sábado, 17 de enero de 2026

Las piedras peregrinas: Huellas del Viacrucis del eremitorio de San Antonio Abad


Caminar el cerro en enero es ajustar la mirada. El paisaje, despojado, exige una atención distinta. Bajo este cielo bajo, la vista viaja de la firmeza de la muralla a la modestia del suelo. Y es allí, en ese recorrido descendente de la vista, donde tropieza con lo inesperado: un grupo de piedras que la erosión y los siglos han convertido en casi tierra. La luz de la tarde, ahora sin brillo, las dora con una ternura última, las señala sin estridencia antes de que la noche las reclame. Piedras viejas, toscas, con el corazón gastado. Tienen la forma de una memoria: la de un viacrucis. No hay documento que lo afirme, pero su estilo dieciochesco habla de una antigüedad que coincide con la de un lugar ya solo nombrado: el eremitorio de San Antonio Abad, en la finca La Zarzuela. 


La historia de aquella ermita está escrita. Se fundó en 1730 y hacia 1752 albergó tallas de maestros como José de Medina. Pero su esplendor fue breve; hacia 1830, ya arruinada, quedó muda. Sus imágenes marcharon a las iglesias del pueblo. Hoy, el único testigo físico que no se movió de su sitio es el Pilar de San Antonio Abad, un antiguo abrevadero junto a la carretera de El Rubio. Es un lugar pasado por alto, un resto que encarna la primera lección: la de persistir en el lugar que te fue asignado. 

Pero hay otra lección, más secreta. Cuando la ermita se derrumbó y su culto se apagó, otras piedras —las de su viacrucis— no murieron con ella. Emprendieron un viaje silencioso. Fueron recogidas y llevadas a nuevos lugares. Las vemos hoy, recicladas con un respeto práctico, incrustadas en los muros del antiguo cementerio, en el convento de San Francisco, junto a Santa María o en el arco de la calle Padre Barco.



Son la memoria nómada del pueblo. Mientras el Pilar enseña la resiliencia vertical —la de quedarse—, estas piedras peregrinas enseñan la resiliencia horizontal: la de fragmentarse y, aun así, sobrevivir esparcido. La de no persistir como un grito, sino como un rumor que se cuenta en piedras sueltas por todo el paisaje. 

Cada fragmento es un testigo. La piedra que una vez sostuvo la sexta estación del Calvario ahora sostiene el peso de una historia casi olvidada. El pueblo, en su sabiduría profunda, no separó lo útil de lo sagrado; transformó lo devoto en parte fundamental de su propio cuerpo, de su arquitectura íntima. 


Por eso, este invierno, cuando la luz de San Antón ilumine de nuevo el campo, vale mirar más allá de lo evidente. Busca esas piedras en el cerro. No preguntes por su certeza histórica; escucha su relato material. En su silencio itinerante está la voz más elocuente de una memoria que no se guarda en un archivo, sino que se siembra, se camina y se toca con la yema de los dedos en cada rincón. 

Es la columna vertebral invisible de un lugar, hecha de costillas de piedra dispersas. Y en el centro quieto de ese paisaje, el Pilar de La Zarzuela sigue ofreciendo su agua, dialogando en silencio con sus hermanas viajeras. Juntas, en la quietud de enero, completan la verdad del lugar: lo esencial perdura, a veces enraizado, a veces esparcido como semilla. 

Pedrete Trigos 

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