces, sueño con tener allí una casa. Desde sus escalinatas, no solo se ve un paisaje, sino que se lee el tiempo. Pero esa lectura tiene una página marcada por la sombra de un fusil.
En uno de los escasos muros que aún se conservan de la antigua iglesia de la Victoria, ocurrió en 1812 un hecho trágico que tiñe de solemnidad este espacio: las tropas napoleónicas fusilaron a una patriota conocida como "la Torralba". Este suceso, ocurrido durante la invasión francesa, transforma ese lienzo de piedra en un monumento involuntario. Imaginar el paisaje histórico de Estepa exige, por tanto, un ejercicio de arqueología mental que debe incluir tanto el eco de los juegos infantiles como el estruendo de aquel disparo. Especialmente en la zona que se extiende desde las faldas del cerro hacia el antiguo camino real. Allí, donde hoy solo se alza la esbelta Torre de la Victoria —de 40 metros de altura y construida entre 1760 y 1766—, se erigió antaño un complejo religioso de vital importancia: el Convento de Nuestra Señora de la Victoria, de la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula, y frente a él, la Ermita de la Concepción. Su historia, entrelazada con el poder de los marqueses y la devoción popular, es un relato de fundación, esplendor y, finalmente, de una desaparición que aún hoy marca la fisonomía urbana.
El origen de este conjunto se remonta a mediados del siglo XVI. En 1548, había sido bendecida una iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora de la Concepción. Sin embargo, el hecho fundacional decisivo llegó en 1562, cuando Marco Centurión, primer marqués de Estepa, estableció el convento de los Mínimos. Para ello, eligió un solar a extramuros de la villa, en el lugar donde ya existía la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles. Este emplazamiento no era casual; se situaba junto a uno de los caminos radiales que conectaban la ciudad vieja, amurallada en lo alto del cerro, con los arrabales y el territorio circundante. El convento, actuaba así como una "rótula" espiritual y física entre el núcleo histórico y la expansión urbana, un punto de encuentro entre lo sagrado y el devenir de la población.
La vida del convento estuvo ligada indisolublemente a la Casa de Centurión, que ejerció su patronazgo. En 1646, Adán Centurión, tercer marqués, obtuvo el reconocimiento oficial de este derecho, tras recordar que su abuelo lo había fundado y su padre, Juan Bautista Centurión, había financiado la capilla mayor. Su evolución arquitectónica fue lenta pero constante. Las obras de una nueva iglesia conventual comenzaron en 1604, y el conjunto alcanzaría su forma definitiva en el siglo XVIII, culminando con la construcción de la majestuosa torre barroca entre 1747 y 1765, financiada por una herencia donada por el fraile mínimo José Sánchez Manzano. Mientras, frente a sus muros, la Ermita de la Concepción seguía su propio curso. Ampliada en 1723 y completamente reedificada a partir de 1740 por el VII Marqués de Estepa, Juan Bautista Centurión, se enriqueció con una nueva imagen de la Virgen traída desde Madrid hacia 1765.
Este espacio fue un núcleo de intensa vida devocional y social. En la iglesia conventual tuvieron su sede hermandades como la de Nuestra Señora de la Soledad o la del Entierro de Cristo. La propia ermita era el centro de la Hermandad de la Pura y Limpia Concepción. Un episodio pintoresco, ocurrido el 11 de julio de 1809, retrata la vitalidad del lugar: una procesión del rosario que partía de la ermita fue interrumpida por un carruaje con frailes mínimos, lo que provocó un altercado y la posterior sanción de los religiosos. Sin embargo, solo tres años después, el mismo lugar sería testigo de un episodio de brutalidad histórica con la ejecución de la Torralba.
El siglo XIX trajo el ocaso. Los vaivenes políticos, la invasión francesa —que ya había dejado su marca sangrienta en el muro de la iglesia— y, finalmente, las leyes de desamortización de 1835, llevaron a la exclaustración y abandono. El complejo arquitectónico comenzó su inexorable proceso de ruina. El edificio conventual fue derribado en el siglo XIX, y la iglesia, ya en muy mal estado, tuvo que ser demolida en 1939. Milagrosamente, se respetó la torre, declarada Monumento Nacional (Bien de Interés Cultural) en 1955. De la vecina Ermita de la Concepción, por su parte, apenas quedó rastro físico alguno, desapareciendo casi por completo del paisaje.
La torre ya no es la cúspide de un templo, sino un "fósil" aislado, un hito vertical que señala una ausencia. El solar del convento ha sido "engullido por la ciudad" de formas diversas, y el lugar exacto de la ermita se ha perdido en la trama de calles y viviendas. Pero si se sabe mirar, entre las sombras de la tarde, aún se puede vislumbrar el muro que todo lo vio: las procesiones del rosario, las risas de los niños y el último aliento de una heroína. La poderosa silueta barroca se yergue, por tanto, como el símbolo último de la resiliencia, no solo física, sino de la memoria. Sobrevive para recordar todo lo que no está, para cuestionar al paseante sobre las huellas que el tiempo borra y las que, contra todo pronóstico, decide perpetuar. Este contraste entre la plenitud del plano y la elocuencia de la ausencia actual es la reflexión más poderosa que puede surgir de un paseo hasta la Torre de la Victoria: la constatación de que la historia también se escribe en lo que ha desaparecido, y que su sombra, a veces, es más alargada que su piedra.
Pedrete Trigos





