Soy un hombre de distancias respetuosas. Mi relación con la Iglesia de San Sebastián, la piedra angular del barrio mondonguero de Estepa, es la prueba perfecta. En su libro de bautismos, en la página correspondiente a la Navidad de 1977, consta mi nombre. Oficialmente, soy uno de los suyos. Y sin embargo, si la fe se midiera por la frecuencia de las misas dominicales, sería un bendito hereje. En mi familia, Dios era un invitado de ocasión: aparecía, solemne y vestido de gala, en bautizos, comuniones, bodas y funerales. Nunca hubo ruptura, solo un silencio cómodo, un espacio amplio y despejado entre nosotros y el dogma. Somos, en el mejor sentido, católicos sociológicos. Herederos de una cultura, no de una devoción.
Por eso, al enfrentarme a la tarea de escribir sobre este templo, sentí el mismo vacío incómodo de quien debe hablar de un extraño al que, por protocolo, debe llamar familiar. Los datos históricos —que la ermita original es de 1498, que la reconstruyó el arquitecto genovés Vicente Boyol en 1568, que sus retablos guardan tallas soberbias de Luis Salvador Carmona— son solo el esqueleto. Un esqueleto ilustre, pero sin el músculo de la vivencia. ¿Qué podía decir yo, cuyo vínculo más profundo con la liturgia fue la incomodidad de un traje de primera comunión demasiado estrecho?
Decidí, entonces, visitarla no como fiel, sino como lo que soy: un tipo curioso. Entré sin persignarme, con la mirada de un antropólogo que regresa a su propia tribu. Y en el silencio fresco de la nave, comprendí que me había equivocado de pregunta. No debía preguntarme qué sentía yo por la iglesia, sino qué había sentido esta piedra por los míos.
Mis ojos ya no vieron un templo, sino un archivo notarial de emociones humanas. Aquí, en esta pila bautismal de mármol frío, ahora cambiada de ubicación, me rociaron con agua siendo un crío, en un acto que para mis padres era tradición y para mí, un recuerdo borroso envuelto en lana. En aquel banco de madera oscura, me senté, confundido y tieso, durante la boda de mi hermana mayor, aturdido más por los llantos que por los votos. Bajo estas bóvedas que el genovés Boyol calculó para elevar el espíritu hacia Dios, yo solo elevé plegarias con la boca seca como el esparto, para que el entierro de mi prima terminara pronto. San Sebastián no había sido el escenario de mi fe, sino el testigo silencioso de los hitos que cosen una familia. Sus piedras habían absorbido el llanto de un recién nacido, la tensión de unos novios, el peso abismal de un adiós.
Caminé hacia donde sabía que estaba el verdadero núcleo del misterio: Tras la puerta barroca de la sacristía, un capricho de cuarterones de madera, se encontraba un antiguo armario que guarda el archivo parroquial. Allí, entre actas centenarias que hablan de vidas que fueron polvo, se encontraría la mía. La letra cursiva de Don Manuel Santos Ortega, fechada el 25 de diciembre de 1977, certificaría mi ingreso oficial en esta cadena.
Ahí, en esa anotación sacramental, estalló la epifanía. La grandeza de San Sebastián no está solo en que Salvador Carmona esculpiera para ella un Nazareno de patetismo sublime. Está en que, generación tras generación, la gente del barrio mondonguero —gente de calles como Mesones, San Juan o Libertad— depositó aquí su fe con F mayúscula: Fe en la comunidad, en la memoria compartida, en los rituales que nos sujetan al mundo y a los nuestros cuando todo lo demás es caos.
Yo no he heredado la fe en Dios de mis antepasados. Pero he heredado, intacto, el respeto por este depósito de memoria. Soy espiritual, no religioso. Creo en los hilos invisibles que tejen a las personas, en el eco de los pasos en una piedra desgastada, en el poder de un lugar que sirve de faro identitario para un barrio entero. Mi vínculo con San Sebastián no es de adoración, sino de gratitud histórica. Este edificio ha cuidado, mejor que ningún álbum de fotos, la crónica sentimental de los míos.
Al salir, me volví a mirar la portada lateral, traída de la desaparecida iglesia de La Victoria. Es una piedra que ya ha sobrevivido a un naufragio. Así es también la esencia de este lugar: un refugio de lo perdurable. No salí reconvertido, pero salí reconciliado. Ya no soy un extraño en la casa de mi bautismo. Soy, simplemente, el guardián tranquilo de una parte de su historia. La parte hecha no de milagros, sino de minutos cotidianos, de anécdotas terrenales y de un amor por Estepa que, en mi caso, toma la forma de una distancia respetuosa y una cercanía imborrable. Al fin y al cabo, la piedra es lenta, y entiende de tiempos largos. A ella no le importa que no rece. Le basta con que recuerde.
Pedrete Trigos




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