Caminar el cerro en enero es ajustar la mirada. El paisaje, despojado, exige una atención distinta. Bajo este cielo bajo, la vista viaja de la firmeza de la muralla a la modestia del suelo. Y es allí, en ese recorrido descendente de la vista, donde tropieza con lo inesperado: un grupo de piedras que la erosión y los siglos han convertido en casi tierra. La luz de la tarde, ahora sin brillo, las dora con una ternura última, las señala sin estridencia antes de que la noche las reclame. Piedras viejas, toscas, con el corazón gastado. Tienen la forma de una memoria: la de un viacrucis. No hay documento que lo afirme, pero su estilo dieciochesco habla de una antigüedad que coincide con la de un lugar ya solo nombrado: el eremitorio de San Antonio Abad, en la finca La Zarzuela.
Pero hay otra lección, más secreta. Cuando la ermita se derrumbó y su culto se apagó, otras piedras —las de su viacrucis— no murieron con ella. Emprendieron un viaje silencioso. Fueron recogidas y llevadas a nuevos lugares. Las vemos hoy, recicladas con un respeto práctico, incrustadas en los muros del antiguo cementerio, en el convento de San Francisco, junto a Santa María o en el arco de la calle Padre Barco.
Cada fragmento es un testigo. La piedra que una vez sostuvo la sexta estación del Calvario ahora sostiene el peso de una historia casi olvidada. El pueblo, en su sabiduría profunda, no separó lo útil de lo sagrado; transformó lo devoto en parte fundamental de su propio cuerpo, de su arquitectura íntima.
Es la columna vertebral invisible de un lugar, hecha de costillas de piedra dispersas. Y en el centro quieto de ese paisaje, el Pilar de La Zarzuela sigue ofreciendo su agua, dialogando en silencio con sus hermanas viajeras. Juntas, en la quietud de enero, completan la verdad del lugar: lo esencial perdura, a veces enraizado, a veces esparcido como semilla.
Pedrete Trigos



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