Cierro este diario de diciembre no como quien cierra una puerta, sino como quien descansa en el umbral de su propia casa. Estos días de escritura, de bucear en el humo de mi nacimiento y en la piedra de mis murallas interiores, han sido el acto más consciente de arquitectura que he emprendido. No escribí para exorcizar fantasmas, sino para darles un lugar en el plano de mi fortaleza. Ahí residen, en los nichos que les asigné, sin poder ya dictar el ritmo de mi presente.
El niño soldado que titula estas páginas nunca llevó un arma, pero sí cargó con el instinto de vigilancia, con la necesidad de construir defensas. Hoy veo que aquel niño no estaba en guerra con el mundo, sino empeñado en la más digna de las batallas: la de preservar su esencia. Cada burla esquivada, cada retirada al cerro, cada tradición rehecha con las manos, fue un acto de resistencia creativa. Y la resistencia, cuando se ejercita con amor, se transforma en resiliencia. La resiliencia, a su vez, en arte.
Estepa, con su historia de capas superpuestas —el esparto tenaz, el mito adoptado, la piedra barroca— me dio el modelo. Yo también soy un yacimiento. En mí conviven la herida del fórceps y el beso de mis hermanas; el sabor amargo de la crítica y el dulce profundo del mantecado; la soledad del explorador en la alcazaba y la plenitud del amor que llegó cuando dejé de buscarlo desesperadamente. No he tenido que elegir una versión de mí. Como mi pueblo, soy todos mis pasados a la vez.
El árbol de Navidad que ilumina mi salón y las bolas de patchwork que cuelgan de sus ramas son la prueba tangible. Son el símbolo de que se puede tomar lo heredado, despojarlo de veneno y revestirlo de una belleza nueva y personal. Cada retazo de tela es un pacto con un recuerdo. Ya no lucho contra ellos; los cubro con cuidado, los integro en la esfera de mi ser. La tradición, al fin, soy yo.
Por eso, este diario es mi acta de fundación. No la de una ciudad amurallada, sino la de un territorio interior pacificado. Desde aquí, contemplo el paisaje de mi vida —con sus olivares, sus cicatrices, sus luces de invierno— y susurro la respuesta a la pregunta de nuestro escudo: «Ostippo? Quid Ultra?»
¿Qué hay más allá?
Más allá está la paz de saber que el arquitecto y la fortaleza son una sola cosa. Que la cepa del tiempo, mi tiempo, echó raíces profundas en esta tierra que me vio nacer entre humo, y que ahora florece en la quietud dorada de la aceptación.
El niño soldado ha depuesto las armas.
Y, al hacerlo, ha ganado su reino.
Pedrete Trigos

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