Afuera, el invierno llueve despacio y gris. Es una de esas tardes en que el alma se posa en los pies, como una mochila llena de piedras lisas. Y aquí dentro, mientras el cielo se deshace en gotas, Ana de las Tejas Verdes vuelve a hablar en la pantalla. La veo por enésima vez, como cuando era niño, y una parte de mí, la que se niega a disolverse en la indiferencia, se reconoce. No soy el único bicho raro en este frío. Ana, con sus trenzas rojas y su imaginación desbocada, es mi cómplice desde hace décadas.
La serie de dibujos es japonesa, de 1979, aunque aquí en España, la vimos en los 80, y desde entonces su recuerdo se quedó en mí. Cuenta la historia de Ana Shirley, una niña huérfana de once años que, por un error, llega a la granja de los hermanos Cuthbert. No querían una niña, sino un chico que ayudara. Pero Ana, con su carácter imaginativo, inteligente y luchador, transforma su mundo con una fuerza que parece magia. No se limita a aceptar la realidad; la reinventa. Ve un bosque embrujado donde otros solo ven árboles, un lago de aguas brillantes donde otros solo ven un estanque, y convierte cada objeto cotidiano en un protagonista de un drama épico. Su cualidad no es solo ser soñadora, es ser una creadora activa de belleza.
Y aquí reside nuestro parecido secreto, el que me hace sentir que pertenezco a otra época. De adolescente, yo también era un poco como ella. Romantizaba el pasado, imaginaba épocas más épicas e idílicas. Me gustaba la exuberancia barroca, el eclecticismo victoriano, el romanticismo del siglo XIX que llenaba los espacios de significado. Hoy, con 48 años, mi casa es un testimonio de eso. Como diría la propia Ana: "Mi vida no es más que un organizado cementerio de esperanzas sepultadas". No es una casa minimalista y beige, sino un gabinete de curiosidades. Cada objeto tiene una historia: el sillón de olivo del bisabuelo, la fotografía desvaída, el jarrón que nadie quiere pero que a mí me recuerda a la casa de la calle San Juan. Detesto los regalos comprados; valoro los hechos a mano, porque en ellos queda la huella de una intención, el tiempo convertido en amor tangible.
Hablo de esto con varias amigas que comparten este sentir. Ellas me dice que menos mal que nos tenemos unos a otros, porque no tienen a muchos más con quien hablar de "nuestras cosas". Y es que a veces, mirando a mi alrededor, siento que la originalidad es pecado. Las nuevas generaciones, tan amantes del clean space y la homogeneidad estética, parecen tener prohibido ser distintas. A mí, en cambio, me parece que la uniformidad es una forma de vacío. Ana Shirley nunca hubiera tolerado que le cortaran las alas de su imaginación para encajar. Ella era criticada por su exceso de carácter, por su cabello rojo, por su parloteo. Y, sin embargo, era su esencia lo que conquistaba los corazones.
Entonces viene la pregunta, como la lluvia que golpea el cristal: ¿Para qué sirve ser tan cursi? ¿Tiene utilidad?
La utilidad, me temo, es solo para el alma. Y es una utilidad frágil. Estoy soltero. No tengo herederos para esta colección de historias materiales. Mis sobrinos pasan olímpicamente de estos "trastos viejos". Sé, con una certeza que duele, que cuando yo falte, la mayoría de mis recuerdos terminarán en un contenedor. Es el destino de las memorias sin testigos. Ya he pensado en donar algunas piezas con valor histórico al Museo del Romanticismo de Madrid. Sería una pena que todo lo que he coleccionado sobre Mercedes se perdiera. Pero, ¿qué hacer con el azucarero sin valor económico que ganó mi tío en una tómbola? Su valor es sentimental, y el sentimiento es la cosa más perecedera que existe.
Por eso, en diciembre, retomé este blog tras once años de silencio. Es mi granja de las Tejas Verdes digital. Aquí, publico notas sobre la historia del pueblo, entrelazada con mis recuerdos. A veces los romantizo, los edulcoro. Y lo reconozco: hay recuerdos que es necesario endulzar para poder mirarlos sin que nos abrasen. Este comienzo de año está siendo así, muy reminiscente. Un ejercicio de balance emocional.
Y en paralelo, como un acto de contrapeso, me he propuesto un desprendimiento físico. Ana, al final, también crece y aprende que no todo lo imaginado debe quedarse. Por eso, cada vez que limpio un armario, lo vacío por completo. Saco todo. Lo extiendo ante mí y empieza el juicio. El armario se limpia a fondo, y solo vuelve a su interior lo que realmente es útil o tiene un sentido profundo. El resto se descarta. No es fácil. Cada objeto es un nudo en la cuerda de la vida. Pero soltarlos, uno a uno, también hace bien. Es hacer espacio no solo en la casa, sino en la psique. Quedarme con la esencia, con lo que realmente soy, no con lo que he ido acumulando.
Así que, mientras afuera sigue lloviendo y Ana Shirley sigue soñando despierta en mi pantalla, yo hago balance. Quizás ser un bicho raro, un romántico en tiempos beige, no tenga una utilidad práctica. Pero sí tiene un propósito. Es el propósito del testigo, del conservador no oficial de pequeños mundos que se desvanecen. Mi casa, este blog, son mi Avonlea particular. Un lugar donde se permite que las cosas tengan nombre, historia y alma. Donde se celebra que un jarrón feo pueda ser, en realidad, el jarrón más hermoso del mundo, porque contiene el recuerdo de una tarde de 1988.
La lluvia empieza a escampar. El alma, poco a poco, va subiendo desde los pies. No sé si la cursilería sirve para algo. Solo sé que, sin ella, el mundo sería mucho más pobre, más gris y mucho más silencioso. Y eso, por hoy, me basta.
Pedrete Trigos

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