Hay una luz distinta en enero. Una luz baja, rasante y plateada que no calienta la piel, pero ilumina el alma. En las calles de Estepa, cuando el frío invita al recogimiento y las casas que todavía huelen a almendra y canela, el año gira hacia su eje más íntimo. Es el momento en que, tras la Navidad, el invierno nos convoca al calor del hogar, pero también es una invitación callada a un ritual diferente: el de mirar nuestro patrimonio no como turistas, sino como herederos.
En este escenario de quietud invernal, donde la vida se recoge en torno al fuego doméstico, hay un ejercicio de la mirada que solo esta estación permite. Es la oportunidad de contemplar la arquitectura que nos rodea no como un conjunto de piedras inmutables, sino como un pergamino en el que el tiempo ha ido escribiendo, borrando y reescribiendo capas de historia. Y para este propósito, no hay faro más elocuente en Estepa que la solitaria y magnífica Torre de la Victoria.
Erguida con orgullo barroco entre 1760 y 1766 por los maestros Cristóbal García y Andrés de Zabala, esta torre de 40 metros y planta cuadrangular es hoy un símbolo de resistencia. Declarada Monumento Nacional en 1955, su historia es la de una supervivencia testaruda. No contemplamos una iglesia completa, sino el campanario que se negó a caer, el último testigo en pie del desaparecido convento de la Victoria de los Padres Mínimos, derruido en el siglo pasado.
Desde la distancia de nuestro pueblo, su silueta recortada contra el cielo crepuscular de invierno nos habla directamente. Nos cuenta que los edificios, como las personas y los pueblos, tienen biografías marcadas por épocas de esplendor y de pérdida. Su cuerpo de ladrillo y piedra caliza, rematado en un chapitel que se alza hacia el cielo, es un “fósil de piedra”, tal como podría definirse. Un fósil que encarna la primera lección del invierno: la resiliencia. La capacidad de lo esencial, de lo bien construido, de perdurar cuando todo a su alrededor ha cambiado o ha desaparecido.
El invierno, con sus días cortos y su luz oblicua, es el cómplice perfecto para este tipo de contemplación. Bajo el sol abrasador del verano, los detalles se funden en un brillo cegador; en invierno, la luz suave modela las texturas, acentúa las sombras de las cornisas y hace resaltar el color de la piedra y el ladrillo. El paisaje, despojado del follaje exuberante, nos revela la estructura esencial de las cosas. Del mismo modo, al mirar la Torre de la Victoria en esta estación, vemos desnuda su verdad: ya no es solo un elemento más del skyline estepeño, sino la evidencia física de una capa histórica que fue arrancada.
Y entonces, la mirada se nubla con una capa más, tan íntima que casi no se ve: la capa del tiempo vivido. Para el niño que fui, la plaza de la Victoria no era un conjunto histórico; era el universo. La Torre no era un monumento nacional, sino la niñera inmóvil y silenciosa que velaba nuestras carreras alrededor del pozo, que coronaba como un faro las heroicas subidas al monumento de la Inmaculada (Las Escaleritas). Su plinto, con las piedras desgastadas y redondeadas por el tiempo, era nuestro risco a conquistar sin caer. En aquella lectura infantil del paisaje, la Torre era pura presencia protectora, la atalaya de todos nuestros juegos. Ahora sé que, sin saberlo, estábamos añadiendo nuestra propia y frágil capa a su historia: la capa del afecto.
Esta perspectiva me invita a realizar una “lectura estratigráfica” del paisaje, un ejercicio que puedo aplicar en los paseos por el pueblo. Frente a la torre, puedo imaginar:
La capa ausente: El vasto volumen del convento, con su iglesia, su claustro y sus celdas. Un mundo de silencio y oración que se desarrollaba a los pies de esta torre.
La capa persistente: La propia torre, que resistió a la piqueta y al olvido, adaptando su función de campanario conventual a la de emblema identitario de todo un pueblo.
La capa viva: Nuestra mirada actual, la de los estepeños del siglo XXI que, en plenas fiestas, levantamos la vista y la encontramos allí, iluminada, formando parte inseparable de nuestra memoria afectiva y nuestro orgullo local. En su verticalidad solitaria está escrita, en letras de barro y cielo, la más elocuente biografía de la resiliencia: la nuestra, la tuya, la de todos los que, como ella, han decidido permanecer en pie.
Por eso, este invierno, cuando el frío de Estepa te muerda el rostro y el alma busque refugio, te invito a que pauses un momento frente a esa estampa, párate, eleva la vista. Contempla la Torre de la Victoria. No la veas. Escúchala. Contémplala. En su silencio monumental habla el susurro de la paciencia histórica, el mismo ritmo lento y profundo que late bajo el bullicio efímero de las fiestas. Es el tiempo de la piedra que aprendió a resistir. El tiempo de la memoria que se niega a ser arrancada. El tiempo, en fin, que nos recuerda quiénes somos cuando todo lo demás pasa.
Pedrete Trigos

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